El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 6
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Joanie

El rugido de una vieja camioneta rompe la paz de la calle principal justo cuando Canela y Pecas levantan las orejas al unísono, justo para ver al endiablado de Luke Henderson conducir con la misma pasión que lo hacía desde que recuerdo.

«Joder, hay cosas que no cambian». La camioneta frena en seco frente a mí, levantando una densa nube de polvo rojizo, que flota un instante en el aire antes de que la brisa la disperse.

No le da tiempo a poner una bota en tierra, cuando las border collies salen disparadas hacia él.

—¡Eh! ¡Canela, Pecas, aquí! —bramo, aunque tengo muy claro que no van a hacerme ni puñetero caso.

Efectivamente, mi autoridad se va a pique. Nada más cerrar la puerta del vehículo, las dos perras lo cercan como si lo conocieran de toda la vida, batiendo las colas con una fuerza descomunal. Él rompe a reír con esa carcajada profunda, rota y jodidamente contagiosa que tengo grabada en la memoria.

Si las perras adoran a su abuelo, con él no iban a ser menos.

—Vaya, vaya… —dice Luke, quitándose el sombrero de ala ancha—. Con este comité de bienvenida dan ganas de no volverse a marchar. Así que sois las famosas Canela y Pecas. ¡Venid aquí!

Luke se agacha y deja que Canela le mutile el mentón a lametazo limpio mientras Pecas se tumba bocarriba, pataleando en el aire y exigiendo su ración de mimos. Luke les rasca el pecho, susurrándoles tonterías que animan la escena todavía más.

—Claro… ahora lo entiendo —les habla con una sonrisa enorme—. Mi abuelo me ha dicho que os lleváis muy bien con él.

Y no le falta razón. Cada vez que el viejo pasa por Birdsong Hills o las ve por aquí, acaba vaciándose los bolsillos a escondidas y jurando por todos los santos que él no ha sido cuando le pego la bronca por inflarlas a chucherías.

Luke se incorpora tras darles una última tanda de palmadas en las costillas y se sacude las manos en los muslos.

Entonces nuestras miradas se cruzan. Madre mía, cómo ha cambiado.

El chaval flacucho y desgarbado que se largó hace años a buscar fortuna en otras ganaderas del norte ha desaparecido por completo.

El hombre que tengo a un palmo supera el metro ochenta con facilidad.

Tiene los hombros anchos como un armario, el cuerpo cincelado por el trabajo duro bajo el sol y una piel bronceada que el clima australiano ha oscurecido hasta dejarla cobriza.

El pelo negro le cae rebelde sobre la frente y unos ojos color miel me examinan con una mezcla de picardía y emoción.

Lleva un palillo de dientes apoyado en la comisura de los labios, dándole un aire tan canalla que es imposible no sonreír.

Es él quien acorta la distancia de tres zancadas decididas.

—Así que decidiste ser la lista del grupo, quedarte con el puesto de veterinaria y no complicarte la vida por el norte, ¿eh, Jo? —se burla.

No le dejo terminar la frase. Me lanzo a sus brazos y él me eleva del suelo en un abrazo tan descomunal que casi me recoloca cada músculo de mi cuerpo.

Dios, sigue oliendo a ese aftershave barato que usaba a los diecisiete años.

Le rodeo el cuello con fuerza, cierro los ojos y saboreo el alivio tremendo de tener a quien fue mi mejor amigo de vuelta justo ahora que mi vida es un caos.

—Qué alegría verte —me susurra al oído, apretándome un poco más.

—Es mutuo, Luke. No te haces una idea de la falta que hacía tu presencia por aquí —le confieso mientras me deposita con cuidado sobre las botas.

Al separarnos, le arreo un puñetazo juguetón en el bíceps para camuflar el nudo que se me ha plantado en la garganta.

—¿Qué tal el camino?

—Largo, polvoriento y rompe-amortiguadores, como siempre que te metes en las pistas del interior. Pero ha merecido la pena cada maldito bache. Ver esto otra vez… —Echa la cabeza hacia atrás, absorbiendo el entorno—. No recordaba Willow Creek tan… rejuvenecido. Parece otro lugar.

Sigo la dirección de sus ojos y asiento, cruzándome de brazos.

El pueblo ha dado un vuelco radical desde hace unos meses.

Bueno, para él años, claro está. Donde antes había años de descargas, ahora se levantan los porches amplios típicos del Outback, techos de chapa y ventanales que desafían la monotonía del desierto.

—Olvídate de las postales —le explico mientras empezamos a caminar hacia la acera, con los perros trotando a nuestro lado—.

Aquí el paisaje sigue siendo indomable: tierra roja, acacias, eucaliptos y el horizonte infinito devorando las últimas casas.

Pero los negocios se han puesto las pilas.

La reconstrucción por la última tormenta nos obligó a modernizarnos, aunque intentando no perder la identidad.

—Se nota a leguas —comenta Luke, girando el cuello para mirar a una tienda de talabartería—. Un hogar que ha progresado.

Se frena en seco ante un local de diseño rústico donde el cartel de madera reza: Café de Cobre.

—Espera, espera… ¿Me estás diciendo que ahora tenemos una cafetería de especialidad en el pueblo? —Arquea las cejas con una cara de guasa tremenda—. ¿Y qué pasa con El Colibrí?

Suelto una carcajada, recordando el drama inicial de medio pueblo.

—Se hacen una competencia muy sana, la verdad.

Christian y Lily están muy contentos con ellos —comento y después, le pego otro golpecito en el brazo—.

Son buenos tíos, y la gran ciudad les estresaba.

Al principio, el pueblo apostó a que no duraban ni dos telediarios, pero nos han callado la boca a todos.

Un día de estos te arrastro dentro; sus tartas de limón y almendra son un pecado de los gordos.

—Están como cabras —dictamina él con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero me cae bien la gente que busca algo mejor para ellos.

Avanzamos calle abajo, parloteando como dos cotorras.

Le enseño la nueva cooperativa artesanal de miel de eucalipto, mermeladas caseras, cinturones de cuero trabajados a mano y jabones naturales. Luke pregunta por todo, y bromea con los paisanos.

Cuando llegamos a la panadería de la señora Gable y el aroma a mantequilla y azúcar tostado nos golpea la nariz antes de empujar la puerta. La campanilla tintinea sobre nuestras cabezas con ese sonido doméstico de toda la vida.

—¡Buenos días! —grita ella desde la caja, sin levantar la vista del mostrador.

Cuando lo hace, tarda exactamente dos segundos en procesar la estampa de Luke, y se le cae el bolígrafo de las manos—.

¡Santo cielo bendito! ¡Pero si es el bala perdida del nieto Henderson!

Ven aquí ahora mismo, pedazo de sinvergüenza, que te vea bien esa cara.

Luke se parte de risa mientras se inclina sobre el mostrador para plantarle dos besos enormes en las mejillas. La señora Gable lo agarra de las solapas de la chaqueta, palmeándole los hombros como si comprobara que es de carne y hueso y no un espectro.

—¿Cómo iba a regresar a Willow Creek y no pasar a por sus bollos de canela, señora Gable? Si he sobrevivido al norte ha sido pensando en ellos —le regala el oído con descaro.

—Qué embustero eres —replica ella, entornando los ojos con fingida severidad—. Igualito que tu abuelo. Un embaucador profesional.

—Un poquito, no se lo voy a negar. Pero solo con mis mujeres favoritas.

—Pues por listo te los voy a cobrar al doble hoy. Y ni se te ocurra rechistar, que estás flaquísimo.

Me apoyo en la vitrina de cristal, cruzándome de brazos mientras disfruto del espectáculo. Hay personas que, por muchos kilómetros y años que pongan de por medio, tienen el mapa de su casa tatuado en el alma. Y Luke encaja aquí como la última pieza de un puzle perfecto.

Por supuesto, la señora Gable ha cumplido su amenaza a medias: le ha cobrado lo normal y le ha metido tres bollos extra.

—Sigue siendo una tirana adorable —dice Luke, partiendo un trozo de masa para dárselo a Canela, que lo atrapa al vuelo—. No ha cambiado nada.

—Ni lo hará. Es patrimonio del pueblo —respondo.

Subimos las perras al maletero de mi vehículo —el suyo lo deja a buen recaudo—, arranco el motor y dejamos atrás las calles de Willow Creek. El paisaje se diluye en cuestión de minutos, devorado por la pista de tierra roja que serpentea entre la vegetación baja y reseca.

Luke saca el brazo por la ventana, apoyando los dedos contra el retrovisor.

—Este olor… —Inhala con los ojos cerrados, paladeando el aire—. No hay nada igual en todo el planeta.

Unos veinte minutos más tarde, el gran letrero de Birdsong Hills se alza ante nosotros. Aparco junto a los cobertizos principales. En cuanto apago el motor, Angus, nuestro querido burro con delirios de grandeza, hace su aparición estelar. Suelta un rebuzno ensordecedor y trota hacia nosotros.

—¡No me jodas, si es el orejudo! —exclama Luke, bajando a toda prisa—. ¡Cuando me marché apenas llegaba a burrito!

Angus pasa olímpicamente de él. Su verdadera obsesión son las perras. Canela y Pecas saltan del maletero y se monta una timba de persecuciones absurdas alrededor del burro, que empieza a dar pequeños saltos intentando darles caza. Son un auténtico torbellino de pelo y polvo.

Luke se rasca la nuca, partiéndose de risa.

—Este bicho sigue teniendo más personalidad que la mitad de los paisanos. ¿Cómo es posible que todavía parezca un crío?

—Y eso que no lo has visto en acción cuando decide que tu sombrero o cualquier libreta es su nuevo juguete —le advierto—. Pregúntale a Bert, que aún busca una gorra de los Wallabies.

Como si lo hubiéramos invocado, el viejo capataz asoma la cabeza por el portón del granero principal, sosteniendo una llave inglesa.

Se queda petrificado un segundo. Luego, sus labios se curvan en una línea ligeramente ascendente.

Tratándose de Bert, eso equivale a una fiesta con confeti y fuegos artificiales.

—Mirad a quién ha traído el viento del norte —gruñe, acercándose con paso firme.

Luke acorta la distancia y le propina un apretón de manos, acompañándolo de una palmada en el hombro.

—Me alegra verle en pie, jefe. Se le ve más duro que nunca.