El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 12
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Joanie

En cuanto entramos, vemos que Birdsong Hills está en ebullición.

Hay un grupo de turistas recién llegados descargando equipajes, varios peones moviendo pacas de heno y Bert dando órdenes junto a las cuadras.

Más allá, Darana y Camila revisan algo en unas carpetas y dan la bienvenida a los nuevos alojados.

Ethan frena junto al granero principal y bajamos para iniciar la descarga. Y poco después, Darana se acerca a nosotros, asomándose a las cajas con una sonrisa.

—¡Justo a tiempo, chicas! Qué cositas tan pequeñas.

—En nada serán adultas —digo, dando unas cuantas caricias a los pollitos—. En un par de semanas con el pienso de iniciación estarán listas para el cercado exterior. Las hemos traído en buena época para poder arreglar todo esto en el próximo verano y que estén protegidas.

Maddie también observa a los pollitos, sacudiéndose el polvo de los vaqueros con las manos. Aunque no se acerca mucho a las gallinas.

—Bueno, menos cháchara —anuncia Darana—. Mañana os necesito a las dos a primera hora en los cobertizos.

Maddie y yo la miramos al mismo tiempo.

—¿Ha pasado algo? —pregunto, poniéndome en alerta.

—Nada grave, las reservas de las rutas ecuestres para esta semana se han duplicado. Antes de que salga el grupo de las nueve, quiero una inspección a fondo de los cascos y de todos los caballos de apoyo. No quiero sorpresas con el turismo.

—Cuenta con ello. Estaré aquí al amanecer —asiento de inmediato.

—Y yo —añade Maddie, poniéndose seria—. Trueno ya está al cien por cien, pero quiero testar la pisada del resto antes de que otros los monten.

Darana sonríe, satisfecha.

—Perfecto. Así me gusta. No trasnochéis hoy, que os conozco.

—Eso díselo a Ricky, que siempre es quien nos lleva por el mal camino y nos lía —bromea Maddie, lanzándome un guiño descarado.

—Pues hoy no pienso picar —afirmo con rotundidad, aunque tenerla tan cerca me hace flaquear.

Maddie da un paso hacia mí mientras recolocamos la última caja de madera en el suelo del almacén provisional.

—¿Ah, no? —arquea una ceja con una sonrisa—. Ya veremos qué pasa si la oferta de la noche es lo suficientemente convincente.

Noto cómo el calor me sube por el cuello de manera delatora ante la mirada divertida de Ethan y Kira.

Mientras terminamos de acomodar a las gallinas en su nuevo corral provisional, me quedo un segundo observando a Maddie de reojo.

Se ha agachado sobre la paja para depositar a la última con un cuidado y una finura extremas, hablándole bajito al animal para que no se altere.

Hace un rato estaba jurando en arameo contra ellas y ahora las trata con una delicadeza que me da un vuelco al corazón.

Maddie nota la fijeza de mi mirada y se yergue despacio, atrapándome in fraganti.

—¿Qué pasa? —pregunta, dando un paso al frente que reduce nuestra distancia a la nada. El olor a tierra, a campo y a ella misma me nubla el juicio.

—Nada.

—No me pongas esa cara, Blake.

—¿Qué cara, Strong? —la desafío, sosteniéndole la mirada con el pulso a mil.

—La de que estás procesando pensamientos muy poco inocentes que no te atreves a dejar ir por esa boquita —me suelta con una sonrisa de suficiencia que me derrite por completo. Sus ojos bajan de nuevo a mis labios, encendiendo el ambiente.

Sacudo la cabeza, intentando recuperar el control antes de cometer una locura. Sobre todo, porque no es el momento ni el lugar.

«Y porque se supone que no estáis saliendo de verdad», me dice una vocecilla.

—Solo comprobaba que no fueras a reabrir las hostilidades.

—De momento estamos en tregua —niega ella con solemnidad gamberra, sin apartar los ojos de los míos—. Con las gallinas… y contigo. Pero vigila tu retaguardia, guapa.

Quizás esa sea la mayor contradicción de Maddie Strong y lo que la vuelve jodidamente peligrosa para mí.

Todo el mundo ve a la tía impulsiva, descarada, jinete y provocadora profesional.

Pero muy pocos tienen el privilegio de ver la paciencia infinita con la que calma a un potro nervioso, la ternura con la que acomoda a un bicho o la facilidad con la que consigue hacerme reír y sacarme de mis casillas al mismo tiempo.

Y eso, precisamente eso, es lo que empieza a acojonarme de verdad.

Porque el engaño nos está saliendo demasiado bien… y la verdad está empezando a arañar las paredes.