El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 9
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Joanie

La naturaleza me despeja la cabeza muchísimo mejor que tres tazas de café bien cargado.

O, bueno, al menos eso intento decirme, porque ahora mismo dudo que algo pueda hacerlo en realidad.

Llevo toda la noche en vela, dando vueltas en la cama, reviviendo cada maldito segundo de lo que ocurrió hace unas horas en el almacén de avena.

Maldita Maddison Strong.

Y, sobre todo, malditas mis hormonas y mi corazón, que parecen haberse puesto de acuerdo para sabotearme recordando la calidez de su boca —y de sus caricias— cuando debería estar guardando las distancias por mi propio bienestar. ¿En qué momento pensé que volver a acercarme a ella sería beneficioso?

«El plan fue mala idea desde el minuto uno».

—Vamos, Centella, colabora un poco —le pido a la yegua, ajustando las riendas mientras salimos del patio principal.

La yegua resopla, echa las orejas hacia atrás y da un pequeño bote de protesta que me obliga a encajar los muslos en la montura.

Llevo años tratándola y conozco sus fases lunares al dedillo, y sé que hoy no tiene un buen día, como si hubiera decidido absorber todo mi caos mental.

Le acaricio el cuello, notando el calor de su musculatura, y después intento transmitirle una calma que, francamente, ni yo misma soy capaz de sentir.

—No eres la única que se ha levantado así —le murmuro.

Luke, que cabalga unos metros por delante abriendo camino sobre su caballo, gira el torso sobre la silla y me clava la mirada.

—¿Pasa algo? —grita.

—No, no. Solo está un poco protestona —contesto—. Habrá sido el madrugón.

Centella, da otro brinco y sacude la crin. Luke suelta una carcajada ronca que espanta a un par de pájaros que descansaban en un poste.

—Pues qué quieres que te diga, os parecéis un montón.

—¿Perdona? —pregunto, arqueando una ceja con mi mejor cara de «aquí soy la veterinaria, ten cuidado».

—Las dos sois tercas como mulas.

—Yo no soy terca, Luke. Solo… cuidadosa de los pequeños y grandes detalles.

—Claro, claro —se mofa él, quitándose el sombrero para recolocarse el pelo antes de mirar al cielo—. Y yo seré presidente. No te digo…

Le saco la lengua como una cría de cinco años, incapaz de contenerme.

Dejamos atrás las risas mientras costeamos el vallado del linde norte de Birdsong Hills.

La propiedad se nos queda pequeña para grandes galopes, así que cruzamos la cancela para estirar las patas de los caballos.

Es increíble lo mucho que ha cambiado la hacienda.

Donde antes había postes carcomidos, ahora brillan maderas tratadas que huelen a resina fresca.

Incluso los chicos han colocado un par de sensores meteorológicos automáticos en los árboles altos para monitorizar el microclima del valle en todo momento.

El paisaje del Outback que nos rodea es imponente: la tierra rojiza, el verde apagado de los eucaliptos y el jaleo constante de las cacatúas blancas que chillan como locas sobre nuestras cabezas. Todo es… perfecto.

Luke frena un poco el paso de Bandido para emparejarse conmigo en el sendero de tierra.

—Oye, ¿y tú no deberías estar con los animales?

—Hoy me toca de tarde —le aclaro, palmeando el cuello de Centella para que no intente morderle la cola al castaño—.

Darana está reunida con unos proveedores y prefiero dejarlos negociar sin pulular por allí.

Además, quería aprovechar para enseñarte los caminos alternativos que usamos para las rutas ecuestres de los turistas y, de paso, estirar las piernas.

No le voy a decir que lo que estoy intentando es esquivar a Maddie, claro está.

—Menos mal —suspira Luke, llevándose una mano al pecho de forma dramática.

Lo miro de reojo.

—¿Por qué? ¿Tanto miedo le tienes a Bert?

—A Bert no. Pero sí a que piense que soy un vago que te quita tiempo de trabajo. Ese hombre es capaz de cortarme las manos, empaquetarlas y mandárselas a mi abuelo con una nota —bromea con una mueca de terror.

Suelto una carcajada, de las que hace tiempo no me salían.

—Ay, por favor… Conociendo el pragmatismo de Bert, el orden de los factores sería al revés. Primero llamaría a tu abuelo para pedirle permiso, y luego dejaría que el viejo Henderson te diera el sermón de tu vida antes de cortarte las manos.

—Es verdad —admite Luke, riendo con ganas.

Sonrío mientras disfruto de la soltura de la conversación.

Con Luke todo es fácil. No hay miradas eléctricas, ni contratos ficticios para engañar a madres ricas y poderosas, ni encuentros sexuales en almacenes oscuros que te desbarajustan hasta el grupo sanguíneo.

Solo somos dos amigos rodando por el campo.

Media hora después, el camino empieza a descender en una pendiente pronunciada y nos hundimos hacia una extraña depresión en mitad de la llanura.

De la nada, un denso muro de juncos y melaleucas oculta un milagro geológico: el riachuelo que brota directamente del subsuelo.

El agua, corre lentamente ante mis ojos, transformando este oasis escondido en un lugar maravilloso que Darana se ha preocupado en cuidar mucho.

—Prepárate, que ya llegamos —anuncio, irguiéndome en los estribos.

—A ver con qué me sorprendes. Porque me estás vendiendo esto como si fuera el jardín del Edén.

Un minuto más tarde, el sendero desemboca en el rincón de los melaleucas.

El impacto visual sigue siendo glorioso, y la luz del sol se filtra entre las hojas altas, creando un juego de luces y sombras que parece sacado de una postal.

Desde luego, tener este lugar en la frontera cercana al Outback, es una delicia.

Desmontamos y dejamos que los caballos se acerquen al remanso de agua para que beban a su antojo mientras Luke estira las piernas y suelta un silbido de admiración.

—Vale, te lo compro. Esto es una pasada, Joanie.

—Te lo dije. Darana solía tenerlo oculto, pero cree que en el futuro podemos hacer algo importante con este lugar.

—La verdad es que invita a quedarse a aquí y mandar el resto del mundo a la porra —dice él, sentándose a mi lado tras asegurar las riendas de Bandido. Se queda mirando el fluir del agua un momento, pensativo—. Oye… No sabía que estuvieras saliendo con Maddie Strong.

El estómago se me contrae. Y de inmediato, intento que no se me note la taquicardia que acaba de darme.

Bien, al menos la cosa está dando resultado.

—¿Te parece raro?

Luke recoge una piedrecita del suelo y empieza a juguetear con ella entre los dedos, arqueando una ceja con escepticismo.

—Bueno… un poco. Tú eres la sensatez personificada, y Maddie…, por decirlo sin sonar a lo bruto, es una bomba de relojería. O eso es lo que dicen las malas lenguas. Tampoco me he parado a conectar mucho con ella.

Resoplo, intentando buscar una explicación que suene coherente dentro de nuestra gran farsa.

—Maddie nunca ha querido encajar en el molde que su madre diseñó para ella.

Es intensa, sí, pero la mitad de las leyendas urbanas que circulan sobre ella en el pueblo están infladas por las malas lenguas.

La otra mitad… —Trago saliva, recordando la fuerza de sus manos en mis caderas—…

bueno, la otra mitad prefiero no evaluarla ahora mismo.

Digamos que es una mujer que hace lo que le da la gana.

—Ya veo. ¿Y tú cómo entras en esa ecuación? Porque no eres precisamente un daño colateral fácil de llevar.

Me quedo callada unos segundos. No puedo decirle que formo parte de un trato de conveniencia, ni tampoco que cada vez que me toca se me olvida hasta mi propio nombre, lo que rompe ese puto trato de conveniencia.

Maddie es un fuego abrasador y yo, que se supone que soy la parte racional, tengo miedo de acabar hecha cenizas.

—Cosas que pasan, supongo —zanjo, dándole un toquecito con la bota a una rama para desviar la atención—.

Pero dejemos mi caótico historial amoroso a un lado.

Deberías venir y quedarte en las cabañas un fin de semana entero.

Ya sé que prefieres vivir con tu abuelo, pero lo vas a flipar.

—Esbozo una sonrisa antes de continuar—.

Darana se ha empeñado en organizar rutas ecuestres al anochecer, en plan más íntimo, y demostraciones de manejo de ganado para los turistas de la ciudad. Una locura que funcionará de miedo.

Luke pilla la indirecta y no me presiona, cosa que le agradezco.

—Ya me he fijado en lo bien que le va. Pensaba que iba a dedicarse al ganado sin más.

—Darana no sabe lo que significa la palabra «freno».

Y después de que Camila y los chicos se quedaran, ahora está intentando cerrar un acuerdo con una agencia internacional.

—Hago una pequeña pausa—. La idea es asociarse con Maddie para ampliar los terrenos y diseñar nuevas pistas de entrenamiento profesional, además de cabañas, y todo eso. Las dos juntas serían imparables.

Luke asiente despacio, procesando los datos. Yo me giro hacia él, cruzándome de brazos con una sonrisa pícara.

—Pero ya está bien de hablar de estos líos, Henderson. Cuéntame la verdad. ¿Por qué has vuelto a Willow Creek? Y no me vengas con el cuento de que echabas de menos los cotilleos y estar vigilado por Agnes.

Él suelta una carcajada, negando con la cabeza mientras evita mirarme.

—Nunca se te ha dado bien dejar pasar un diagnóstico, ¿eh?

—Deformación profesional. No me trago una cojera en un caballo, ni una mentira mal contada por parte de un amigo. Dispara.

Luke suspira, el tono juguetón desaparece de golpe y su rostro se ensombrece con una madurez que me desconcierta. Lanza la piedra que tenía en la mano, y esta rebota tres veces en el agua antes de hundirse con un sutil chof .

—Creía que tendría una historia mejor ensayada para cuando la gente preguntara. Algo como, ya sabes: «necesitaba reencontrarme con mi hogar». Algo que mi abuelo pudiera digerir sin alarmarse por mi estado mental.

Mi trabajo me ha enseñado que, a veces, el mejor remedio para que un paciente —o un amigo— hable, es mantener la boca cerrada y escuchar. Y eso es lo que hago.

—Pero está claro que tú no eres mi abuelo —continúa él, frotándose las manos para entrar en calor—.

En el norte me iba de cine. Ascensos en la corporación ganadera, un sueldo de cinco cifras …

Todo lo que se supone que define el éxito.

Pero cuanto más arriba estaba, más sentía que estaba actuando en la obra de teatro de otra persona.

Me sentía vacío. Hasta que conocí a Emma.

El nombre sale de su boca con una fragilidad que me pone los pelos de punta.

—Era la veterinaria de la explotación colindante.

Empezamos discutiendo por los protocolos de cuarentena de unas reses y terminamos compartiendo cafés, guardias y, finalmente, la vida.

Cuatro años juntos —comenta, con la tristeza tiñendo sus palabras—.

Teníamos los planos para construir una casa en una finca preciosa.

Estábamos eligiendo los azulejos de la cocina, imagínate…

—Eso suena a palabras mayores.

—Lo era. —Afirma con la cabeza—. Un mes antes de firmar las escrituras, le diagnosticaron una miocardiopatía muy jodida.

La operaron dos veces. Ella nunca perdió el norte; hacía bromas diciendo que la tratara con el mismo cuidado que a una potra campeona.

El último día en la UCI me hizo prometerle que no me enterraría en el trabajo si las cosas salían mal. Murió esa misma madrugada.

Se me forma un nudo tremendo en la garganta. No tenía idea de nada. De hecho, creo que Willow Creek no tenía idea de nada. «El viejo sabe guardar bien un secreto».

—Y supongo que hiciste justo lo contrario —conjeturo.

—Exacto. Me metí en una espiral autodestructiva, cualquier cosa con tal de no llegar a una casa vacía.

Hasta que mi abuelo me llamó una noche… —añade, encogiéndose de hombros—.

No sé cómo demonios se enteró de que estaba al borde del colapso, supongo que los viejos tienen un sexto sentido para las desgracias.

—Agnes también lo tiene. Es un superpoder —comento con una sonrisa tierna.

—Sí, debe de ser eso —sonríe él, con los ojos empañados—.

Mi abuelo me dijo una frase que se me quedó clavada: «Hay lugares que curan mejor que cualquier recuerdo, muchacho.

Y el tuyo siempre ha estado aquí, en el valle».

Tardé un año en hacer las maletas. No he vuelto por el trabajo.

He vuelto porque se me había olvidado cómo se respira sin sentir ese maldito peso en las costillas.

Dios mío. Salvando las distancias de su tragedia, yo estoy haciendo exactamente lo mismo: ponerme una coraza fría y lógica, sepultarme en el trabajo solo para no admitir que una mujer me sigue poniendo el mundo del revés.

Pero, ¿y si la solución no es huir o trazar planes estúpidos?

¿Y si el truco está en empezar a arriesgarse y dejarle claro lo que siempre he sentido?

Luke me mira, dándose cuenta de mi ensimismamiento, y recupera su sonrisa.

—Menudo bajón te he metido. Lo siento.

Le doy un codazo cariñoso en las costillas, obligándole a reaccionar.

—Ni se te ocurra disculparte. Además, me alegra saber que detrás de ese sombrero de chulito del norte sigue habiendo un corazón sensible. Tu secreto está a salvo conmigo.

—Más te vale, que tengo una reputación que mantener ante Bert —bromea, levantándose y sacudiéndose el polvo de los vaqueros.

Bandido suelta un relincho y Centella levanta las orejas de inmediato. Saco el reloj del bolsillo de mi pantalón.

—Madre mía, las diez pasadas. Se nos ha ido el santo al cielo.

—El santo y si seguimos así la mañana entera. Como no volvamos ya, Bert va a pensar que me has secuestrado. Aunque dudo que se quejara —bromea, y me dedica la sonrisa más brillante del mundo.

Centella me recibe mucho más tranquila que a primera hora.

Le acaricio con cariño antes de apoyar el pie en el estribo y subirme a la silla.

Luke imita mi acción sobre Bandido. Durante unos segundos, contemplamos el riachuelo en silencio, dejando que el sonido del agua estabilice el torbellino de pensamientos que llevamos encima.

—Vamos de vuelta a la realidad.

La yegua inicia el paso por el sendero de vuelta hacia Birdsong Hills.

Luke cabalga a mi lado, recuperando el tono profesional y proponiéndome ideas divertidas sobre cómo estructurar los mapas turísticos y qué opinaría Darana al respecto.

Yo le sigo el juego riendo, pero con la mente puesta en otra parte.

Porque aunque intente convencerme de que una mañana de confidencias con un amigo puede ordenar el caos de mi cabeza, sé perfectamente que, en cuanto cruce la verja de la entrada, voy a tener que enfrentarme a la farsa…

y a la insoportable y ardiente certeza de que Maddie Strong es mucho más que una mentira.