4
Joanie
El aroma a café recién molido se mezcla con el de las tostadas y la mantequilla derritiéndose a la velocidad de la luz.
El Colibrí está hasta arriba para ser tan temprano.
Desde que dejamos atrás las consecuencias del temporal, Willow Creek ha recuperado la bendita costumbre de arrancar el día alrededor de una taza humeante, despellejando al prójimo y comentando los chismes del pueblo antes incluso de que se hagan oficiales.
Agnes sostiene el periódico local abierto delante de sus narices, aunque conozco de sobra su teatro: lleva cinco minutos estancada en la misma página de anuncios clasificados.
No está leyendo nada; tiene las orejas tiesas captando las frecuencias de radio de nuestro alrededor.
A su lado, Lily unta mermelada de naranja con la parsimonia de quien todavía no ha aprendido que desayunar con esta mujer equivale a someterse a un interrogatorio de la CIA.
—No entiendo cómo pretendes aguantar el día con semejante miseria de desayuno —comenta Agnes por encima del borde del papel, arqueando una ceja hacia mi plato.
Bajo la vista, y miro mi «triste» rebanada y una taza de café negro.
—Porque en una hora tendré el estómago rugiendo otra vez —respondo, dándole un mordisco al pan mientras mi mente divaga en asuntos mucho más espinosos.
—Precisamente por eso deberías meterte combustible ahora —insiste ella, dándole un golpe a la mesa con el mango del cuchillo.
—Y precisamente por eso no merece la pena el esfuerzo de masticar el doble —replico, encogiéndome de hombros—. Ya sabes que a media mañana tu hermana nos agasaja con su cocina. No me vas a convencer de cambiar la rutina ahora.
Lily suelta un resoplido divertido y menea la cabeza, apartándose un mechón de pelo.
—Eres incorregible, Joanie. Para una vez que ella tiene razón…
—Solo soy una veterinaria realista —le dedico una sonrisa picarona.
—¿Y qué tiene que ver el título universitario con privarte de los carbohidratos? —pregunta Lily.
—Muy fácil. Si me meto un desayuno a lo bestia y a los cincuenta minutos tengo que salir corriendo detrás de una vaca que se resiste a que la examinen, el estómago me hará un boicot inmediato.
Y nadie quiere presenciar semejante espectáculo, te lo aseguro.
Sobre todo, para que se me baje el azúcar dentro de un rato.
Las dos estallan en carcajadas, contagiando a la mesa de al lado. Agnes baja el periódico por fin, con una sonrisa maliciosa pintada en los labios.
—Bueno, la última vez no fue por la comida. Terminaste de cabeza dentro de un abrevadero persiguiendo a un ternero caprichoso —me recuerda.
La miro horrorizada, aunque agradezco el cambio de tercio para olvidar mis propios… asuntos.
—Pensaba que seguiría siendo nuestro secreto.
—Yo no firmé ningún trato —apunta Agnes.
Niego con la cabeza, disfrutando de la calidez del café que me entibia las manos. El invierno aquí tiene estas cosas: una escarcha que te congela las pestañas a las seis de la mañana y un sol que te tuesta la cara a las nueve.
—Qué poca solidaridad femenina encuentro en esta mesa —me quejo con tono de drama.
—La solidaridad se esfumó el día que intentaste convencerme de que las alpacas eran criaturas sociables y cariñosas —interviene Lily, fingiendo un escalofrío—. Todavía tengo pesadillas.
—¡Y lo son! Solo hay que entender su lenguaje corporal.
—¡Me lanzó un escupitajo directo al ojo, Joanie! —protesta Lily, provocando que su padre sonría detrás de la barra.
—Eso es porque detectó algo —le devuelvo, aguantándome la risa.
Ella sí que lo hace.
Me encanta verla reír. Lily tiene el don de encender cualquier habitación sin necesidad de montar un circo, justo lo contrario que mi querida Agnes, que prefiere avivar el fuego y sentarse a ver cómo arde el vecindario.
—Chis, callaos un momento —sisea Agnes de repente, doblando el periódico a la mitad. Se inclina hacia nosotras, apuntando con la barbilla hacia la barra, donde el viejo Henderson habla con dos ganaderos de la zona.
La voz ronca del anciano retumba por encima del ruido de la cafetera.
—Os digo que el chico aterriza esta misma tarde, ha adelantado su vuelta. Terminó su contrato y regresará a Willow Creek para quedarse. Ya era hora de que lo hiciera.
Me alegro un montón por él; el bueno de Henderson lleva meses suspirando por recuperar a su nieto y tener relevo generacional en las tierras. Aunque no me alegra tanto que Agnes me haya obligado a ser yo quien le ponga al día.
—Es un chaval de oro —añade el viejo con un orgullo que no le cabe en el pecho—. Trabajador, educado y sabe de ganado más que los libros.
Agnes carraspea de forma exagerada y después, me clava una mirada de reojo cargada de intenciones ocultas.
—¿Ves? —me suelta en un susurro.
No le doy el gusto de mirarla de frente. Apoyo los codos en la mesa.
—Ni se te ocurra.
—¡Pero si yo no he dicho ni mu! —se defiende.
—Todavía… —matizo, entrecerrando los ojos—. Conozco ese brillo maquiavélico que aparece en tus ojos.
Lily pasa la mirada de una a otra, divertidísima con nuestro ping-pong mental.
—A ver, que me entere yo de la telenovela. ¿Qué me he perdido?
—Agnes ha decidido que el nieto de Henderson necesita un comité de bienvenida y una guía turística —explico con ironía.
—Vaya, qué casualidad tan oportuna —se mofa Lily, tapándose la boca para no reír.
—Y, por supuesto, yo soy la afortunada poseedora del mapa del pueblo —remato, fulminando a Agnes con la mirada.
Agnes suelta el periódico.
—Lo único que digo, jovencita, es que ya tienes treinta y dos años.
—Gracias por recordarme mi edad, qué detalle.
—Precisamente por eso —insiste ella, implacable.
—Trabajo doce horas diarias. No me da la vida para citas, ya te lo dije.
—Y por eso necesitas un incentivo —apunta.
—Tengo dos perras hiperactivas que se comen mis horas libres y mis zapatos —contraataco.
—Razón de más para que te haga falta un humano que hable tu mismo idioma.
«Dios, es que no puedo con ella».
Las tres acabamos riéndonos, logrando que el ambiente recupere esa calidez tan reconfortante. Christian nos retira los platos y le da algunas instrucciones a Lily antes de que acabe su descanso para desayunar. Sin embargo, no es eso a lo que le presto atención.
—…están comentando que Victoria Strong va a vender esas tierras antes de acabar la primavera.
Mi mano se congela a milímetros del azucarero. Al otro lado del pasillo de la cafetería, una mujer le responde de inmediato a su acompañante.
—¿Qué dices? ¿La extensión que linda con Birdsong Hills?
—Esa misma. Al parecer, unos inversores tienen el proyecto visado para plantar un macrocomplejo vacacional de lujo y todas esas tonterías de hoy día.
La cucharilla se me escurre de los dedos. «Necesito que seas mi novia durante tres meses…».
Joder, pensé que era otra de las estrategias baratas de Maddie para engatusarme y arrastrarme a su terreno. Pero los rumores no mienten; si el río suena en Willow Creek, es que lleva un tsunami detrás.
—¡Joanie! —grita Lily—. Eh, despierta —Pasa los dedos por delante de mis ojos, rompiendo mi parálisis—. Tierra llamando a Blake. ¿Estás con nosotras?
Parpadeo varias veces, obligándome a tragar saliva.
—Sí… sí, perdonad. Me he quedado en blanco un segundo pensando en un caso —miento, esbozando una sonrisa.
Lily me examina con la ceja arqueada, poco convencida, pero decide no presionar.
—Te estaba diciendo que si te apetece que organicemos una salida el domingo hacia el mirador. Nos vendría de perlas a las tres para estirar las piernas y limpiar los pulmones.
—Sí. Cuenta conmigo, me apetece un montón.
—Estupendo. Así rompemos la rutina —concluye Lily, satisfecha mientras empieza a recoger.
Agnes me observa fijamente por encima de su taza de café vacía. No dice una sola palabra, pero noto en su mirada fija que ha calado mi cambio de humor. Por una vez en su vida, decide no cotillear y se limita a guardar el periódico en el bolso.
Si esa mujer firma los papeles, Birdsong Hills está sentenciada. Adiós a la ampliación que Darana lleva meses cuadrando, adiós a la tranquilidad de las rutas ecuestres. El futuro entero de la hacienda —y el pueblo— se irá por el retrete.
· · ·
Una hora después, aparco el vehículo cerca de los cobertizos de Birdsong Hills.
El traqueteo del motor se apaga, pero la actividad a mi alrededor es frenética.
Varios operarios clavan postes nuevos y colocan carteles de madera indicando los senderos turísticos del Outback.
Cerca de las oficinas, dos chicos lijan la veranda de las cabañas de invitados, dejando en el aire ese olor penetrante a barniz fresco que se mezcla con el aroma de los eucaliptos.
Al fondo del callejón, Bert supervisa las ruedas de un carro antiguo para los recorridos históricos, mientras un par de compañeros revisan los estribos y las cinchas.
Birdsong Hills está latiendo con mucha fuerza, resurgiendo en su mayor esplendor.
Y pensar que un macrocomplejo puede acabar con este paraíso me pone de muy mala leche.
Termino la ronda veterinaria.
Las vacas están tranquilas, los niveles de los bebederos automáticos van de maravilla y los potros destetados corretean ignorando lo que pasa a su alrededor.
Todo está perfecto. Menos mis nervios. Cada vez que intento concentrarme en rellenar la ficha clínica de un animal, la voz de Maddie me martillea la cabeza.
Suelto un bufido. No quiero que Maddie Strong me enrede en su caos otra vez. No quiero. Pero el problema ya no es suyo; es de toda la comunidad.
Camino hacia los boxes. Trueno asoma su gran cabeza negra por encima de la puerta y, apoyada en una bala de paja, destaca la cazadora de Maddie. Está aplicando jaboncillo a una silla de montar, gesticulando con la esponja concentrada en la tarea.
Levanta la vista al oír mis botas. Sus ojos se abren un milímetro, sorprendidos. Acto seguido, recupera la compostura. Está claro que no me perdona lo de ayer.
—Vaya, vaya. —Deja la esponja y se limpia las manos en los vaqueros—. No esperaba el honor de tu visita tan pronto. ¿Te has olvidado algo?