11
Joanie
Han pasado dos días desde la fiesta benéfica en el club social.
Dos malditos días desde aquel beso que, supuestamente, formaba parte del guion de nuestra farsa…
pero que, cuanto más intento analizar con mente fría, menos se parece a una actuación.
Me repito a mí misma que el pueblo necesitaba tragarse el anzuelo del noviazgo y que a la estirada de Victoria Strong había que cerrarle la boca.
Pero luego me meto en la cama, cierro los ojos en mitad de la noche y mi jodido cuerpo recuerda la manera en la que el cuerpo de Maddie encaja con el mío.
Y me enciendo. Sí, es que no lo puedo eviitar.
Pero también, me cabreo con ella por provocarme y no cumplir el trato, y conmigo misma por caer como una puñetera adolescente.
—¿Vas a pasarte toda la mañana hipnotizada por ese cubo de pienso, o nos echas una mano? —la voz guasona de Ethan me trae de regreso a la realidad.
Parpadeo, sacudiéndome la cabeza, y me descubro con el cazo de metal suspendido en el aire frente al almacén. Joder, ya ni puedo trabajar tranquila.
—Perdona, solo estaba pensando en las citas que tengo por la tarde —murmuro, volcando el grano en el saco.
Kira, que está apoyada en el capó del todoterreno anotando datos de los sensores en su tablet , me clava una mirada cargada de malicia.
—En las citas…, ya. Digamos más bien que estás en órbita en el planeta Maddison.
—Es un planeta muy ruidoso y con demasiadas hormonas, no os lo recomiendo —replico, arqueando una ceja mientras trato de mantener la compostura.
—Pues por la cara que tenías, el paisaje de ese planeta debe de ser de lo más interesante —remata Kira, cantarina.
La fulmino con la mirada. Ella, lejos de achantarse, suelta una carcajada y levanta las manos.
—¡Vale, vale! Yo no he dicho nada.
—Más te vale —le suelto.
Ethan se carcajea mientras se ajusta el sombrero. Desde luego, ya está hecho a la vida de la hacienda.
—Será mejor que carguemos el equipo antes de que se nos eche la mañana encima.
En ese preciso instante, Maddie frena levantando una pequeña nube de polvo junto al todoterreno y se quita el casco de un tirón, sacudiendo su melena con un movimiento tan sensual que parece sacado de un anuncio de televisión.
Odio que al final Darana sí le diera permiso para venir por aquí en su moto.
Lleva unos vaqueros oscuros que le marcan las piernas, una camisa de cuadros remangada y esas botas desgastadas que le quedan de maravilla. El estómago me da un vuelco.
—Buenos días —saluda, clavándome una mirada que me derrite por completo.
—Buenos días será para algunos —le suelto, cerrando el portón de la camioneta.
Maddie arquea una ceja y una sonrisa lenta, descarada y peligrosamente atractiva se dibuja en sus labios.
—Vaya, veo que te has despertado con el colmillo afilado, Blake.
—Es mi estado natural cuando me falta café —le respondo con la barbilla bien alta.
Kira carraspea de forma exagerada, rompiendo el magnetismo.
—¿Podemos irnos ya a por las aves, por favor?
—Mejor será, sí.
Maddie suelta una risita ahogada que me pone los pelos de punta.
Subimos al vehículo y dejamos atrás Birdsong Hills.
El trayecto hasta las afueras de Willow Creek nos lleva cuarenta minutos de baches a través de una pista secundaria rodeada de matorrales y acacias plateadas. El sol brilla con fuerza.
Durante todo el viaje, pillo a Maddie observándome por el retrovisor con un descaro que me hace recolocarme cada dos minutos en el asiento. Esa mujer es un peligro para mi salud mental.
La granja de los McAllister es un pequeño negocio familiar rodeado de cercados, pero tienen la mejor reputación de esta zona. Nada más bajarnos, el escándalo de los cacareos nos envuelve.
—Menudo concierto —comenta Maddie con ironía, bajándose las gafas de sol.
—¿Qué pasa? ¿Te asustan unas cuantas plumas? —la provoco, dándole un toquecito con el hombro al pasar a su lado.
—Nunca subestimes a esos bichos. Pueden volverse depredadores —bromea ella, ajustándose el cinturón—. Un caballo tiene dignidad, se le puede leer el lenguaje corporal. Las gallinas… bueno, mejor no provocarlas.
Ethan y Kira estallan en carcajadas detrás de nosotras.
—Dice la mujer que doma sementales sin pestañear —se mofa Ethan.
Poco después, nos recibe el viejo McAllister, un hombre con la piel curtida y una sonrisa afable.
—¡Joanie! Qué alegría tener a la mejor veterinaria del valle por aquí —me saluda, estrechándome la mano con energía—. ¿Vienes a desvalijarme el criadero?
—Solo venimos a por el equipamiento básico y unas ponedoras para Birdsong Hills —le digo con una sonrisa.
Mientras Ethan y Kira se quedan embobados mirando los cajones llenos de pollitos, yo le pido a McAllister los papeles de bioseguridad.
Reviso los certificados sanitarios, las analíticas y las acreditaciones de vacunación.
En los detalles científicos no me la juego; la salud de la hacienda depende de esto.
A mi espalda, Maddie se apoya en la valla del corral principal con una pose de lo más sugerente.
—A ver, ¿cuál es el siguiente paso de la misión?
McAllister señala un cercado embarrado.
—Atrapar cuatro gallinas adultas. De las negras.
Maddie se desabrocha el primer botón de la camisa, se remanga de nuevo y me lanza un guiño.
—Eso está hecho. Novatos, dejad actuar a una profesional.
Cruzo los brazos y me apoyo en la cerca, dispuesta a disfrutar del espectáculo en primera fila. Porque sí, va a ser todo un espectáculo. Estoy segura.
—¿No nos echas un cable? —me susurra Ethan.
—Tú deja a la experta…
Maddie entra en el corral, ladeando las manos como si fuera a rodear a un potro.
—Venga, chicas… Venid con mamá.
Las gallinas se giran al unísono, con una simetría espeluznante en sus movimientos. Maddie da un paso rápido hacia la más grande. La gallina suelta un graznido que suena a grito de guerra y el grupo se dispersa en direcciones opuestas a toda velocidad.
—¡Eh, quietas! —Maddie lanza las manos al suelo, pero la gallina le pasa limpiamente entre las piernas.
Otra vuela a ras de suelo, batiendo las alas con fuerza y levantando una polvareda que le da de lleno en la cara a Maddie. Ella retrocede, escupiendo tierra y con el pelo alborotado.
—¡Serán…! —gruñe, lanzándose en plancha hacia la tercera. Falla por un palmo y termina besando la tierra.
Ver a la imponente, sexi y soberbia Maddie Strong siendo toreada por aves de corral es lo mejor del mundo.
Pongo un brazo delante de Kira, que ya está lista para ayudarla.
—Madre mía. La tienen rodeada.
Y es verdad. Cuatro de ellas se han plantado en las esquinas de su cuadrante. Una le da picotazos rápidos a la puntera de su bota, otra revolotea a la altura de su nuca y la jefa del corral le cacarea en la cara desafiante.
—¡Blake! —brama Maddie, con una sonrisa rota que la hace jodidamente adorable—. ¡Mueve el culo y ven a salvarme!
Me limpio una lágrima antes de saltar la valla con agilidad.
—¿No eras una experta en el manejo de fauna? —le espeto con malicia.
—¡Menos cháchara! —protesta, resoplando mientras se aparta un mechón de la frente.
—A un lado, aficionada —le digo.
Me coloco de cuclillas, relajo los hombros y hago un chasquido con la lengua, reduciendo la velocidad de mis movimientos.
Las gallinas, que detectan el lenguaje corporal calmado de alguien que sabe lo que hace, bajan las alas.
Con un movimiento rápido y certero, sujeto a la primera por la base de las alas, pegándola a mi cuerpo para que no sufra más estrés.
Se la paso a Ethan y Kira, y después repito la operación con la segunda.
Maddie me mira con los brazos en jarras y la boca entreabierta, indignada.
—Traidoras… —murmura Maddie, cogiendo al animal con cuidado. Al hacerlo, ella clava su mirada en mis labios durante un segundo eterno, perdiendo por completo el hilo.
—No pienso permitir que esto salga de aquí —añade Maddie—. Mi reputación quedaría arruinada.
—Demasiado tarde, Strong —interviene Kira, agitando el teléfono con el que ha grabado todo—. Al menos, en Birdsong Hills van a apreciar muchísimo esto.
Maddie señala el teléfono con un dedo acusador.
—Como ese vídeo lo vea alguien más, ya te puedes ir olvidando de las clases gratis.
Ethan estalla a reír y, por primera vez en muchos días, yo también me río de corazón, olvidándome de la farsa que nos traemos entre manos. Porque estar con ella es jodidamente fácil cuando dejamos las armas en la puerta.
· · ·
Media hora después, el remolque está listo y cargado con las cajas de transporte, sacos de pienso, bebederos y unos nidales de madera galvanizada que Kira ha insistido en comprar porque «las gallinas tienen derecho a poner huevos con dignidad».
—Las gallinas no entienden de estética, Kira —protesta Ethan, ajustando las cinchas de sujeción del remolque.
—Eso es porque tienes la sensibilidad de una piedra. Y ellas su corazoncito —le rebate ella con total convicción.
Maddie se apoya contra el lateral de la camioneta, cruzada de brazos, observándome mientras aseguro los cierres de las cajas.
—Pienso recordarte esto cada vez que vayas de sobrada por Birdsong Hills.
—Qué mala eres —susurra, inclinando la cabeza hacia mí—. Mira que tratar así a tu devota novia… Después de todo lo que nos entregamos en la pista de baile el otro día.
La palabra «novia» resuena entre las dos. Sostengo su mirada desafiante y el aire entre nosotras se vuelve a cargar de una tensión que me quita el sueño.
El viejo McAllister regresa rompiendo el hechizo con un cartón de huevos camperos en las manos.
—Tomad, chicas. Cortesía de la casa por el buen rato.
Maddie suspira con un dramatismo divertidísimo.
—Gracias, McAllister.
Emprendemos el camino de vuelta. Desde la ventanilla trasera veo a un pequeño grupo de canguros saltando entre los matorrales secos. Maddie va sentada justo a mi lado.
Durante unos kilómetros, el silencio solo se rompe por el traqueteo del motor y el piar de los pollitos en el remolque.
—Van bastante calmados —comento para romper el hielo y alejar mis pensamientos de su cuerpo.
—Será porque te tienen confianza —responde Ethan desde el volante.
Kira se gira desde el asiento del copiloto, entusiasmada.
—Estoy deseando ver la cara de los niños de las visitas cuando entren a recoger los huevos el próximo sábado. Va a ser una actividad redonda.
—Es una idea excelente para concienciarlos sobre los ciclos sostenibles de un lugar como Birdsong Hills. Les enseña el respeto al animal.
—También les enseñará que las gallinas son engendros del averno con plumas —añade Maddie, inclinándose hacia mí—. Las secuelas psicológicas por el ataque grupal me van a durar días, ya os lo digo.
Sonrío, incapaz de contenerme.
—Sobrevivirás, Strong. Eres una tía dura, ¿no?
—Bueno, para la próxima cita, me toca elegir —murmura, bajando la voz para que solo la escuche yo—. Nada de aves traidoras.
—¿Y se puede saber qué elegirías? —le pregunto, sosteniéndole la mirada.
—Algo donde pueda impresionarte de verdad —responde—. Una cabalgada nocturna hacia el norte del valle. Solo tú, yo y los caballos. Tú déjame que lo prepare bien.
Antes de que pueda sugerir frenar esa propuesta tan sugerente, el todoterreno cruza el arco de madera de entrada a Birdsong Hills.