El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 17
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Maddie

«Si quieres impresionarla, deja de actuar como si fueras indomable y empieza a actuar como una mujer enamorada.»

Esas son las palabras que Lily me ha dicho antes de abandonar El Colibrí. Apago el motor de uno de los todoterrenos con el que a veces suelo ir y me quedo en silencio durante unos segundos. Está claro que a este paso… pierdo la poca cordura que me queda.

Aún no ha salido el sol por completo, observo a través del parabrisas cómo una fina capa de escarcha brilla sobre los postes de madera y los cobertizos, y cómo las colinas pedregosas del norte empiezan a cambiar de color según se mueve la luz.

A lo lejos, el canto burlón de un kookaburra parece reírse directamente de mi nerviosismo.

Porque la verdad, es que no sé por qué estoy tan nerviosa.

«Quien me ha visto, y quien me ve». Yo, Maddison Strong, teniendo un detalle romántico con Joanie. Aunque, técnicamente, no sería la primera vez que intento ganármela así. Pero ahora…

—Esto no es lo mismo.

Descanso las manos sobre el volante, intentando calmar el ritmo frenético de mi pulso, y desvío la mirada hacia el asiento del copiloto.

Ahí reposa el motivo de mi desvelo: una cesta tapada con un paño.

Si esto hubiera dependido de mí, me habría presentado aquí con un termo de café aguado y un paquete de galletas industriales.

Pero Lily es una romántica empedernida y se empeñó en preparar un despliegue digno de un hotel de cinco estrellas antes de que saliera temprano esta mañana.

El resultado es un arsenal de pan recién horneado que aún desprende un aroma celestial, mermelada casera de albaricoque, huevos revueltos, bollos de canela y fruta fresca muy bien cortada.

—Como esto salga mal, te voy a pasar la factura, Lily —murmuro para mí misma, agarrando la cesta.

Es que no tengo ni puta idea de cómo actuar después de lo que pasó la otra noche, cuando nosotras siempre…

Sacudo la cabeza y dejo el todoterreno e intento que mis botas de montar no hagan ruido contra la gravilla del camino.

Subo los tres escalones del porche de la cabaña donde Joanie suele quedarse cuando acaba tarde las rondas y me detengo frente a la puerta.

El corazón me golpea las costillas con una insistencia estúpida.

¿Por qué estoy tan tensa? Es solo un desayuno para…

¿darle las gracias? ¿Decirle «oye, ¿podemos seguir follando?

Suele ser un pacto habitual en una farsa amorosa».

Pero mi estómago, completamente insubordinado, se niega a creerme.

Me doy la vuelta para tomar aire y dos pares de ojos marrones e increíblemente analíticos me observan fijos desde la sombra de su pequeña habitación justo al lado del porche. Canela y Pecas, se quedan plantadas como dos agentes frente a una intrusa altamente peligrosa. Ya puedo leerlo en sus ojos.

Pecas está a punto de ladrar, y antes de que pase, saludo:

—Buenos días, demonios peludos —saludo entre susurros, tratando de suavizar los rasgos de mi cara.

Canela ladea la cabeza, juzgándome. Es pecas quien olisquea el aire, captando el aroma que sale de la cesta. Sé perfectamente lo que piensan esos cerebros privilegiados: «¿Qué trama la mujer de los caballos en nuestro territorio?».

—Hoy vengo en son de paz, os lo prometo —les aseguro, dando un paso lento hacia atrás mientras mantengo el contacto visual.

Me acerco de espaldas al todoterreno, abro la puerta trasera con una mano y saco el arma secreta que he traído esta mañana: dos pelotas de goma y el bote con esos premios que sé que las vuelven locas.

—Vale… Negociemos —añado con una sonrisa de medio lado, mostrándoles un verdadero tesoro: tiras de carne deshidratada de buey de primera calidad, el capricho más caro en todo el Outback.

Sostengo una tira entre los dedos, moviéndola con lentitud—.

A ver, chicas. Yo os doy esto y vosotras me dejáis el camino libre. ¿Vale?

Canela rompe la formación y avanza un paso, tensando las patas delanteras.

Pecas la imita de inmediato. Me quedo quieta, midiendo mi propia energía para no activar su instinto.

Canela se acerca, y con el hocico húmedo roza mis dedos, olfatea el premio y luego clava sus ojos en los míos, como si leyera mis intenciones más ocultas.

—Eso es… Buena chica —susurro, sintiendo una punzada de alivio cuando acepta la carne. Pecas tarda tres segundos menos en devorar su ración.

En cuanto terminan, lanzo una de las pelotas con un movimiento rápido de muñeca hacia el sendero lateral. Las dos salen disparadas como dos centellas, levantando la tierra a la carrera. Una carcajada se me escapa de forma inevitable.

—Sabía que teníais un precio, listas, que sois unas listas.

Varios segundos más tarde, Canela me devuelve la pelota, sentándose con una rectitud cómica, esperando mi aprobación. Pecas, en cambio, rompe todas las reglas del juego: atrapa la bola y corre en círculos alrededor de mí, provocándome con ojos brillantes para que la persiga.

—Qué tramposa eres señorita…

Mis botas resbalan mientras me agacho en un intento desesperado por quitarle el juguete justo cuando dobla junto a un poste de la cerca, pero en lugar de la pelota, recibo un lenguetazo descomunal, cálido y baboso que me cruza toda la mejilla izquierda.

—¡Puaj! ¡Por el amor de Dios, Pecas! —me quejo, limpiándome la cara con la manga de la chaqueta, aunque ya me estoy riendo.

Las dos perras interpretan mi queja como una invitación al caos. En cuestión de segundos, Canela me empuja con el hocico en las costillas y Pecas me engancha suavemente la manga para arrastrarme al suelo. Termino tirada, llena de tierra y de una generosa dosis de saliva canina decorándome la ropa.

—Desde luego, Maddison, eres un hacha en esto de la seducción —me digo a mí misma, sacudiendo la cabeza mientras hundo los dedos en el pelaje de las dos, rendida a su juego.

—No sabía que las sesiones de adiestramiento de Birdsong Hills incluyeran rebozarse por el suelo a estas horas de la mañana.

Esa voz cálida, aterciopelada y ligeramente ronca por el sueño me congela en el sitio.

Me giro y veo que Joanie está apoyada contra el marco de la puerta de la cabaña, observando la escena con los brazos cruzados y una mezcla deliciosa de sorpresa y diversión en el rostro.

Lleva una camiseta de manga larga en tono crema que resalta la curva de sus hombros, unos pantalones cómodos y el pelo deliciosamente alborotado.

Tiene esa increíble y molesta capacidad de parecer la mujer más magnética de toda Australia nada más salir de la cama.

Sus ojos azules destellan con una chispa juguetona bajo la luz dorada del amanecer.

Intento recuperar la dignidad que ya he perdido y levanto las manos, todavía sentada en la tierra.

Joanie baja los peldaños despacio. Sus ojos recorren mis pantalones sucios, las manchas de barro y se detienen en mis labios.

Su sonrisa cambia; pierde la burla y se vuelve pequeña, íntima, de esas que te provocan un cosquilleo que sube por todo el cuerpo.

El aire entre las dos se vuelve denso en un parpadeo, borrando el frío del invierno.

Me pongo en pie con un resoplido, sacudiéndome la parte trasera de los vaqueros con las manos, consciente del desastre de mi aspecto, pero extrañamente cómoda bajo su escrutinio.

—He pensado que necesitarías energía para afrontar la jornada —comento, señalando la cesta con un leve movimiento de barbilla—. Es un detalle. Nada del otro mundo.

Joanie se detiene a un palmo de la cesta y se queda ahí, contemplándola como si fuera un espejismo en mitad del desierto.

—¿Lo has preparado tú?

Suelto una risotada, metiéndome las manos en los bolsillos traseros para contener el impulso de dar un paso hacia ella y comerme esa deliciosa boca.

—¿De verdad me crees capaz de organizar algo así sin provocar un incendio? Por favor, sé cuáles son mis límites.

Una risa melodiosa y limpia escapa de su garganta, y noto cómo el sonido vibra directamente en el centro de mi pecho. Dios, cómo me gusta escucharla reír así.

—No, la verdad es que no te imagino midiendo porciones de fruta. Eso sería tarea para Camila —admite entre risas, mordiéndose el labio inferior en un gesto que me nubla el juicio por un segundo.

—Exacto. Me ha ayudado Lily, esta mañana me he pasado por El Colibrí temprano y le ha parecido buena idea. Eso sí, se ha venido arriba con el menú, no te voy a mentir. Insistió en que merecías un desayuno de primera.

Joanie levanta un extremo del paño, dejando al descubierto el despliegue aromático. Y, seguidamente, sus ojos se abren de par en par.

—Madre mía… Pan casero, mermelada, huevos revueltos… Esto es un banquete en toda regla.

—Lily es peligrosa cuando se lo propone. Qué le vamos a hacer —bromeo, y ahora sí, rompo parte de la distancia que hay entre las dos—. Pero tiene razón en algo: con esto es imposible no empezar el día bien.

Las perras se han sentado a nuestro lado. Joanie deja caer una mano sobre la cabeza de Canela de forma ausente, pero sus ojos azules están clavados en los míos, fijos, analizando cada línea de mi rostro como si buscara una trampa en el contrato.

—Gracias —comenta unos segundos después. Ya no queda rastro de la frialdad con la que aceptó llevar a cabo esta locura.

Aunque me pregunto qué pensará de esta conexión que no hemos podido evitar por mucho que lo intentemos.

—No las des. Solo quería dejarte claro que… a pesar de todo, me importas de verdad.

Ella traga saliva, y un levísimo rubor asoma en la piel de sus pómulos, un contraste precioso.

—Strong… —su voz desciende un octavo—. A veces me cuesta seguirte el ritmo, debo reconocerlo.

¿Qué significará eso? No me da tiempo a preguntarlo porque me fijo en cómo su mirada desciende a mis labios y juro que el mundo se detiene durante un latido perfecto. Estoy a punto de romper la distancia cuando el ruido lejano de unos neumáticos sobre la pista principal rompe el momento.

Me obligo a reaccionar, y aparto los ojos de su boca con un esfuerzo sobrehumano. El deber llama de la peor manera posible.

—Hoy va a ser un día… particular.

Su expresión cambia al instante. El calor de sus ojos se transforma y frunce el ceño con evidente preocupación.

—¿Qué quieres decir con eso?

Sin decir nada, me limito a girar el cuerpo hacia el camino que conecta con la entrada de la propiedad.

—Mira allí.

Joanie sigue la dirección de mi gesto. A unos doscientos metros, avanzando entre la tierra roja, un grupo quiebra la línea del horizonte.

Darana camina en la vanguardia junto a Camila, gesticulando con los brazos en medio de una conversación.

Detrás, Ethan y Kira van señalando hacia las estructuras del norte.

Y, cerrando la marcha, avanza mi madre en todo su esplendor.

A su alrededor se mueven cuatro figuras más: dos hombres y dos mujeres vestidos con ropa de campo. No hace falta que nadie me explique que son del comité de evaluación de nuestra empresa. Dispuestos a ofrecer las tierras colindantes si bajamos la guardia.

Noto cómo el cuerpo de Joanie se tensa a mi lado. Nuestras miradas vuelven a cruzarse, esta vez desprovistas de flirteo, unidas por un solo motivo.

—Creo… —murmuro, sin apartar los ojos del grupo que se aproxima—, que vamos a tener que esforzarnos más.