14
Joanie
La cocina de Agnes huele al café recién hecho y sus eternas galletas de mantequilla que siempre guarda en una lata metálica de flores descoloridas. Dice que así se conservan más crujientes. Yo creo que, simplemente, es una romántica empedernida, y que hay manías que no va a poder quitarse nunca.
Tengo la mesa sepultada bajo historiales clínicos y la libreta donde cada día, anoto las revisiones que debo hacer para la mañana siguiente.
Desde que Birdsong Hills volvió a abrir sus puertas a los turistas, los animales se han puesto de acuerdo para dar guerra.
Tengo dos caballos con dermatitis, un rebaño de ovejas pendiente de desparasitación y tres cachorros de pastor ganadero que jugaron a comerse lo que no debían. Un no parar, vamos.
Pero oye, no me quejo. En el Outback, cuando el día está demasiado tranquilo, es que se avecina tormenta. Y ya hemos tenido suficientes.
Suelto el bolígrafo sobre el cuaderno y me estiro en la silla, haciendo crujir la espalda.
—Fin del papeleo por hoy —murmuro, frotándome los ojos.
Miro el reloj de pared, que marca las nueve y veinte de la noche.
Agnes todavía no ha vuelto de la reunión vecinal en Willow Creek; seguro que se ha quedado enganchada cotilleando con alguien en la calle principal.
Hay costumbres rurales que ni un apocalipsis podría cambiar, y yo jamás cambiaría los hábitos de Agnes Tanner.
Sobre todo, si están acompañados de los pasteles de carne de su hermana.
De repente, tres golpes hacen retumbar la puerta de entrada. Frunzo el ceño, extrañada. Me levanto de la silla y cruzo el pasillo. Al abrir la puerta, una ráfaga me sacude la cara, trayendo ese aroma inconfundible a eucalipto. Pero no es en eso en lo que me fijo.
Maddie está apoyada contra el marco, y en la mano izquierda balancea dos cascos negros de moto.
—Buenísimas noches —me saluda.
—¿Se puede saber qué tripa se te han roto a estas horas? —le espeto, cruzándome de brazos.
Maddie no responde. Se limita a mirarme de arriba abajo con una sonrisita descarada antes de levantar uno de los cascos.
—Deja lo que estés haciendo y muévete. Nos vamos.
Arqueo una ceja, alucinando con su desparpajo.
—¿Eso es una orden?
—Para nada. —Da un paso hacia delante, invadiendo mi espacio personal, y hasta a mí llega el olor cítrico de su champú—. Pero he pensado que podría mejorarte la noche.
Doy un paso atrás, dispuesta a no ponérselo tan fácil.
—Tienes una imaginación desbordante. Y yo, mucho trabajo. No quiero saber qué es lo que estarás tramando.
—Pues vas a tener que venir, porque quiero enseñarte algo —insiste, clavando su mirada en la mía.
—¿El qué? Así no me vas a convencer.
—Si te lo destripo, se rompe la magia, Blake. —Me guiña un ojo y yo echo la cabeza hacia atrás—. Venga, no seas aburrida. Date una tregua. Por favor.
—Eres insoportable —suspiro, descruzando los brazos.
—Lo sé —admite ella, ensanchando su sonrisa.
—Y una pesada de campeonato.
—También. ¿Te vienes o me vas a hacer ponerme de rodillas? Porque eso lo dejo para otros… instantes.
La fulmino con la mirada. Después, observo su moto, aparcada bajo la luz amarillenta de la farola.
—Sabes perfectamente que odio ir en ese trasto —protesto.
—Ya… —Maddie se acerca un palmo más, atrapando mi atención por completo—. Pero también recuerdo que la última vez que te subiste conmigo no te escuché protestar.
Suelto una carcajada.
—Tu ego es más grande que todo el Outback.
—No. Solo recuerdo los hechos. Venga, cámbiate de ropa. Te espero aquí fuera. Prometo no morder… a menos que lo pidas.
—¡Maddie! —le advierto, notando que me pongo roja como un tomate.
Le cierro la puerta en las narices antes de que me vea sonreír como una adolescente. Diez minutos después, aparezco en el porche equipada con mis vaqueros, mis botas y una chaqueta con forro de borrego para sobrevivir al viento del desierto.
Maddie, que estaba apoyada en el asiento de la moto trasteando con el móvil, levanta la cabeza. Y se queda mirándome con una intensidad que me hace recolocarme el cuello de la chaqueta, incómoda.
—¿Tengo monos en la cara o qué? —le suelto para romper el hielo.
Pestañea, sacude la cabeza, y suelta un bufido divertido.
—Nada, nada. Solo que estás cañón con esa chaqueta. Hace juego con tus ojos.
Carraspeo y busco ponerme el casco para disimular la vergüenza.
—Menos cháchara y arranca. Y más te vale no correr.
—¿Es que no confías en mí? —pregunta mientras se coloca su casco, mirándome a través de la visera.
La pregunta tiene trampa. Como conductora, sé que es la mejor del valle. Pero como la mujer me trae loca —perdón, traía—… ahí tengo mis serias dudas.
—Conduce y calla.
Me subo al asiento con cuidado. Al principio intento mantener las distancias apoyando las manos en los asideros metálicos, pero en cuanto toma la primera curva hacia la carretera principal, el bandazo me obliga a rectificar. Resignada, le rodeo la cintura con los brazos y me pego a su espalda.
· · ·
Dejamos atrás las pocas farolas de Willow Creek y nos adentramos en la inmensidad del Outback.
La carretera es una línea oscura rodeada de colinas bajas y extensiones infinitas.
A estas horas, el paisaje es sobrecogedor; no hay civilización a la vista, solo el cielo del invierno que se despliega sobre nosotras, limpio de nubes y sembrado de millones de estrellas.
Sin darme cuenta, aprieto un poco más el agarre en su cintura, sintiendo cómo el resto del mundo parece desaparecer a nuestro alrededor.
El motor va perdiendo fuerza hasta que Maddie lo apaga en lo alto de una elevación. Me quito el casco y sacudo la melena. Maddie deja los cascos sobre el depósito y contempla el horizonte con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora.
—Bienvenida al mirador más bonito del valle. Mi padre me traía aquí en los años de sequía, sobre todo, en los días en los que solía discutir con mi madre.
Estamos sobre una meseta baja de tierra compacta y rocas fracturadas, rodeadas de eucaliptos que silban con el viento.
Abajo, la oscuridad devora los límites de las propiedades ganaderas.
A lo lejos, las luces de algunas cabañas de Birdsong Hills parecen pequeñas luciérnagas moribundas en mitad del vacío.
Lo que me hace pensar que somos una auténtica minucia comparado con el universo.
Levanto la vista hacia el firmamento y me quedo sin respiración. La Vía Láctea cruza el cielo como una franja de polvo de plata brillante, tan nítida que da la impresión de que puedes tocar las constelaciones si estiras un poco los dedos.
—Madre mía… —susurro, maravillada—. Esto es una puta pasada, Maddie. No recuerdo haberlo visto nunca.
La veo sonreír.
—Hay que venir en la noche propicia para ello. Sabía que te iba a encantar.
Caminamos un par de metros. La brisa nos azota con fuerza, pero tener a Maddie pegada a mí me da todo el calor que necesito.
—¿En qué piensas, Blake? —pregunta, mirándome de reojo.
—En que, vistos desde aquí, nuestros agobios diarios me parecen una puta gilipollez —admito, encogiéndome de hombros—. El trabajo en Birdsong Hills, el paripé con tu madre… todo parece ridículo.
Maddie guarda silencio, observando el vacío durante unos segundos largos.
—Mi padre opinaba lo mismo —suelta, con una nostalgia que no le he visto mucho aparecer—.
Decía que cuando tuviera la cabeza hecha un lío, mirase hacia arriba.
Que las estrellas llevan ahí miles de años y seguirán estando cuando nosotras seamos polvo y cenizas.
Me repetía: «Maddie, el Outback es grande, pero el cielo es infinito.
No dejes que los pequeños problemas te ahoguen».
Me giro un poco hacia ella, conmovida por el recuerdo.
—Parecía un hombre muy sabio. Una pena que tú no hayas heredado esa parte —le pincho con una sonrisa burlona.
Maddie suelta una carcajada.
—Toda la razón. Yo soy experta en ahogarme en vasos de agua y en cagarla a lo grande. Incapaz de dejarme sentir algo real.
Me quedo muda, con el corazón golpeándome contra las costillas.
No me esperaba esa confesión. Todavía me sigue sorprendiendo cuando veo a la mujer que hay detrás de ese aspecto duro e indomable.
Miro su perfil iluminado por la luna, y descubro a una Maddie vulnerable…
una chica que casi nadie logra ver, y me da pánico lo mucho que me atrae.
Ella rompe la tensión esbozando una sonrisa pícara, tratando de recuperar el control y después, la sigo con la mirada mientras mete las manos en la alforja de la moto. De ahí, saca un par de mantas y una bolsa con lo que imagino será ese picnic improvisado que me prometió.
—¿Ves cómo podemos tener una cita normal y corriente? Solo tenías que confiar un poco en mí —dice, colocando una de las mantas y dejando otra al lado por si pasamos frío.
La palabra «cita» activa todas mis alarmas.
—¿Esto también forma parte del engaño? —quiero saber mientras señalo hacia el suelo—. Porque, que yo sepa, aquí arriba no hay vecinos, ni nadie del pueblo vigilando para que puedan irle a tu madre con el cuento.
Maddie tarda en responder y cuando se gira del todo, me deja sin respiración.
—No —su voz desciende a un susurro—. Esto no tiene nada que ver con el plan.
—Entonces… ¿a qué estás jugando? —insisto. Me cruzo de brazos y los aprieto contra el pecho.
—A nada. Simplemente quería estar contigo a solas. Sin actuar, sin mentiras y sin que medio pueblo nos esté mirando. ¿Tan difícil te resulta creerme?
Intento concentrarme en las estrellas, en el sonido del viento, en cualquier cosa que no sean sus labios.
Pero es un fracaso absoluto. Maddie está demasiado cerca.
Puedo ver los destellos en sus ojos bajo la luz de la luna, la pequeña marca en su mandíbula y cómo el viento le revolotea el pelo sobre la frente.
Mis ojos, traidores, bajan directos a su boca. Joder. No debería mirar ahí.
«Joanie, ni se te ocurra caer otra vez», me grita mi lado racional. Porque ya sé cómo Maddison Strong besa, y cuáles son las consecuencias que llegan después.
Me muerdo el labio inferior.
«No debería volver a tropezar con la misma piedra».
—No haces más que complicarme la vida —le murmuro.
—Lo sé. —Maddie da un paso mínimo, eliminando casi toda la distancia que hay entre nosotras—. Pero dime la verdad, Blake… ¿De verdad quieres que dé marcha atrás y me olvide de esto?
Mis piernas van por libre. Sin terminar de procesar el «no» de mi cerebro, doy un paso al frente. Maddie contiene el aliento, abriendo un poco los ojos, sorprendida de que sea yo quien tome la iniciativa y rompa las normas.
Estiro la mano despacio y le sujeto la solapa de la cazadora de cuero, tirando de ella hacia mí. La miro a los ojos una última vez, y me doy cuenta de que no encuentro rastro de la Maddie Strong arrogante que solía conocer.
Y, entonces, fundo mis labios con los suyos.