16
Joanie
—¡Eso es juego sucio, Pecas! —grito, plantando las manos en mis caderas mientras suelto un silbido que resuena por toda la pista de entrenamiento de los caballos.
Canela salta con las cuatro patas en el aire intentando atrapar la pelota de goma antes que su hermana.
Por supuesto, fracasa estrepitosamente. Pecas le gana por media nariz, le roba el juguete en la cara y sale disparada por la arena levantando una nube de polvo, con la cola moviéndose a tantas revoluciones que parece el limpiaparabrisas de un todoterreno.
—¡Las dos aquí! ¡Ahora mismo! —ordeno, conteniendo la risa.
Como si entendieran mi fingido tono de enfado, las dos clavan las pezuñas y regresan al galope hacia mí, con la lengua fuera y una alegría desbordante muy típica de esta raza.
Canela llega con los ojos entornados y cara de pocos amigos.
Pecas, en cambio, aparece contoneándose como si fuese la reina de Birdsong Hills.
—Sois unas rebeldes, y algún día os vais a hacer daño.
Canela se sienta a su lado, ladeando la cabeza. Le revuelvo el pelo de las orejas a las dos, agradeciendo mentalmente el respiro. Llevo dos días con la cabeza hecha un auténtico lío, un torbellino de hormonas, dudas y taquicardias que no me han dado tregua.
Recojo la pelota, tomo impulso y la lanzo con un movimiento amplio del brazo.
Las perras salen disparadas como centellas bajo el sol de agosto, que empieza a calentar el ambiente, aunque el viento del invierno del Outback siga cortándote los labios.
A lo lejos, varios peones trabajan y revisan las cinchas de las monturas en los corrales para evitar problemas en la ruta turística de las diez, mientras otros cargan sacos de pienso en el remolque entre risas y tacos.
Desde los cobertizos, el relincho de los caballos reclamando su ración de comida pone la banda sonora de cada mañana.
Todo sigue igual. La misma bendita rutina de siempre.
Excepto yo. Que siento que juego en otra liga desde que se me ocurrió darle el «sí, acepto el trato» a Maddison Strong.
Cierro los ojos y vuelvo a sentir la vibración del motor de la moto entre mis muslos, el frío arañándome las mejillas y aquel cielo cuajado de estrellas que parecía un techo de diamantes.
Pero, sobre todo, sigo recordando los labios de Maddie y cómo me folló en mitad de la nada.
Desde entonces, mi cuerpo me grita que la busque, que me enrede en su risa ronca y en esa seguridad que gasta.
Pero mi cerebro, vuelve a recordarme el pasado a voz en grito: «No seas idiota, ella jamás te va a dar lo que buscas».
—¡A por ella! —le grito a Pecas, lanzando la pelota de nuevo. La perra sale disparada. Canela, fiel a su neurona solitaria, esta vez prefiere quedarse embobada persiguiendo una mariposa—. Lo tuyo es de estudio psicológico… —murmuro para mí misma, limpiándome las manos en los vaqueros.
Un rebuzno ensordecedor y potente rompe la calma de repente.
—Buenos días para ti también, Angus —le saludo.
El burro vuelve a rebuznar, estirando el cuello por encima de la valla exterior con una dignidad cómica.
Las perras abandonan sus respectivas misiones y salen zumbando hacia él a recibir su dosis diaria de pisotones frustrados.
Angus empieza a trotar de lado, moviendo las orejas largas, tratando de ignorar a los dos proyectiles que le ladran pidiendo por mimos.
—Tienen claro quién manda aquí, y desde luego no eres tú, Blake —suelta una voz.
Darana avanza hacia mí con un café en cada mano. Mi polo a tierra en Birdsong Hills.
—Es imposible competir contra el sexapil de Angus, acéptalo —le respondo, esbozando una sonrisa mientras estiro la mano para coger el café—. Bendita seas. Traes oro líquido.
—Huelo tu desesperación a kilómetros, Joanie —se burla Darana, dándole un par de palmadas afectuosas al burro antes de apoyarse en la valla junto a mí—. Tómate eso antes de que me denuncies por explotación laboral.
Le doy un sorbo largo, dejando que el calor me recorra la garganta.
—Si alguna vez decides despedirme, tendré que secuestrarte solo por tus dotes con la cafetera.
—¿Solo por el café? —Darana arquea una ceja, dándose importancia—. Me hieres.
Nos quedamos unos minutos en silencio, contemplando el trasiego que hay por la hacienda. Es un silencio de los buenos, de los que solo tienes con la gente que te conoce las miserias y las virtudes. El viento sopla del sur, agitando los eucaliptos del camino.
—A ver, desembucha. ¿Qué pasa con Maddie?
Casi me atraganto con el café. Toso un poco, intentando ganar tiempo mientras doy vueltas al plástico del vaso.
—No sé de qué me hablas. Estoy perfectamente.
Darana me mira escéptica y después niega con la cabeza.
—Joanie, por favor. A otra con ese cuento.
Resopló, dejando caer los hombros con resignación.
—Es que estoy hecha un puto lío. Pero de los gordos.
—Ya me extrañaba a mí… —comenta ella, girándose para mirarme de frente—. Venga. Suéltalo. ¿Te has vuelto a liar con ella?
Miro el fondo de mi vaso, donde el café oscuro se mueve lentamente. Mi silencio, es precisamente lo que me delata. Entonces, Darana suspira.
—Sabes que yo apoyé la pantomima para quitarte de encima la presión y ganar tiempo, pero esto no va a acabar bien.
Joder, cuando tu mejor amiga te dice la verdad, duele de cojones.
—Haría lo que fuera por mantener a flote Birdsong Hills. Lo sabes.
—Y ese es tu mayor defecto —me interrumpe, poniendo una mano sobre mi antebrazo—. Llevas años cargando con mochilas que no te pertenecen. Pero una cosa es poder echarme una mano y otra muy distinta acabar con tu propio corazón.
Se me forma un nudo en la garganta. Tiene toda la razón. Me estoy metiendo de cabeza en un incendio forestal y pretendo salir sin una sola quemadura.
—No sé qué se supone que debo hacer —admito.
Darana me aprieta el brazo con cariño antes de soltarme.
—Yo no te voy a decir qué hacer, no soy Agnes. Dios me libre. Pero he visto a Maddie encender una habitación con una sonrisa… y también he visto el invierno que deja detrás cuando decide desaparecer.
Se pasa una mano por el pelo, mirando cómo Angus pasa olímpicamente de las perras y se concentra en mordisquear un poste.
Me quedo callada. La pregunta del millón es: ¿Puede Maddie cambiar?
—Me revienta que tenga tal poder sobre mí con solo guiñarme un ojo, joder. Es desesperante.
—Bueno, supongo que es lo que viene con el paquete de Maddison Strong —dice Darana, con una sonrisa en los labios—. Y tú tienes otro don.
—¿Cuál? ¿El de meterme en líos?
—El de ver lo mejor en los demás, incluso cuando ellos se empeñan en parecer idiotas. Con ella lo haces constantemente. Y solo espero que esté a la altura del pedestal donde la pones, porque si no, el golpe va a ser de los que hacen época.
No sé qué responder a eso. Darana apura su café.
—En fin, basta de terapia por hoy. El ganado no se va a revisar solo porque tú tengas las hormonas en pie de guerra. Esta noche hemos quedamos unos cuantos. Lily, Ricky, Ethan, Kira y yo. Un plan tranquilo: cervezas, filetes de la zona y rajar de los turistas. ¿Te vienes?
—¿Va a ir Luke? —pregunto, ajustándome la chaqueta.
—Supongo que sí. Así que no acepto un «no» por respuesta. Te vendrá bien despejar la mente y recordar que hay vida más allá de Maddie y sus planes.
Nos despedimos y silbo a las perras, que se pegan a mis botas al instante. Les doy unas palmaditas en el lomo y me cuelgo el maletín de campo al hombro. Ahora, toca trabajar.
Mi primera parada de la mañana es el nuevo módulo de cría que Ethan y Kira tienen montado tras su cabaña.
Está todo impecable: la malla de aislamiento bien sellada para evitar corrientes de aire nocturnas y el perímetro protegido contra cualquiera que se quiera comer a estos preciosos pollitos y gallinas.
Lo de las cabras… va a tardar un poco en llegar.
Las perras se echan junto al umbral de la puerta, inmóviles. Saben perfectamente que dentro de un criadero avícola no se permiten juegos ni movimientos bruscos.
—A ver, chicas, vamos a ver cómo llevamos la adaptación —murmuro.
Tomo a la primera entre mis manos. Su temperatura corporal es la correcta, señal de que las lámparas están bien.
Reviso la elasticidad de la piel para comprobar la hidratación y paso los dedos por las comisuras del pico y las patas buscando cualquier indicio de parásitos.
Están limpias y relucientes. Voy anotando los datos de control en mi libreta mientras una de las gallinas adultas del corral contiguo cacarea con indignación, ahuecando las plumas en un intento de intimidarme.
—Tranquila mamá, que solo estoy echándoles un vistazo —le digo.
La rutina del examen clínico, el tacto del animal y el rigor científico consiguen, por fin, centrar mi mente.
Durante la media hora que paso aquí, el mundo exterior se apaga.
Se borran las dudas, se borra el pánico a salir herida y, por un momento, logro sacar de mi cabeza los ojos de Maddie Strong.
Solo por un momento. Porque en cuanto cierro la libreta y el silencio del Outback vuelve a colarse por la ventana, sé que tengo una buena batalla por delante.