7
Maddie
No tendría que estar rondando por aquí a estas horas, lo sé perfectamente.
Pero llevo media hora en los almacenes de Birdsong Hills intentando convencerme de que Canela y Pecas firmarán la paz conmigo si les ofrezco un buen soborno.
Según la teoría filosófica de Ricky, «a todo bicho viviente, sea de dos o de cuatro patas, se le compra por el buche».
Justo después apostilló que conmigo esa regla jamás había funcionado, detalle que todavía estoy decidiendo si me ofende o no.
Ahora solo sé, que debo hacer lo que esté en mi mano para que la farsa con Joanie vaya bien.
Y eso pasa por camelarme a estas señoritas. Además de alejar a cierto vaquero.
Cruzo el patio hacia la zona de intendencia, apretando una bolsa de papel grasiento entre los dedos.
Canela está tumbada como una reina bajo el sol de la tarde, vigilando el pajar con un ojo abierto, mientras Pecas intenta convencer a Angus de que participe en una carrera de obstáculos por los pasillos de los establos.
—A las buenas tardes, señoritas —saludo con mi tono más angelical y conciliador.
Las dos border collies levantan el hocico al unísono. Ni un solo meneo de cola. El panorama pinta negro. Muy, muy negro. Saco el paquete de salchichas ahumadas de buey con un movimiento digno de un mago.
—Contemplad el botín. Estas son de las caras.
Canela ladea la cabeza, aguzando una oreja. Pecas avanza un par de pasos, olisqueando el aire de invierno.
—Me han costado un ojo de la cara, así que haced el favor de aceptar el chantaje y acogerme en esta bonita y fingida familia.
Las dos perras avanzan en perfecta sincronía, fijando sus pupilas en la bolsa. Sonrío, cantando victoria antes de tiempo.
—¿Veis cómo hablando se entiende la…?
No me da tiempo a pronunciar la última sílaba. Pecas pega un salto espectacular, me trinca la bolsa de papel con un colmillo y sale zumbando.
—¡Serás ladrona! ¡Eh!
Canela se suma a la persecución en calidad de cómplice, pisándole los talones.
—¡Que teníais que sentaros y darme la pata, maldita delincuente! —bramo, saliendo detrás de ellas a todo lo que dan mis botas.
Las persigo por el callejón de los boxes hasta que se cuelan derrapando por el portón del almacén de avena y pienso.
Me meto detrás dispuesto a recuperar el botín, pero fracaso con estrépito.
En mitad del guirigay canino, una de las perras empuja accidentalmente con los cuartos traseros el grueso tablón de madera que ejerce de cuña para mantener el portón abierto.
Escucho un crujido, seguido de un golpe contundente, y el portón de roble se cierra de golpe.
—No me fastidies… —suelto en un susurro.
Arremeto contra la madera, empujando con el hombro, pero no se mueve ni un solo milímetro.
—¡Venga ya! ¡Canela! ¡Pecas! ¡Venid aquí, que os vais a enterar!
El silencio se rompe únicamente por el masticar entusiasta de dos perras poniéndose moradas de salchichas en un rincón. Luego, escucho unos ladridos jocosos alejarse por la gatera del fondo.
—Magnífico. Encerrada por culpa de dos chucos con complejo de bandoleras.
Como Ricky se entere, tengo cachondeo garantizado hasta que cumpla los noventa —protesto, dando vueltas entre las sacas de avena y pegándole una patada frustrada a un cubo de plástico vacío—.
Maddie Strong, domadora de Birdsong Hills…
humillada por dos border collies con un apetito voraz. Esto es un chiste de mal gusto.
Cinco minutos más tarde sigo despotricando sola contra las paredes, básicamente para salvar el orgullo que me queda. Hasta que de repente, unos pasos rítmicos resuenan al otro lado de la madera.
—¿Maddie? ¿Estás ahí? —pregunta la voz de Joanie, amortiguada por el grosor del portón.
Cierro los ojos con fuerza, tragando saliva. Lo que me faltaba para coronar el día.
—¡Ni se te ocurra reírte, Blake! —le advierto, pegando la boca a la ranura.
La respuesta es una risotada limpia, sonora y endemoniadamente sexi que atraviesa los tablones sin ningún pudor.
—No te prometo nada. ¿Se puede saber qué estás haciendo ahí dentro?
—Intentaba ganarme el cariño de tus perras con salchichas de buey, pero las muy traidoras han preferido robar la mercancía y atrancar el portón en su huida.
—Yo diría que son eficientes —replica Joanie desde el exterior mientras escucho cómo trastea con los herrajes—. Se parecen demasiado a su dueña en lo que a cabezonería y pillaje se refiere.
Oigo el tablón exterior al ser retirado.
El portón cede y la luz irrumpe de golpe en el almacén, recortando la silueta de Joanie.
Lleva una mano apoyada en la cadera y muerde su labio inferior intentando camuflar una sonrisa.
A su espalda, veo de lejos a muchos de los trabajadores que ya miran hacia aquí.
Al menos, nuestro plan ha servido para que volvemos a acercar distancias. Porque qué os voy a decir, echaba muchísimo de menos el contacto diario con Joanie Blake.
—Ni una palabra, te lo advierto —le espeto, saliendo del pasillo y sacudiéndome el polvo.
Joanie da un paso al frente, reduciendo la distancia entre nosotras. Sus ojos claro centellean en la semioscuridad.
—Desde luego, eliges unos métodos de lo más pintorescos para llamar mi atención —suelta en un susurro, clavando su vista en la mía.
—Te repito que el objetivo eran las perras —le digo, consciente de que mi respiración empieza a acelerarse por su cercanía.
—Empiezo a sospechar que esas perras disfrutan poniéndote al límite —comenta ella, acortando el espacio.
—Se parecen demasiado a su dueña —le espeto.
No sé por qué coño no nos largamos de aquí. Sería lo más lógico, ¿no?
Joanie arquea una ceja, desafiante.
—¿Eso pretende ser un cumplido, Maddie?
—Aún estoy evaluando los daños —admito. Me es inevitable dar un paso que elimina el palmo que nos separa. Y, enseguida, siento el latido de su corazón casi pegado al mío—. ¿Vas a seguir de uñas conmigo cuando no estemos con más gente?
—¿Te extraña? —me recrimina, cruzándose de brazos—. Tu historial no es que sea muy limpio.
—Ya…, supongo que no.
—Y a mí no me gusta que jueguen conmigo.
Esbozo una sonrisa descarada, porque no puedo evitar pensar que, desde luego, siempre ha dependido del escenario.
—Supongo que no puedo reprochártelo —comento—. Pero ya sabes que debemos actuar con cabeza sí…
—No confundas mi paciencia con debilidad, Strong —me corta—. No pienso caer en tus redes de nuevo.
—Yo creo que siempre te ha gustado el peligro —zanjo—. Así que deja de buscar tres pies al gato.
—¿Tres pies al gato? —susurra ella. Pone los brazos en jarras y su aliento alcanza a acariciar mis labios—. ¿Y qué crees que se supone que estoy buscando de ti?
—No sé, dímelo tú. Porque si no me quisieras cerca… ya te habrías largado —la encaro—. ¿No te parece?
La pregunta se queda flotando. Esos dos segundos de silencio son demoledores.
Veo cómo traga saliva, y de repente quiero besarla a toda costa para dar razón a mis argumentos.
Sin importarme nada más. No quiero besarla para salvar la propiedad ni para rellenar las cláusulas de un contrato de mentira.
La quiero besar porque la atracción que siento por ella es inevitable.
Levanto la mano despacio, con los dedos temblando, y le acaricio la línea de la mandíbula.
Un contacto eléctrico que le hace cambiar la expresión.
Lo he visto con claridad. Y así, es cómo confirmo mi teoría.
Joanie podría apartarse, podría darme un empujón y mandarme a la mierda.
Pero no lo hace. Al contrario, entorna los ojos y cierra el portón.