El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 5
18%

5

Maddie

El bar bulle como casi todas las noches.

Respiro hondo antes de cruzar el umbral.

No estoy nerviosa. Al menos eso es lo que le juro a mi orgullo, aunque el corazón me esté golpeando las costillas como un potro desbocado.

Joanie camina pegada a mí con una expresión tan seria que cualquiera pensaría que venimos a leer un testamento en lugar de a cenar.

Lleva unos vaqueros oscuros que le marcan las piernas, una camisa beis y el pelo recogido en una coleta baja de la que ya se han escapado un par de mechones rebeldes. Vamos, que está cañón.

«No, no, no . Tarjeta roja, Maddison». Prohibido ir por ahí.

—¿Preparada para ponerte bajo los focos? —le pregunto en un susurro.

Ella ni se inmuta. Sigue mirando al frente como si nada.

—No —suelta con la misma simpatía que un dolor de muelas.

—Vaya, pues arrancamos la farsa con el optimismo por las nubes —ironizo.

Se detiene en seco a un palmo de la puerta y me dedica una mirada severa.

—No me hagas arrepentirme antes de entrar, Maddie. Te lo advierto.

Esbozo una sonrisa triunfal. Le ofrezco el brazo izquierdo, dándole margen para que procese el movimiento.

Joanie se queda rígida unos segundos. Al final, deja escapar un suspiro resignado y desliza sus dedos.

El contacto es sutil, a través de la ropa, pero noto una descarga instantánea que me pone todos los vellos de punta. Maldita memoria corporal.

Empujo el portón del bar. El murmullo general de las conversaciones sufre un bache de un segundo exacto. Es una milésima de silencio, casi imperceptible, pero real. En Willow Creek los rumores viajan rápido y nosotras acabamos de aterrizar con la exclusiva de la temporada.

Media docena de cabezas se giran al unísono. Y Ricky, que está ayudando tras la barra, abre tanto los ojos que por poco le da algo.

Joanie aprovecha el revuelo para clavarme con total discreción el codo derecho entre las costillas.

—¡Ay! —protesto entre dientes.

Ricky sale de detrás del mostrador limpiándose las manos en los pantalones y camina hacia nosotras.

—No, no, no. Esto debe ser un espejismo. —Niega con la cabeza—. Que alguien me pellizque.

—Buenas noches para ti también, sabelotodo —saludo.

Él apunta con el dedo descaradamente hacia nuestro agarre.

—¿Me he perdido algo? Exijo detalles y fechas.

—Digamos que llevamos un tiempo actualizando el estado de nuestra relación —respondo yo.

—Pues vaya… me parece fenomenal —comenta Ricky y después señala con la barbilla—. Al fondo os esperan, chicas.

Mi sonrisa pierde un poco de fuelle. Fantástico. Si había una reacción en este lugar que me quitaba el sueño más que la de mi madre, es precisamente la de Darana. Atravesamos el comedor bajo un pasillo de miradas curiosas que intentan disimular con nulo éxito.

—Te digo yo que donde hay fuego, quedan rescoldos…

—¡Vaya par!

«Perfecto. El bulo ha despegado con éxito y ya está en órbita».

Cuando alcanzamos la mesa, Darana levanta los ojos de la carta con una parsimonia que asusta.

Desplaza la mirada primero hacia mí, luego analiza a Joanie, se clava en nuestros brazos unidos y, por último, entrecierra los ojos.

Vaya. Joanie ya le habrá soltado el chivatazo.

Esa mirada no es de estupefacción; es la de una mujer que sabe perfectamente que yo soy el cerebro de la operación y que, si tuviera un par de depredadores en la hacienda, me usaría de cebo sin remordimientos.

Camila, sentada justo a su lado, observa el cuadro con un enfoque radicalmente distinto. Parece un entomólogo que acaba de descubrir un insecto que desafía las leyes de la evolución.

«Interesante. Aquí tengo a una aliada».

Joanie sigue inmóvil a mi lado, pero yo noto a la perfección cómo sus dedos se han aferrado a la tela de mi cazadora.

Le retiro la silla para que se siente y luego tomo asiento yo a su lado.

Darana sigue muda, estudiándome. Y, de acuerdo, la entiendo.

Porque yo tampoco pondría la mano en el fuego por mí.

La tensión se sienta a cenar con nosotros antes de que nos sirvan. Hasta Ethan y Kira, que son incapaces de mantener la compostura más de cinco minutos seguidos, bajan el volumen de su conversación.

Ricky aparece rompiendo el hielo con unas cuantas cervezas.

—Esta primera ronda corre por cuenta de la casa —anuncia con un guiño cómplice.

Arqueo una ceja, desconfiada.

—¿Y este brote de generosidad a qué se debe, Ricky?

—A que tengo la certeza de que esta mesa va a amortizar el gasto en cotilleos durante todo el invierno —se burla con picardía

Bajo el mantel, siento el impacto seco y doloroso de la bota de Joanie contra mi espinilla. Ahogo la queja y le doy un trago a la cerveza para camuflar el dolor.

—Qué cotillas sois en este pueblo, de verdad —digo con mi mejor cara de no haber roto un plato.

—No, Maddie —me corrige Ricky mientras termina de rellenar las copas—. Somos perros viejos. Aquí sabemos leer la letra pequeña antes de que se escriba el contrato.

Las risas colectivas consiguen aflojar el nudo del ambiente durante unos minutos. Aprovecho ese instante de distracción general para deslizar mi mano hacia el botellín de Joanie, acercándosela con suavidad.

—Déjame, anda —le murmuro al oído.

Me clava una mirada de reojo.

—Puedo abastecerme solita, gracias, Strong.

—Ya lo sé —le devuelvo el susurro con una sonrisa zalamera—. Pero las novias entregadas hacen estas cosas en público.

Durante una décima de segundo me olvido por completo de que tenemos ojos vigilando. Concretamente los de Darana, que me clava una mirada que atraviesa la mesa como un arpón. Levanto la vista y me topo con sus ojos fijos. Es un águila real sopesando si tirarse a por el conejo.

—¿Tengo algo en la cara? —pregunto con descaro.

—Sí —responde Darana sin pestañear—. Una falta absoluta de credibilidad. No me fío de ti ni un pelo, Maddie.

Camila deja el tenedor sobre el plato. Por suerte, Ethan y Kira no están presentes en este momento. Viva la pista y viva el country.

Joanie cierra los párpados un segundo, conteniendo el aire.

—Darana, por favor... —empieza Joanie—. Dijiste que me ibas a apoyar. Además, tenemos que hacerlo por Birdsong Hills.

—No, Joanie —la corta ella, clavándome una mirada que promete reescribir mi código genético—. Por mucho que esto nos convenga para proteger esas hectáreas, sé que esto va a salir mal.

—¿Puedes bajar la voz por favor? —pide Joanie.

Sus palabras me impactan en el pecho, pero no porque me pillen por sorpresa; ya venía llorada de casa.

Lo que verdaderamente escuece es admitir que una parte de mí opina exactamente lo mismo que ella.

Sabe que es una farsa, sabe que es un pacto desesperado y, sobre todo, le aterra que su mejor amiga termine escaldada.

Antes de que me dé tiempo a encajar el golpe, Joanie interviene:

—Aquí no hay ningún peligro, Darana. Lo tengo todo bajo control, de verdad.

Darana se gira hacia ella en redondo, buscando cualquier fisura en su rostro, conteniendo la respiración para no soltar delante de los demás que todo es un teatro.

—¿Estás completamente segura de lo que estás haciendo, Joanie? Porque jugar con fuego es peligroso.

—Completamente —asegura Joanie, dándole un trago largo a su bebida.

—¿Segurísima? ¿No te está coaccionando con alguna de sus locuras habituales? —insiste, inclinándose sobre el mantel y lanzándome un dardo: «Como sufra un rasguño, te mato».

Joanie deja escapar un suspiro largo, frotándose las sienes con cansancio.

—Darana, te lo pido por favor. Confía en mis criterios. Sé perfectamente en qué clase de terreno me estoy metiendo y cuáles son las reglas del juego.

—Solo intento asegurarme de que no has tenido un brote de amnesia o de que el invierno te haya atrofiado el sentido común —remacha Darana, camuflando su preocupación.

Una oleada de respeto me recorre por dentro ante la lealtad tan salvaje de Darana hacia ella, aunque me toque ser el saco de boxeo. Se me escapa una sonrisa involuntaria y la jefa me fulmina de inmediato.

—¿Te parece divertido? ¿Te hace gracia que cuestione tu capacidad para evitar hacerle daño?

—Un poco sí, no te lo voy a negar. Pero me encantan los retos —admito con chulería, ganándome en el acto un pisotón letal de Joanie por debajo de la mesa.

—Deja de sonreír como una idiota y ayúdame a cambiar de tema —me ordena Joanie, mientras simula limpiarse la comisura de los labios con la servilleta.

—A tus órdenes —capitulo, conteniendo la risa y frotándome la pierna.

Por suerte para mi integridad física, Camila vuelve a tomar la palabra.

—Desde un prisma conductual y evolutivo, la reacción de Darana es perfectamente normal.

Todos los ojos se desvían hacia ella, que continúa cortando su filete con calma.

—Camila, por favor, traducción para los que no hablamos el idioma del National Geographic.

—Que está ejerciendo el rol de hermana mayor celosa y territorial.

—Ah...

Darana resopla, dejándose caer en el respaldo. La conversación va derivando poco a poco hacia terrenos mucho más seguros y cotidianos. Cuando Ethan y Kira vuelven, yo me meto de lleno en el papel de novia devota.

Y entonces es cuando mi cerebro procesa una idea.

Una idea pésima, peligrosa y absolutamente brillante.

Si queremos convencer a Ethan, a Kira y a todo el maldito bar de que lo nuestro es real —y de paso, demostrarle a Darana que puedo tomármelo en serio—, tenemos que darles espectáculo del bueno.

No basta con hablar en pareja; hay que actuar como tal.

Y por eso, busco su mano encima de la mesa.

Por un segundo, el jaleo, el tintineo de las jarras y las voces de la pandilla desaparecen por completo del mapa.

Solo existimos el calor abrasador de su palma contra la mía.

Ella tampoco ha olvidado este tacto por mucho que se empeñe en negarlo.

Joanie me devuelve el apretón. No sé si lo hace para castigarme y apartarme de un plumazo o para aferrarse a mí y evitar salir corriendo del local.

Toma aire muy despacio, como si tuviera que recordarle a sus pulmones cómo se hace para que el corazón no le estalle.

Mientras el resto de la mesa vuelve a enzarzarse en el debate de los turistas y sus exigencias con los horarios, noto cómo Joanie va retirando sus dedos de los míos con una lentitud tortuosa.

No vuelve a mirarme en toda la cena; se concentra en escuchar a Darana como si le fuera la vida en ello.

De repente, acabo de comprender el tamaño colosal del jardín en el que me acabo de meter.

Si un simple roce es capaz de dejarnos sin oxígeno delante de nuestros mejores amigos, tres meses fingiendo que nos amamos van a ser una auténtica ruleta rusa.