El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 8
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Joanie

No sé cómo interpretar esto. Si como un momento de locura, o la consecuencia de algún tipo de hechizo.

El caso es que… no puedo evitar mirar a los ojos de Maddie y querer dar ese paso que me prohibí meses atrás.

Y entonces, mis impulsos toman el control, mandando mi raciocinio a la mierda.

Me empiezo a quitar la ropa, y Maddie tampoco espera.

Su sujetador negro sigue el mismo camino que le mío poco después.

Al clavar la vista en ella, se me corta la respiración.

Da un paso hacia mí; sus manos calientes cubren mis pechos directamente, amoldándose a su forma y apretando con una urgencia que me enciende de inmediato.

—Joanie… —susurra contra mi oído—. ¿Estás segura de…?

Pero yo ya no atiendo a razones. Tengo las manos ocupadas desabrochando el cinturón de sus vaqueros y dejándola en ropa interior.

Yo imito el movimiento sin perder un instante.

Maddie clava su mirada descarada ahí abajo y suelta un gruñido primitivo.

Sus manos descienden por mi cintura, me agarran el culo y me levanta del suelo.

Me carga a pulso el par de pasos que nos separan de los sacos de avena apilados contra la pared.

Mi espalda golpea la tela áspera de la arpillera cuando me deposita sobre ellos, pero el roce de la lona solo consigue aumentar la temperatura de mi cuerpo.

Ya no queda ni rastro de mi orgullo o de esa Joanie que se repetía hasta la saciedad que debía alejarme de Maddie.

Mis dedos se hunden con fuerza en su melena y tiro de ella hacia mí con un descaro que ni yo misma reconozco.

Nuestras bocas chocan en un impacto brutal.

Su lengua invade mi boca, caliente, húmeda y terriblemente exigente.

Sabe a café fuerte y a un deseo prohibido que lleva meses pidiendo salir por algún sitio.

Mientras nos devoramos, su mano derecha desciende entre mis piernas.

Sus dedos separan mis pliegues húmedos, lubricados por mi propia excitación.

Encuentra mi clítoris hinchado y lo frota en círculos rápidos y descarados.

Suelto un gemido roto contra sus labios.

Mi coño se contrae en un espasmo involuntario.

Espoleada por la adrenalina, meto mi mano entre sus muslos, comprobando que su coño está igual de empapado y ardiente que el mío.

Le meto los dedos dentro de golpe, disfrutando de lo apretada y resbaladiza que está.

Los muevo adentro y afuera con una rapidez que la hace temblar.

Maddie suelta un gruñido sordo y empuja sus caderas con rabia contra mi mano, exigiendo más. Levanta una de mis piernas rodeando su cintura; abriéndome por completo a su merced. Sus dedos abandonan temporalmente mi clítoris para adentrarse en mi coño.

—Había olvidado lo deliciosa que eres… —murmura contra mis labios.

—Cállate y no pares —le pido, y tengo que apretar los labios para no gritar.

Mis caderas se mueven con autonomía propia, coordinando el vaivén para devorar sus dedos. Ahora mismo, mi memoria corporal revive cada uno de los encuentros que tuvimos en el pasado y mi coño se dilata, abriéndose más y más para ella, devorándola por completo.

Maddie saca los dedos de repente, provocándome un quejido de frustración, y se arrodilla entre mis piernas abiertas.

Su boca ataca mi intimidad directamente, sin anestesia.

Su lengua lame mis pliegues de abajo hacia arriba, recogiendo toda mi humedad.

Chupa mis labios mayores con una devoción carnal, luego juguetea con los menores, haciéndome perder el sentido de la realidad.

Finalmente, su boca se cierra por completo alrededor de mi clítoris y ejerce una succión brutal, ruidosa, mientras dos de sus dedos vuelven a entrar en mí para follarme.

Mis manos le agarran la cabeza, presionándola con desesperación contra mi pubis para que no se detenga. Su lengua se mueve a una velocidad endiablada, lamiendo mi centro sin un solo segundo de tregua.

No aguanto más la presión. El orgasmo me golpea y mis paredes internas se contraen con fuerza alrededor de sus dedos, pulsando en una oleada tras otra.

Gimo su nombre en un sollozo ahogado mientras todo mi cuerpo tiembla de arriba abajo, corriéndome en su boca.

Ella sigue lamiendo, prolongando el clímax y exprimiéndome hasta que mis piernas tiemblan sin control.

Pero Maddie no planea detenerse ahí, eso lo tengo muy claro.

Se incorpora con la respiración entrecortada, se limpia los labios con la lengua y, con un movimiento rápido, me da la vuelta sobre los sacos de avena.

Mi pecho queda aplastado contra la tela.

Me sujeta las caderas, elevándomelas y separándome las nalgas con sus manos.

Siento la caricia de sus dedos recorrer la línea que va desde mi clítoris hacia mi entrada, mojándolo todo con una parsimonia pecaminosa.

Gimo, empujando instintivamente el trasero hacia atrás, rindiéndome a su juego.

Se posiciona inmediatamente detrás de mí, pegando su cuerpo al mío y busco su sexo con la mano, para notar su coño caliente y desbordante mientras comienza a frotarse contra mis dedos.

Ella hace lo mismo, y con su mano libre, me pellizca varias veces los pezones con fuerza mientras acelera el vaivén de sus caderas.

Maddie gruñe como una leona y empuja más. El placer me sube por toda la espalda y cuando me corro, la intensidad de mis contracciones es el detonante que le faltaba a ella; Maddie se corre casi al mismo tiempo.

Nos quedamos un minuto entero en esa posición, inmóviles, con la respiración rota y los cuerpos sudorosos pegados en una simbiosis perfecta. Mi corazón late tan fuerte que parece que va a salírseme del pecho.

Y entonces, el raciocinio regresa de golpe.

El hechizo se evapora y el miedo me invade como si me hubieran echado un cubo de agua encima.

«¿Qué demonios acabo de hacer?» Me separo de ella de manera abrupta, propinándole un pequeño empujón.

Mis manos tiemblan de forma incontrolable mientras vuelvo a vestirme y termino de arreglarme la ropa. Noto cómo me falta el aire.

—Joanie… —me llama Maddie.

Pero yo no respondo. No tengo fuerzas ni argumentos.

Me doy la vuelta y salgo corriendo. El portón chirría al cerrarse tras mis pasos apresurados.

Sé que el viento fresco me golpea la cara al salir al patio, pero dudo que sea suficiente para detener la revolución que se acaba de abrir paso en mi interior.

He vuelto a caer en sus redes. Otra vez.