10
Maddie
El club social de Willow Creek siempre ha sido el epicentro del salseo del pueblo.
Aquí lo mismo se celebra el bautizo del nieto de la panadera que se monta una subasta benéfica o una reunión del ayuntamiento que termina a grito pelado por culpa de las propiedades o el precio del ganado.
Hoy, el ambiente está que echa chispas, y no es para menos.
La tormenta nos dejó la calle principal hecha un cisco y, aunque somos duros de pelar, las cicatrices se notan.
La peor parte se la llevó la librería de los Wilson; la viga maestra se jodió por culpa del viento y el edificio quedó fatal.
Los pobres ancianos estaban listos para colgar los bártulos y venderla, pero hasta que no se reforme entera, no habrá ganancia posible para estas pobres almas.
El salón está a reventar. Hay hileras de mesas, rifas de tartas, una subasta silenciosa que ya va por su tercera ronda y música country saliendo a todo trapo de unos altavoces más viejos que el andar a pie.
Desde la puerta paso lista con la mirada.
El viejo Henderson ya tiene a tres incautos acorralados contándoles la misma batallita de cuando cazaba dingos en los años setenta; Ricky reparte copas con su eterna sonrisa de pillastre detrás del mostrador; y, cómo no, presidiendo la mesa VIP, está mi señora madre.
Victoria Strong nunca da un dólar para una obra benéfica sin asegurarse de que toda Australia se entere y la pueda aplaudir.
Lleva un vestido de seda azul que cuesta más que tres de mis caballos, un collar de perlas de Broome y esa cara de oler mierda que pone siempre para recordarle al resto de los mortales que el apellido todavía Strong cotiza al alza.
Cuando me ve cruzar el umbral, se limita a arquear una ceja.
Un aplauso para la calidez maternal, oye.
Supongo que no haber parado tanto por casa le da sus motivos.
—Buenas tardes. Qué alegría verte rodeada de tus súbditos —le suelto, plantándole un beso casto en la mejilla que ella recibe con rigidez.
—Llegas tarde, Maddie —sentencia, repasándome con desaprobación.
—Tres minutos de reloj, mamá, no me montes un drama —le replico, clavándole una sonrisa descarada.
Uno de los concejales que está sentado a su lado mete un sorbo de cerveza para tapar una risa.
—Te he guardado el sitio de honor a mi derecha. El alcalde quiere hablar contigo sobre el patrocinio de la próxima feria ecuestre.
—Ya, una pena, pero mi agenda de pretendientes está completa para esta noche —le digo, guiñándole un ojo al concejal—. Voy a cenar con Joanie.
La mandíbula de mi madre se tensa tanto que temo que se le rompa algún músculo.
—Maddie, eres una Strong, compórtate como tal y siéntate donde te corresponde.
—Precisamente porque soy una Strong voy a pasear mi palmito por el salón —le suelto, inclinándome hacia ella con un deje gamberro—. Que el pueblo vea que apoyamos la causa desde el barro, madre. Además, hoy no he podido pasar tiempo con mi novia.
Antes de que le dé tiempo a replicar, me doy la vuelta sobre los tacones de mis botas y la dejo con la palabra en la boca. Uf, necesito aire.
Y, sobre todo, necesito encontrar a mi veterinaria favorita antes de que me dé un patatús y todo se vaya a la mierda.
La diviso al fondo, junto a las ventanas, ayudando a Joyce a colocar unas bandejas de empanadas.
No lleva encajes, ni falta que le hace. Con unos vaqueros oscuros, una camiseta color crema que resalta su piel y una cazadora de cuero desgastada, consigue que el resto de las mujeres del salón parezcan un catálogo de rebajas.
Me acerco por la espalda con sigilo y le susurro al oído:
—Sácame de aquí antes de que cometa un matricidio.
Joanie da un respingo, se gira y me regala una sonrisa.
—Vaya, la oveja negra ha conseguido escapar de las garras de la matriarca. Pensaba que te tocaría cenar con el comité de los sabios —bromea.
—Lo ha intentado, créeme —respondo, dándole un toquecito juguetón con el codo—. Pero le he dicho que tenía una cita urgente.
Joyce suelta una carcajada picarona.
—¿Os dejo vuestro espacio, tortolitas?
—Por favor, llévate las bandejas antes de que me las coma todas.
—No hagáis nada que luego tenga que confesarle a Agnes —nos advierte la mujer, guiñándonos un ojo antes de desaparecer entre las mesas.
—Entonces nos vamos a aburrir solemnemente —le grita Joanie.
Me arranca una carcajada, cojo dos vasos de limonada y le tiendo uno. Al hacerlo, mis dedos rozan los suyos a propósito. Ella contiene el aliento un segundo, pero disimula dándole un trago largo al vaso.
—Gracias.
—De nada. A todo esto… —carraspeo, intentando rebajar la tensión—. Luke me ha dicho que esta mañana habéis estado inspeccionando el terreno. Estaba encantado con la excursión.
Joanie juega con el borde del vaso, observando el movimiento de la masa de vecinos en la pista de baile.
—Quería enseñarle cómo se han reestructurado las diferentes zonas. Desde que se marchó, todo el pueblo y Birdsong Hills ha cambiado por completo.
—Ya. Le ha venido de perlas volver al redil, supongo —suelto, por dentro noto un picor incómodo que huele sospechosamente a celos—. A veces uno necesita recordar de qué tierra está hecho.
—Sí, la verdad es que lo ha pasado un poco mal.
—Bueno, pero ahora seguro que Bert estará dando saltos de alegría por tener a alguien con experiencia por aquí. Y la mano de obra hará falta si Darana consigue los futuros acuerdos —comento, cruzándome de brazos mientras me apoyo contra el marco de la ventana.
—Totalmente. Me ha dicho que Luke tiene un tacto increíble con los potros jóvenes. Es paciente, sabe leer los tiempos del animal. Yo le veo como futuro capataz, cuando Bert se jubile —añade ella, y se le enciende cierta chispa en los ojos.
—Pues si Darana amplía las rutas de los turistas, también pienso ponerle a dar clases de equitación a los niños de la ciudad. A ver si es tan paciente cuando le toque lidiar con varios críos gritando —bromeo, buscando su mirada con descaro.
Nos quedamos suspendidas en una pompa donde solo existimos nosotras dos, el rumor de la música country y la vibración de mi pulso. Se me olvida el trato, se me olvida el pueblo y se me olvida mi madre. Hasta que Joanie me da un pequeño codazo.
—Tenemos al halcón en el radar.
Miro de reojo por encima de su hombro. Mi madre nos vigila sin ningún pudor.
—Pues habrá que darle de comer a los cotillas. Acércate más y sonríe como si te estuviera contando algo maravilloso —le susurro, pasándole un brazo por la cintura con un descaro absoluto.
Joanie se tensa bajo mi mano, pero se amolda a mi costado enseguida.
—Como siga sonriendo así me va a dar una parálisis facial, Maddie —protesta entre dientes—. ¿De qué se supone que nos estamos riendo?
—De que te he pillado. Dime la verdad… ¿le has enseñado a Luke el rincón de los melaleucas esta mañana?
El cambio de ritmo la pilla por sorpresa. Su lenguaje corporal se vuelve defensivo en un parpadeo; ladea la cabeza y me mira con cautela.
—Sí, hemos parado allí a que los caballos bebieran. ¿Pasa algo?
—Nada. Solo que es un sitio muy bonito. Muy… íntimo —suelto, apretando un poco más el agarre de su cintura—. Pensaba que ese lugar era un secreto muy bien guardado para Darana.
—Las cosas cambian, Maddie, no tiene su nombre grabado y así lo ha dejado claro —me replica—. Además, Luke necesitaba un sitio tranquilo para hablar.
Esa respuesta me sienta como una patada en el estómago. ¿Qué demonios le pasa a mi cabeza? No tengo ningún derecho a ponerme territorial con ella. Nuestro romance es una mentira, un pacto para salvar el pellejo ante mi madre. Pero la punzada de celos se me clava profunda y afilada.
Joanie clava sus ojos en los míos.
—Bueno —interrumpe, rompiendo el hechizo mientras se aparta—. Será mejor que vayamos a buscar nuestra mesa antes de que Agnes se enfade.
· · ·
Caminamos hacia la mesa del fondo donde Darana, Camila, Ethan y Kira ya están comiendo. En cuanto nos sentamos, Darana nos lanza esa mirada. Camila disimula bebiendo de su copa, pero los ojos le chirrían viéndonos hacer el paripé de la parejita feliz.
—Menos mal que aparecéis —dice Ethan, soltando el tenedor con alivio—. Kira lleva media hora dándome la tabarra con que quiere montar una mini granja detrás de nuestra cabaña.
—¡Porque es una idea fantástica, Ethan! —salta Kira, cruzándose de brazos con un mohín—. Dos cabras, cuatro gallinas y algunos pollitos. No estoy pidiendo que importemos avestruces del desierto.
—Empezamos con dos cabras y terminamos montando un safari park, que nos conocemos —bromea él, ganándose un bufido de su chica.
—Un gallinero móvil sería una gran opción para el terreno —interviene Joanie—. Podéis aplicar el sistema de pastoreo en celdas, rotando el gallinero cada semana para que las aves limpien el suelo de parásitos y fertilicen la tierra sin sobrecargar el suelo de Birdsong Hills.
—¿Lo veis? —exclama Kira, señalando a Joanie con el dedo como si hubiera ganado el juicio—. La ciencia me respalda. Joanie me entiende.
—Pero ojo con el volumen de turistas —advierte ella, gesticulando con las manos mientras corta un pedazo de carne—. Si lo integráis bien, los niños de las rutas podrían pasar a recoger los huevos por la mañana. Sería un puntazo educativo y un reclamo agro-turístico tremendo.
La observo hablar y me quedo embobada, para variar. Cuando Joanie saca a pasear su pasión por la veterinaria y el campo, el resto del salón se difumina por completo.
—Y con ella su bienestar está en buenas manos —intervengo yo.
Joanie se gira hacia mí, pillada a contrapié por mi arranque de romanticismo.
Camila da un sorbo rápido a su copa para tapar la sonrisa de oreja a oreja. Por debajo de la mesa, Darana me planta una patada en la espinilla que me hace ver las estrellas.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada, nada… Que se os va a enfriar la esto con tanto azúcar —responde Darana con un retintín que lo dice todo.
Al llegar los cafés, las luces del salón caen unos puntos y los acordes melódicos de una guitarra acústica empiezan a resonar por los altavoces. Es una balada country lenta, de las de arrimar la cebolleta, y varias parejas inauguran la pista de inmediato.
Me pongo de pie, y le tiendo la mano a Joanie con mi mejor sonrisa.
—¿Me concedes este baile?
Joanie levanta la vista, mirándome como si le hubiera propuesto cruzar el desierto en sandalias.
—Sabes de sobra que no me gustan las exhibiciones públicas, Maddie.
—No pienso sentarme hasta que aceptes.
Ella suspira, resignada. Desliza su mano cálida sobre la mía y la guío hasta el centro de la pista, esquivando a un par de vecinos que se balancean como dos troncos. Le coloco una mano en la cintura, y ella apoya su mano en mi hombro.
—Vaya, resulta que la rebelde de los Strong sabe seguir el compás sin romperle los pies a su pareja —comenta Joanie en un susurro, mirándome un par de centímetros desde abajo.
—Te sorprendería la de talentos ocultos que tengo guardados en la recámara, Blake —le respondo, arrimando la boca a su oreja para picarla.
—Eso es lo que más pánico me da —admite ella.
—A mí me fascina mantenerte intrigada.
Pone los ojos en blanco, pero noto cómo sus dedos se cierran un poco más en mi hombro.
—Eres insoportable, Maddie.
—Y tú sigues bailando conmigo. A pesar de tus principios.
Una sonrisa preciosa asoma a sus labios.
—Por obligación, Strong. No te vengas arriba.
—Jamás. Yo soy una tía humilde —miento, disfrutando de la fricción de nuestros cuerpos al girar.
La balada se vuelve más densa y el resto del salón parece evaporarse por completo. Solo percibo el calor que irradia su piel.
—Luke parece buen tío —suelto de repente, intentando parecer la persona más despegada del mundo—. Se nota que hay química entre vosotros.
Joanie se tensa una fracción de segundo bajo mis dedos.
—Es un pedazo de pan. Nos conocemos desde que íbamos a la escuela; es como un hermano para mí, deja de montarte películas —me aclara.
—Ya…
No sé por qué, pero no me lo creo.
Y entonces experimento una sensación completamente nueva e incómoda: celos en estado puro. Absurdos, infantiles, pero reales como la vida misma. Le aprieto la cintura con un punto más de firmeza, pegándola a mi pelvis.
La música llega al clímax más lento de la canción. Por el rabillo del ojo veo que mi madre nos sigue el rastro sin pestañear. Si queremos que se trague la mentira… hay que echar toda la carne en el asador.
—Confía en mí, Joanie.
Ella resopla, rozándome la barbilla.
—Cada vez que dices esa frase terminamos metidas en un lío de tres pares de narices.
Deslizo la mano por su espalda y, aprovechando un cambio de nota de la guitarra, la inclino unos centímetros hacia atrás en un giro clásico de película romántica. Sus ojos se abren de par en par por la sorpresa.
—¿Pero qué diantres estás…?
Me lanzo a su boca y le planto un beso. Un gesto que ante los ojos del pueblo es una muestra de amor, pero que en nuestro código interno es encender la mecha de un polvorín. Cuando la incorporo y vuelvo a mirarla a los ojos… me doy cuenta de que la situación se nos ha escapado de las manos.
Mis dedos se quedan congelados en su espalda y ella mantiene la mano en mi hombro, inmóvil, como si hubiera olvidado cómo se usan los músculos.
El tiempo se detiene. La electricidad crepita entre nosotras, y de repente, el salón estalla en aplausos.
Alguien suelta un silbido estridente desde la barra, y Joyce aplaude entusiasmada.
Aunque claro, la unanimidad no existe en Willow Creek.
Al fondo, veo a un grupito de ganaderos de la vieja escuela levantarse de la mesa con cara de pocos amigos y abandonar el recinto a paso ligero, mascullando tonterías sobre la moralidad del pueblo.
El Outback está cambiando, sí, pero siempre queda gente incapaz de digerir que el amor tiene los colores que le da la gana.
Joanie y yo nos separamos.
—¡Maddie! ¡Menos arrumacos y más trabajar!
—La voz de Ricky rompe el trance, y viene hacia nosotras—.
La puja por el paquete turístico que has donado está subiendo como la espuma.
Hay un tipo de la ciudad que quiere saber si el lote incluye una clase magistral de iniciación al galope o si tiene que pagarla aparte.
Suelto un suspiro de frustración, pasándome la mano por la frente.
Miro a Joanie una última vez, que ya se ha puesto la máscara de indiferencia.
—Ahora mismo vuelvo —le digo en voz baja.
Y como siempre, ella sonríe y asiente.
—Vale.