El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 3
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Joanie

Me apoyo contra uno de los postes de madera del corral exterior, cruzándome de brazos para guarecerme del viento que empieza a arreciar.

No suelo perder el tiempo esperando a nadie, y mucho menos a Maddie Strong.

Pero le prometí que revisaría a Trueno y, en este trabajo, una palabra dada a un animal pesa más que el propio orgullo.

Canela está sentada junto a mi bota izquierda, completamente alerta, con las orejas levantadas y la mirada fija en el camino de acceso a Birdsong Hills.

Pecas, en cambio, finge estar profundamente dormida sobre un fardo de alfalfa, aunque conozco de sobra ese truco: tiene los ojos entornados y vigila el perímetro como un sargento en plenas maniobras.

—Como os pongáis demasiado teatreras con ella, os quedáis sin cenar —les advierto, ajustándome el cuello de la chaqueta.

Las dos levantan una oreja al unísono, sincronizadas como bailarinas de ballet.

—Sí, claro, ahora os hacéis las sordas. Sois unas manipuladoras.

El rugido inconfundible de un motor rompe la paz.

Respiro hondo, sintiendo cómo los músculos de la espalda se me tensan de forma automática.

Ahí viene. La motocicleta negra se detiene frente a los cobertizos levantando una pequeña nube de polvo que se disipa enseguida.

Unos segundos después, Maddie aparece caminando hacia mí con las manos hundidas en los bolsillos de su cazadora de cuero.

Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta alta que se mece con el aire, las botas de montar salpicadas de barro y esa maldita expresión que tan bien sabe impostar.

Lo curioso es que, desde aquellas noches, soy capaz de leerla como un libro abierto.

Sé cuándo esa sonrisa es auténtica y cuándo es solo una coraza.

Y la de este momento, está metida en la segunda lista.

Hay una sombra de agobio en sus ojos oscuros que delata que algo va mal, por mucho que intente disimularlo arrastrando los pies con chulería.

No me da tiempo ni a abrir la boca para saludar.

Canela sale disparada como un resorte hacia ella, enseñando los dientes y empieza a ladrar.

Pecas la imita de inmediato, saltando del fardo con un entusiasmo destructivo. Las dos border collies rodean a Maddie ladrándole con una potencia que espantaría a un camión de ganado.

Maddie clava los pies en el suelo y levanta las manos a la altura de los hombros en plan pacífico.

—Eh, eh... quietas, chicas. Vengo en son de paz, lo prometo.

Canela le responde con un gruñido, rasgando el aire invernal.

—Vale… a lo mejor no tanta paz —admite Maddie, dando un paso atrás con cautela.

No puedo evitar que se me escape una sonrisa de oreja a oreja ante el cuadro.

Maddie retrocede un paso más, midiendo el terreno con las botas.

Me clava una mirada cargada de indignación, aunque le tiembla la comisura de los labios, conteniendo la risa.

Dios, cómo odio que me siga pareciendo tan guapa cuando se pica.

—Recuérdame que les compre un filete si sobrevivo a esta tarde.

Canela suelta otro ladrido. Maddie suspira y se da una palmada en el muslo.

—De acuerdo. Ha llegado el momento de activar la vía de la negociación.

La observo con curiosidad mientras rebusca en el bolsillo interior de la cazadora con un misterio casi ridículo. «¿Qué demonios trama ahora?» Un segundo después, saca un paquete de salchichas Frankfurt envuelto en film transparente y lo blande en el aire con orgullo.

Parpadeo un par de veces, estupefacta.

—¿Se puede saber qué haces?

—Ser diplomática, Blake —responde con total convicción, dándole unos toques al paquete—. Ya sabía que me la iban a liar. Así que hice una paradita por El Colibrí antes de llegar.

Maddie saca una de las salchichas y la menea con cuidado frente al hocico de Canela, manteniendo las distancias.

—A ver, preciosa… mira qué delicia. Esto es mucho más constructivo que intentar arrancarme una pantorrilla, ¿a que sí?

Canela ni pestañea. Pecas tampoco. Se quedan rígidas, observando el trozo de carne.

—Venga, va… no os hagáis las estrechas. Un mordisquito y pelillos a la mar.

Adelanta la mano un par de centímetros. Y entonces, ocurre el desastre.

Canela, con la velocidad de un rayo, le arrebata la salchicha de la mano de un mordisco limpio.

Pero el verdadero golpe de estado lo da Pecas: salta por el flanco izquierdo, le quita el paquete entero de la otra mano con la boca y sale zumbando en dirección a los cobertizos.

—¡Eh! ¡Oye! —grita Maddie, girando sobre sus talones como una peonza, totalmente desorientada—. ¡Que era un soborno!

La escena es tan cómica que pierdo la contención. Suelto una carcajada y las lágrimas por la risa se me agolpan en los ojos mientras veo a Maddie amagar con correr detrás de Pecas.

—¿Te estás regodeando de mi desgracia?

Ella sonríe por primera vez de forma franca. Es una sonrisa pequeña, de esas que le arrugan los ojos un poquito y que me golpea directo en la memoria, recordándome exactamente por qué caí rendida en sus redes.

Suelto un silbido para llamar a las perras. Canela regresa relamiéndose. Detrás llega Pecas, trotando orgullosa con el plástico transparente completamente vacío colgando de la boca.

—Sois unas vendidas —les reprocha Maddie, mirándolas de reojo mientras mete las manos en los bolsillos—. Y encima se me quedan mirando como si esperaran la carta de postres.

—Suficiente, chicas. A vuestro sitio.

Las dos perras se sientan al instante junto a mis botas. Maddie suelta un suspiro de alivio que le mueve el flequillo.

—Madre mía. Creo que he sentido menos presión psicológica en las reuniones familiares con mi madre que frente a este par.

—Tienen buen instinto. Calan a la gente a la primera.

—¿Eso es una indirecta para recordarme que no soy de fiar? —pregunta, y esta vez el tono jocoso desaparece.

La miro fijo a los ojos. El ambiente se vuelve a enfriar de golpe, y no tiene nada que ver con el clima.

—Ellas solo necesitan cinco minutos para saber con quién tratan, Maddie. Y no se suelen equivocar.

El silencio que se instala a continuación es casi doloroso. Mi pulla ha dado en el blanco, y lo sé por cómo se le borra la expresión de la cara.

Carraspeo, rompiendo la tensión antes de que me ahogue, y agarro mi maletín del suelo.

—Venga, entremos a ver a Trueno antes de que caiga el sol.

Ella asiente, con los hombros rígidos. Caminamos en paralelo hacia el último box del pasillo principal de Birdsong Hills.

Trueno alza los belfos en cuanto nota nuestra presencia. Su imponente estampa destaca contra la madera, pero en cuanto Maddie apoya una mano en su buey, el caballo relaja las orejas de inmediato y deja escapar un bufido de placer.

—Hola, chico… ¿cómo está el rey? —murmura ella.

Me muerdo el interior de la mejilla mientras abro el maletín.

Verla así con los caballos siempre ha sido mi debilidad.

Maddie puede ser un torbellino caótico en su vida diaria, pero cuando maneja a un animal, sus movimientos se vuelven lentos, precisos y llenos de una paciencia infinita.

Quizá por eso Trueno la idolatra. Y quizá por eso a mí me cuesta tanto arrancarla de mi cabeza.

—A ver, déjame que explore esa caña —le pido, colocándome unos guantes de nitrilo.

Maddie da un paso atrás para dejarme espacio, pero no aparta la mano del cuello del caballo, susurrándole palabras cariñosas para mantenerlo quieto.

Me agacho junto a la extremidad anterior izquierda de Trueno y paso los dedos por el tendón flexor digital superficial, buscando cualquier signo de inflamación o calor local.

Luego examino las rozaduras de la parte posterior.

Los cortes son limpios; unas ramas de zarza del arroyo le han levantado un poco de piel, pero no hay infección activa.

—Has tenido suerte, Strong. Podría haberse complicado si las espinas hubieran rozado la articulación del menudillo.

—¿Entonces no hay peligro de infecciones?

—Para nada. Limpieza con clorhexidina diluida un par de veces al día y una capa fina de pomada cicatrizante para evitar que se cuelen bacterias. Si mantienes el box limpio y seco, el martes podrá hacer la ruta turística sin el menor inconveniente.

Escucho cómo Maddie exhala todo el aire que retenía en los pulmones.

—Menos mal. Me quitas un peso enorme de encima.

Me pongo en pie, despojándome de los guantes antes de tirarlos a la basura del maletín.

—Gracias por pasarte, Joanie. Sé que tenías la tarde a tope con los Miller. No quería descolocarte la agenda.

—Es mi trabajo, no hay de qué —respondo, cerrando las solapas del maletín.

—Ya… pero aun así, gracias. Significa mucho para mí.

Asiento con una sonrisa. Llevo seis meses huyendo de su magnetismo y hoy ya he cubierto mi cupo de riesgo.

Pero me doy cuenta de que estoy inquieta.

Sus dedos tamborilean a ritmo frenético contra la madera del box y evita mantener mi mirada más de dos segundos seguidos, como si tuviera un discurso ensayado atascado en la garganta.

Bloqueo los cierres metálicos del maletín.

—Suéltalo ya, Maddie. ¿Qué te pasa?

Ella parpadea, descolocada por mi franqueza.

—¿Cómo?

—Te conozco. Sé perfectamente cuándo te ronda algo por la cabeza.

Una sonrisa amarga, casi invisible, asoma a sus labios.

—Bueno… eso de que me conoces es discutible.

—No intentes desviar el tema.

Se rasca la nuca, cruza los brazos sobre la cazadora.

—He tenido un encuentro… de lo más estimulante con mi madre.

Suelto un resoplido, imaginándome el panorama.

—Uf, eso ya me cuadra más. Victoria Strong no es precisamente famosa por repartir alegría y muffins por las mañanas. ¿Qué ha pasado?

—Básicamente, me ha dado un ultimátum.

La observo, notando cómo la tensión le deforma la línea de los hombros.

—¿Es algo grave?

Maddie baja la vista un segundo, clavándola en las virutas de madera del suelo. Cuando vuelve a alzar los ojos hacia mí, el descaro habitual ha desaparecido por completo. Lo que veo en sus pupilas me hiela la sangre.

—Necesito que seas mi novia durante los próximos tres meses.

El silencio que se genera en el cobertizo casi se puede masticar.

La miro. Ella me mira a mí, completamente estática.

Y entonces, mi cerebro procesa la soberana estupidez que acaba de soltar. Al segundo, me parto de la risa.

—Espera… espera… —Trato de coger aire, pero me es imposible—. ¿De verdad te estás quedando conmigo?

Maddie sigue seria, sin mover un solo músculo de la cara.

—¡Ay, por favor! —grito, y vuelvo a reír—. Tengo que reconocerte el mérito. De todas las tácticas baratas y las excusas absurdas que has inventado en tu vida para intentar volver a colarte en mis sábanas, esta se lleva el premio gordo.

—Joanie, escúchame, hablo en serio —intenta interrumpirme.

—Déjame adivinar —continúo, limpiándome las lágrimas con el dorso—. Tu madre ha organizado un té benéfico y necesitas una acompañante con pedigrí para no desentonar. O mejor… ¿has perdido una apuesta en el bar y el castigo es hacerme pasar por tu pareja?

Maddie exhala un suspiro y se pasa una mano por el rostro.

—No es ninguna broma, Joanie. Te lo juro por lo que más quieras. Mi madre me ha…

—Venga ya, y yo soy la gobernadora —la interrumpo, dando un paso hacia ella con una sonrisa irónica—. ¿Sabes cuál es tu gran problema, Maddison Strong? Que diseñas unas patrañas tan sumamente enrevesadas que casi consigues que suenen lógicas. Tienes una labia peligrosa.

Le propino un toque en el brazo con el dedo índice, marcando distancias.

—Casi cuela, casi. Pero hoy no me vas a tomar por ingenua.

Maddie reacciona rápido y me sujeta por la muñeca. El calor de sus dedos me atraviesa la piel como una descarga eléctrica de alta tensión, activando una memoria corporal que me grita que escape de ahí de inmediato.

—Vamos, circulando.

—Joanie, escúchame un segundo. Mi madre va a vender los terrenos del lindero oeste a un macrocomplejo. Me dijo que no era de fiar, que no tengo una vida estable y yo le solté que…

—Ya he tenido suficiente dosis de tu imaginación por hoy.

—¡Pero es vital para la expansión de Birdsong Hills! —insiste mientras la empujo hacia la salida. Ella apenas opone resistencia, más abrumada por mi reacción que por otra cosa.

—Seguro que sí, escríbele una carta al ayuntamiento —zanjo, abriendo la puerta de par en par—. Búscate a otra actriz para tu obra de teatro. Yo ya me bajé de tu escenario hace meses.

La empujo hacia dentro cuando estoy en el porche exterior.

—¡Joanie!

—Que tengas un excelente viaje de vuelta —le deseo con una sonrisa.

Paso el portón y lo cierro de golpe. Me apoyo contra la puerta, controlando mi propia respiración.

—¡Hablo completamente en serio! —vuelve a gritar.

—¡Y yo te recomiendo que pidas cita con un puto terapeuta! ¡Tienes que estar muy desesperada para plantearme algo así! —le devuelvo a voz en grito—. ¡Buenas tardes, Strong!

Canela y Pecas se sientan a ambos lados de mis piernas. Les revuelvo el pelo de las orejas con cariño.

—Buen trabajo, chicas.

—¿Interrumpo el consejo de guerra? —pregunta una voz a mis espaldas.

Me giro sobresaltada. Ricky está de pie junto al pasillo de los piensos, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora y una bolsa de papel bajo el brazo. Mira la puerta cerrada, luego me mira a mí y arquea una ceja con diversión.

Comienzo a caminar por el pasillo y él me acompaña a paso tranquilo, charlando sobre los cotilleos habituales del pueblo.

—¿Otra vez intentando arrastrarte a alguna de sus ideas? —pregunta en voz baja.

Echo una última mirada hacia atrás. Maddie ya no grita; he escuchado el sonido de sus botas alejándose hacia la salida trasera. Y, por un milisegundo absurdo, me entra un pellizco de culpabilidad en el estómago.

—No te preocupes, Ricky —le digo, abriendo la puerta del vehículo y tirando el maletín en el asiento del copiloto—. He sobrevivido a cosas peores que Maddison Strong. Y esta noche no va a ser la excepción.