El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 6 #2
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—No me llames jefe todavía, muchacho —le frena Bert, aunque los ojos le brillan—. Primero tendrás que demostrarme que tus manos no se han vuelto blandas en el norte y que sabes ensillar un caballo sin terminar de bruces contra el estiércol.

—Póngame a prueba cuando quiera. Mañana al alba si le hace ilusión —le secunda Luke con chulería.

Darana sale del almacén contiguo revisando una tablet . En cuanto levanta la vista y descubre el cuadro, se le ilumina la cara con una sonrisa radiante.

—¡Luke! No me lo puedo creer. Ven aquí, maldito.

Se funden en un abrazo breve pero lleno de alegría.

—Has hecho milagros con Birdsong Hills —elogia Luke, mirando las instalaciones con respeto—. Está impresionante, Elijah estaría muy orgulloso de ti.

—Bueno, ha sido gracias al trabajo en equipo —responde ella.

Tras ella, Joyce y Ricky se suman al alboroto.

—¡Bueno, bueno! —exclama Ricky con su desparpajo habitual—. Otro tío guapo en la plantilla. Me vais a reventar el mercado local, así no se puede competir.

Joyce le arrea una colleja cariñosa en el cogote.

—No le hagas ni caso, Luke. Este se cree que el Outback es una pasarela de modelos. Bienvenido a casa.

Las risas vuelan de un lado a otro mientras Luke se pone al día con el núcleo duro de la hacienda.

Su mirada continúa barriendo las instalaciones hasta que, de pronto, se clava de forma fija en la pista de entrenamiento circular, situada unos cincuenta metros más allá.

Allí, un grupo de chavales practica giros y transiciones a caballo bajo las órdenes firmes de una mujer con la que me he metido en el lío más grande de mi vida.

Incluso desde esta distancia, mi corazón da un vuelco estúpido.

Sobre todo, porque no debería. Cabalga a lomos de Trueno mientras gesticula con las manos, corrige la posición de las riendas de una chica y luego suelta una de sus frases mordaces que hace que todo el grupo estalle en carcajadas antes de retomar el ejercicio.

El viento le revuelve el pelo bajo el sombrero y su voz nos llega en ráfagas cortas, clara y con un magnetismo delicioso.

Siento ese tirón familiar por dentro, esa mezcla de deseo rabioso y frustración que siempre me asalta cuando la tengo cerca.

Luke suelta un silbido de admiración por lo bajo, entornando los ojos.

—Joder con la instructora… Menuda presencia tiene esa mujer. Nunca me esperé que la hija de Victoria Strong fuese a mancharse las botas tanto.

Bert sigue la trayectoria de su mirada y se cruza de brazos, con cara de estar saboreando el plan perfecto.

—Y tú nos has caído del cielo en el momento idóneo, Henderson.

Luke arruga el entrecejo, intrigado.

—¿A qué se refiere?

El viejo capataz carraspea, inflando el pecho.

—Necesitamos a alguien que se encargue de coordinar las rutas turísticas con Darana y Maddie, supervise a los nuevos guías y me quite la burocracia de encima antes de que mis rodillas decidan joderme la vida. Alguien de la casa. De confianza.

Luke parpadea, asimilando el golpe.

—¿Me está vacilando, Bert?

—¿Me has visto alguna vez cara de payaso de circo? —gruñe el viejo.

—Y en el futuro, si quieres, podrías ser el coordinador oficial de rutas y el capataz adjunto de Birdsong Hills —añade Darana con una sonrisa de oreja a oreja apareciendo en escena para rematar la jugada—.

Te conoces el terreno al dedillo, vienes con experiencia de las grandes ganaderas y Bert lleva meses pidiendo una mano derecha a gritos. ¿Qué dices, te apuntas al bombardeo?

Luke me mira a mí, buscando confirmar que esto no es una cámara oculta. Yo asiento con una sonrisa gigante, feliz por él. Luego vuelve a mirar a Darana.

—¿Es en serio? ¡Joder, claro que acepto! Esto es… joder, no sé ni qué decir.

La euforia le desborda. Se vuelve hacia mí y, antes de que me dé tiempo a reaccionar o a calcular las consecuencias visuales, me agarra con fuerza por la cintura, me levanta en vilo como si fuera una pluma y empieza a dar vueltas conmigo en mitad del patio de tierra, soltando una carcajada de felicidad.

—¡Luke! ¡Suéltame, animal, que me vas a descoyuntar! —protesto entre risas, aferrándome a sus hombros anchos para no perder el equilibrio.

—¡Ni de coña! ¡Esto es el puto destino, Jo! Has sido mi amuleto.

Me deja en el suelo, aunque mis botas se tambalean un poco por el impulso del giro. Le arreo un manotazo cariñoso en el pectoral mientras trato de estabilizar mi centro de gravedad.

—Bienvenido a lo grande, Henderson.

Él no cabe en sí de gozo, mostrando todos los dientes con esa sonrisa contagiosa.

Yo también sonrío. Sin embargo, en cuanto logro recuperar el aliento, mi mirada se desvía de forma inevitable hacia la pista.

Maddie ha detenido el entrenamiento. Está estática sobre Trueno, con una mano apoyada firmemente en el pomo de la silla y el cuerpo tenso.

Nos está clavando una mirada fulminante que, juro por Dios, cruza los cincuenta metros de distancia como un rayo láser dispuesto a chamuscarnos las pestañas.

Siento un vuelco repentino en el estómago.

Lo que ni Luke ni yo alcanzamos a sospechar en mitad de las risas… es que ese abrazo inocente y efusivo acaba de convertirse, sin quererlo, en el primer trueno de una tormenta que, en algún momento, va reventar nuestro perfecto pacto de mentiras.