El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 13
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Maddie

La Espuela de Plata está hasta los topes esta noche.

Desde la barra me llega el olor a cerveza recién tirada y de los filetes de buey a la parrilla.

Al fondo, a Ricky no se le ha ocurrido otra cosa que pinchar una lista de country clásico que él insiste en llamar «música para sobrevivir a las largas noches», aunque el bar sea un hervidero. Ya sabía yo que me iba a liar otra vez.

Las risas se mezclan con el tintineo de los vasos y el murmullo de un pueblo que celebra cualquier excusa para pillarse una buena cogorza. El ambiente es acogedor, no lo niego, pero yo me siento más fuera de lugar que un pingüino en mitad del desierto.

Debería estar integrándome, soltando alguna de mis paridas habituales o haciendo mi mejor actuación ligándome a Joanie Blake. Era lo que quería hacer, de hecho. Pero en lugar de eso, llevo diez minutos calentando la misma botella de cerveza entre las manos.

Joanie ha entrado hace nada. Y, cómo no, el comité de bienvenida no ha tardado en aparecer.

Luke Henderson, se desvive por apartarle una silla con su típica galantería barata.

Joanie le ha sonreído. Y no es una sonrisa de compromiso ni una carcajada falsa para quedar bien; es esa sonrisa diminuta, tierna y jodidamente preciosa que pone cuando se siente segura con alguien. «Alguien que no soy yo».

Entonces Luke le dice algo al oído, el muy imbécil. Y ella se echa a reír.

Siento una patada en el estómago. Literal.

—Qué bien se llevan esos dos… —murmuro entre dientes—. ¿Amigos de la infancia? Sí… seguro.

«¿Pero qué demonios te pasa?», me recrimino mentalmente.

La respuesta flota a mi alrededor, incómoda y persistente, aunque me joda admitirla.

Esto no tiene ningún sentido. Se supone que Joanie nunca me ha gustado para nada serio.

Eso es lo que llevo repitiéndome meses, años enteros.

Ella es la chica perfecta, la mujer que siempre ha sido demasiado buena para alguien como yo: experta en meter la pata y salir huyendo en cuanto las cosas se ponen serias.

Entonces… ¿por qué tengo tantas ganas de levantarme, cruzar el bar y apartar a Henderson de un guantazo?

¿Por qué no puedo ceñirme a un maldito plan que yo le pedí?

El karma. No hay otra explicación. El universo me está cobrando con intereses cada vez que preferí irme de juerga antes que admitir que esa mujer me importaba. Ahora me toca mirar, aguantarme, tragar saliva, y mantener el trato intacto.

—Como sigas apretando así la botella, la revientas —la voz de Ricky me saca del trance.

Levanto la vista y lo veo secando un vaso de pinta con el trapo apoyado en el hombro. No sé cómo todavía se aguanta en pie.

—No me ralles, Ricky —le suelto, reclinándome en el taburete.

—Eres muy mala actriz cuando te pican los celos —se mofa con una carcajada.

Para callarlo, le doy un trago largo a la cerveza.

—Y parece que Henderson ha entrado con buen pie en su mesa —comenta Ricky con malicia, mientras señala hacia donde está Joanie.

No le respondo porque no me da la gana darle la razón. Luke se inclina un poco más hacia ella en un gesto confidente. Joanie se lleva una mano a la frente, apartándose un mechón suelto mientras se descojona.

—Pues que les vaya bien… —protesto.

—Lo que no entiendo es… qué haces aquí perdiendo el tiempo en lugar de marcar tu territorio.

«Típico de los tíos».

—¿Porque hay que dar espacio a una relación, genio? No puedo estar todo el día encima de ella. También tiene otros amigos.

Ricky tarda exactamente dos segundos en soltar una carcajada que retumba en todo el bar.

—Eso no te lo crees ni tú.

—¿El qué? —le espeto. Me está poniendo de muy mala leche.

—Lo del espacio —insiste Ricky—. Llevas quince minutos clavada en ese taburete sin pestañear. Pareces un halcón de las llanuras vigilando a un ratón.

—Te lo vuelvo a repetir, no puedo estar encima de mi novia todo el día.

Ricky alza una ceja y por fin entra en razón.

—Vale, vale. —Levanta las manos—. Lo que tú digas, Maddie. Pero los ojos no mienten y los tuyos están echando chispas.

Desesperada por cambiar de tema, me agarro a lo primero que me pasa por la cabeza.

—¿Cómo va la colecta para la reconstrucción de la librería?

—Viento en popa —responde Ricky, centrándose en limpiar otros vasos—. La comunidad se ha volcado con las donaciones. En unas cuantas semanas está arreglada seguro. Y después, la podrán vender.

Asiento con la cabeza, pero la verdad es que no le presto mucha atención. Luke acaba de sacar el móvil y se lo acerca a Joanie para enseñarle algo. Ella arrastra la silla un palmo hacia él para ver la pantalla.

—Joder… esto es el colmo.

Ricky, que tiene el oído muy fino, se cruza de brazos.

—¿Y ahora qué pasa?

—Nada. Olvídalo —le corto de raíz.

Pero sí que pasa. Pasa que estoy descubriendo una parte de mí que desconocía por completo y que me da pánico.

Una Maddie posesiva que odia compartir las miradas de Joanie Blake.

Una Maddie neurótica que cuenta los segundos que otro tío pasa haciéndola sonreír.

Y me siento ridícula, joder. Porque esto significa que el resto del mundo tenía razón.

Significa que yo misma me estaba engañando como una imbécil el día que quise convencerme de que nunca he sentido nada más.

Cuando simplemente fui una cobarde que prefirió poner distancia de por medio antes que admitir que había sentimientos de por medio.

Luke se levanta hacia la barra para pedir otra ronda.

Joanie lleva el pelo recogido en una coleta alta, de esas informales, y varios mechones rebeldes le enmarcan la cara, dándole un aspecto tan tierno que me entran ganas de comérmela a besos aquí mismo.

Está preciosa. Jodidamente preciosa. Mucho más de lo que recordaba en mis fantasías nocturnas.

—¿Sabes qué, Ricky? —digo, dejando la botella sobre la barra—. Que le den a la cerveza. Me piro.

Ricky parpadea, alucinando.

—¿Qué dices? Si no te has tomado ni la mitad.

—Ya, pero el ambiente está rancio esta noche —le miento descaradamente, agarrando mi cazadora de cuero.

No puedo seguir aquí ni un segundo más. Porque cuanto más tiempo paso contemplándola, más clara se me vuelve la verdad: no me jode que Luke Henderson esté perdiendo el tiempo con ella.

Lo que me desgarra es darme cuenta de que esa silla podría haber sido mía desde hace años si no hubiera sido tan estúpida.

Con esa punzada atravesándome el pecho, salgo a zancadas de La Espuela de Plata, dejando atrás el griterío y la música.

El aire gélido de la noche del Outback me sacude la cara con violencia, obligándome a abrocharme la cazadora.

Pero, por primera vez en mi vida, descubro que hay algo que ni el invierno australiano es capaz de enfriar: el incendio que Joanie Blake ha provocado en mi cabeza.

· · ·

Tengo el cuerpo molido. No he pegado ojo en toda la maldita noche.

Cada vez que intentaba conciliar el sueño, la maldita escena volvía a reproducirse en bucle: Joanie riendo, Luke acercándose a ella, esa complicidad natural que se supone que yo tengo que fingir y que ese idiota conseguía con cuatro frases tontas.

«Enhorabuena, Maddison. Te has vuelto loca de celos por el primer tío que le ha sonreído. Eres patética.» Me digo a mí misma mientras camino hacia las cuadras. Antes de que empiece a clarear y el resto del mundo esté pegándole el primer trago al café, solo tengo un objetivo: reventarme a trabajar.

Trueno levanta las orejas en cuanto escucha mis pasos sobre el suelo. Se acerca despacio al pesebre y suelta un bufido caliente sobre mi chaqueta, inspeccionándome como si supiera perfectamente que traigo el cable cruzado.

—Buenos días, guapetón —le susurro, pegando mi frente a la suya.

Le acaricio el cuello. Después me agacho para revisarle las extremidades traseras. La herida que se hizo con la valla está completamente cerrada; la cicatrización va perfecta. Joanie nunca se equivoca.

—Pues ya estás listo para dar un paseo —le digo, encajándole la silla de montar.

Trueno da un pequeño paso lateral, molesto, cuando le paso la cincha por la barriga.

—Tranquilo, solo vamos a dar una vuelta antes de que los turistas colapsen las pistas.

En cuanto salimos al exterior, Trueno que es un caballo ultrasensible y capta mis vibraciones negativas al segundo, empieza a moverse nervioso. Golpea la tierra con los cascos delanteros y sacude el cuello con violencia intentando ganar rienda.

—¡Venga, tranquilo! —le exijo, y lo único que hago es transmitirle mi tensión.

Trueno responde con un bufido potente y, de repente, se encabrita, levantando las patas delanteras del suelo.

—¡Eh! ¡Abajo! ¡Quieto ahí! —le grito, aunque la que necesita que la aten en corto soy yo. Los caballos huelen el mal humor, y Trueno sabe que llevo un demonio dentro.

Aflojo las manos, le pido el trote y enseguida pasamos al galope. Damos una última vuelta a muerte y clavo los talones para frenarlo en seco en el centro de la pista. El semental se desliza sobre los cuartos traseros, levantando una nube de polvo rojizo que nos envuelve por completo.

—Así no vas a solucionar tus problemas, Maddie —la voz de Darana me llega desde la valla.

Ni la había visto llegar. Está apoyada en el poste de madera, con los brazos cruzados sobre su chaqueta y observándome como si me hubiera calado a la primera.

Desmonto de un salto, con las piernas temblándome por el esfuerzo. Trueno sigue de los nervios, resoplando y pegando tirones de cabeza. Me pego a su costado y le acaricio el cuello, hablándole en voz baja hasta que empieza a acompasar su respiración a la mía.

—Hoy Trueno no tiene el día, está claro —murmuro, buscando una excusa para tapar mi incompetencia.

Darana esboza una sonrisa de medio lado, ladeando la cabeza.

—No, Maddie. El caballo estaba perfectamente. La que no tiene el día eres tú.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos clínicos. Esa mujer me conoce mejor que si me hubiera parido.

—Si estás tan alterada por miedo a que el trato salga mal, relájate —añade, acercándose con paso lento para acariciar a Trueno—. Sabes de sobra que este lugar ha sobrevivido a la peor de las tormentas. Siempre salimos a flote. Encontraremos la manera de llevar a cabo nuestros planes.

Bajo la cabeza, clavando la mirada en la punta de mis botas sucias.

—Si el problema fuera ese…

—Entonces habrías dormido de un tirón —remata ella con una lógica aplastante.

Me quedo callada porque no tengo argumentos con los que rebatirla. Darana se limita a caminar a mi lado mientras llevo a Trueno hacia los eucaliptos del callejón exterior. El ruido lejano de los tractores empezando la jornada empieza a romper la paz de la mañana.

—Anoche Joanie estuvo con Luke en La Espuela de Plata —digo, soltando el lastre.

Darana ni se inmuta.

—Bueno, creo que todo el mundo los vio.

—Se lo estaban pasando de puta madre, de hecho —añado.

—Sí, parecían estar muy a gusto —confirma ella, echándole más sal a la herida.

Darana se detiene en seco y se gira hacia mí, clavándome la mirada.

—¿Y no te gustó… porque temes que Luke descubra vuestra farsa? ¿O porque te pusiste celosa?

Maldita sea. ¿Por qué todo el mundo tiene que hacer siempre las preguntas que más joden?

Resoplo, desviando la mirada hacia las colinas.

—No sé de qué hablas.

Darana suelta una risita floja.

—Maddie, por favor. Puedes engañar a medio valle o a tu madre. Incluso puedes mantener el tipo frente a Joanie un rato… pero a mí no me la das.

Reanudamos la marcha y nuestras botas van levantando pequeñas nubes de polvo sobre el camino.

—Escúchame una cosa y grábatela a fuego —su tono se vuelve serio, profesional, el de la mujer que dirige los destinos de Birdsong Hills—. No quiero que juegues con ella. ¿Te queda claro?

La advertencia se queda flotando en el aire matutino, densa y pesada.

—No estoy jugando con nadie —protesto, ofendida.

—Eso espero. Porque Joanie ya lo pasó bastante mal en el pasado por culpa de tus espantadas y tus dudas. Tiene un corazón de oro, pero no es de piedra.

Aprieto la mandíbula, asumiendo el golpe.

—No voy a volver a hacerle daño. Te lo juro —afirmo con una seriedad que me sale de lo más profundo.

Darana me escanea con la mirada durante unos segundos angustiosos.

—Quiero creerte, de verdad.

—Pues créeme —insisto, sosteniéndole el pulso visual.

—Entonces empieza por ser sincera contigo misma, Maddie —me aconseja, dándome una palmada cariñosa en el hombro.

Trago saliva, sintiendo cómo la verdad me arrincona contra las cuerdas.

—Estás viendo fantasmas donde no los hay. Esto sigue siendo un negocio, un trato de beneficio mutuo para salvar el pellejo de Birdsong Hills. Nada más.

Darana guarda silencio un momento antes de soltar la última perla de la mañana:

—Pues procura no olvidarlo, Maddie. Porque las mentiras tienen una costumbre muy fea, y a veces se vuelven tan reales que dejas de controlarlas. Y cuando la farsa se rompe, siempre hay alguien que termina recogiendo los pedazos de su corazón.

Soy incapaz de sostenerle la mirada porque sé que tiene toda la jodida razón. Y lo peor es que una parte de mí, cada vez más grande y descontrolada, ya no tiene tan claro cuál de las dos va a terminar más escaldada de este juego.

En ese preciso instante, el ronquido característico del Nissan Patrol de Joanie interrumpe la conversación al entrar en la zona.

Levanto la cabeza y ella baja del vehículo vestida con su mono de trabajo y sus botas, escoltada por Canela y Pecas, que salen disparadas hacia los corrales moviendo el rabo a mil por hora.

Joanie se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja mientras saluda al resto.

De repente, gira la cara hacia nosotras y nuestros ojos se cruzan.

Solo dura un segundo. Un maldito segundo.

Pero es más que suficiente para que el corazón me pegue un vuelco brutal, dejándome sin aire.

Darana sigue la dirección de mi mirada. Creo que las dos nos acabamos de dar cuenta de que el mayor peligro para Birdsong Hills nunca fue mi madre.

El verdadero peligro soy yo. Porque empiezo a sospechar que fingir que estoy loca por Joanie Blake está resultando infinitamente más fácil que seguir fingiendo que no lo estoy de verdad.