El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 2
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Maddie

—Así que aquí te escondías. Llevo toda la mañana buscándote.

Intento sonar lo más normal posible, casi divertida, como si estar frente a Joanie Blake no supusiera un maldito terremoto en mi escala de Richter particular cada uno de nuestros días. Qué le voy a hacer, a veces echo de menos esos labios.

Joanie levanta la vista despacio, interrumpiendo el gesto de ordenar unos papeles en una caja.

Se queda completamente estática, y esa maldita indiferencia me escuece más que cualquiera de las bofetadas verbales que podría haberme soltado.

Sus ojos, de un azul intenso, se clavan en mí sin revelar un solo pensamiento.

Antes de que Joanie pueda decir algo, una silueta se interpone entre las dos con la sintonía de una película del oeste de fondo.

Agnes se cruza de brazos y me observa como si estuviera deseando sacarme de aquí a patadas.

No la culpo; Agnes Tanner jamás ha disimulado que me considera el mismísimo demonio con vaqueros puestos.

—¿Qué se te ha perdido aquí? —quiere saber.

—Buenos días para ti también. Veo que el invierno no te ha quitado la simpatía.

—No me vengas con tonterías, Maddison. No tengo el día para aguantarte.

«Wow. Vale, esto es serio»x.

—¿Y si te soborno con un ramo de flores? —bromeo, tratando de rebajar la tensión, aunque la risa me sale algo forzada—. Unas margaritas silvestres, por ejemplo.

—Te las haría tragar con maceta incluida —responde sin pestañear.

Trago saliva, pero mantengo la sonrisa. Hay gente que necesita gritar para acojonar a alguien; a Agnes le basta con mirarte como si estuviera calculando cuánta cal necesita para borrar tu ADN tras enterrarte.

A pesar de todo, admiro esa lealtad que le tiene a Joanie.

Ya me habría gustado a mí que alguien saltara así por mí.

—No te preocupes —le digo, alzando ambas palmas en señal de paz—. No he venido a causar problemas. Es un asunto puramente profesional.

Agnes entorna los ojos, desconfiada hasta la médula.

—Mira, listilla. En este pueblo te habrás ganado a la gente, pero como vuelvas a jugar con los sentimientos de…

—Agnes —la interrumpe Joanie. Su voz corta el ambiente con una autoridad pasmosa—. Déjalo. Está bien.

Joanie mira a Agnes sin opción a réplica. Odia llamar la atención y montar números en público, justo lo contrario que yo, que parezco tener un imán para los desastres.

De pronto, un ladrido rompe el silencio, después le sigue otro y otro más.

Canela y Pecas aparecen desde el pasillo como dos guardaespaldas con complejo de doberman.

Canela se sitúa junto a la bota de Joanie enseñándome los colmillos, mientras Pecas da un paso al frente ladrándome como si me estuviera leyendo la lista de mis peores pecados.

Desde que llegaron a Birdsong Hills, nunca les he caído bien.

«Por qué será».

Niego con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos de la cazadora.

—Vaya recibimiento. Veo que sigo sin ser la favorita de la casa.

—Quietas —ordena Joanie. Y esa sola palabra le basta.

Las perras se sientan al unísono, aunque Canela no me quita el ojo de encima. Estoy segura de que la border collie recuerda perfectamente el amago de mordisco que me dio la última vez que intenté invadir el espacio personal de su dueña. Y, siendo justas, me lo tuve bien merecido.

Joanie se agacha un poco para acariciar distraídamente la cabeza de Pecas. Sus dedos se hunden con parsimonia en el pelaje de la perra, y ese movimiento tan simple me sacude el cerebro con imágenes que… no me convienen en… absoluto.

Me obligo a parpadear para borrar la escena. Joanie se incorpora y me clava una mirada indescifrable.

—¿Qué necesitas, Maddie? —pregunta. Usa un tono tan neutro e impecable que parece que este en una consulta médica y no frente a la mujer con la que he compartido cama —y sábanas revueltas— más de una noche.

—Ah sí… —respondo, apretando los puños dentro de los bolsillos—. Necesito que le eches un vistazo a Trueno. Esta mañana se ha lesionado.

El rostro de Joanie experimenta un leve cambio. Una milésima de segundo en la que la veterinaria vocacional que lleva dentro toma el control.

Sí, podremos trabajar en el mismo lugar. Pero intentamos evitarnos a toda costa.

—¿Qué le ha pasado? —pregunta, cruzándose de brazos preocupada.

—Se enganchó con unos arbustos cerca del arroyo sur mientras inspeccionaba los vallados. Se hizo un par de cortes en la caña izquierda; nada exageradamente profundo, pero sangró bastante y prefiero asegurarme de que no se le vaya a infectar.

No es una emergencia, y poder confiar en ella es un alivio. Porque jamás llamaría a un veterinario de ciudad. Eso lo tengo muy claro.

—Quiero que esté al cien por cien para las rutas turísticas del próximo martes —añado, esbozando una sonrisa inmediata—. Tengo un par de reservas importantes y no quiero cancelar nada. Birdsong Hills necesita el rodaje.

Joanie aprieta los labios y sus dedos tamborilean levemente contra su costado.

Sé que hay una parte de ella que se muere por mandarme a paseo, por decirme que llame a cualquier otro.

Y tendría todo el derecho del mundo. Porque además, tras heredar oficialmente las tierras colindantes a la hacienda, voy a tener mucha más presencia en la gestión junto a Darana —sí, vamos a trabajar codo con codo—, y a Joanie no le hizo mucha gracia.

—Iré después del almuerzo —comenta, soltando un suspiro casi imperceptible—. Ahora tengo que terminar de ayudar a Agnes. Hay mucho papeleo con el que ponerse al día.

Asiento con la cabeza, sintiendo que me vuelve el aire a los pulmones.

—Genial. Te lo agradezco. Si quieres que te espere para llevarte en la moto…

—No hace falta —me corta—. Tengo mi coche aquí.

Nos quedamos unos segundos flotando en un silencio incómodo. Antes, una mirada bastaba para estallar en carcajadas o terminar acorraladas contra la pared más cercana. Ahora la tensión se puede cortar con un cuchillo.

Carraspeo, dando un paso hacia atrás.

—Bien… os dejo trabajar. Gracias de nuevo, Joanie.

Agnes me sigue con la mirada fija como un halcón hasta que alcanzo la puerta.

—Te estoy vigilando —advierte.

Le dedico una última sonrisa antes de salir.

—Tu hospitalidad es legendaria, Agnes.

· · ·

Salgo al porche soltando una risotada. No porque me haga gracia, sino porque el sentido del humor es el único escudo que tengo para ocultar que Joanie Blake tiene cierto poder sobre mí, por mucho que nunca me haya interesado ir más allá.

El viento me azota la cara, espabilándome de golpe mientras camino hacia mi moto.

Me encasquetó el casco, arranco y el rugido del motor ahoga mis pensamientos.

Durante treinta minutos dejo que la velocidad me limpie la cabeza.

Varios kilómetros más adelante, reduzco la marcha al avistar los dos imponentes pilares de piedra que custodian la entrada de la propiedad de mi familia.

En la verja de hierro forjado destaca el apellido Strong en letras bien grandes.

Un recordatorio poco sutil de quién tiene la sartén por el mango en esta parte de la región.

Aprieto los dientes y enfilo el camino privado, flanqueado por acacias doradas y viejos eucaliptos rojos.

Al fondo se alza la casa principal. No es un hogar; es un monumento al ego de mi madre.

Una construcción de dos plantas, con una veranda inmensa que rodea la estructura y un tejado de chapa oscura que lleva aguantando tormentas desde hace décadas.

A los lados, las plantaciones de olivos se alinean en hileras perfectas sobre las colinas, y más allá se aprecian los viñedos que suministran uva a las mejores bodegas del estado.

Los Strong siempre han vivido de la tierra, no por amor a la naturaleza, sino porque mi madre aprendió que poseer las hectáreas significa controlar las vidas de los que dependen de ellas.

Y la cosa empeoró cuando el único capaz de ponerle un poco de corazón al asunto, murió.

«Ojalá estuvieras aquí, papá».

Aparco la moto junto a la escalinata, me quito el casco y entro en la casa.

El suelo cruje bajo mis botas mientras avanzo por el vestíbulo.

Todo está milimétricamente ordenado. Ni un cuadro torcido, ni una revista fuera de su sitio, ni un grano de polvo sobre la caoba. Victoria Strong en estado puro.

—Llegas cinco minutos tarde —dice una voz gélida desde el comedor.

Mi madre está sentada junto al ventanal, sosteniendo una taza de porcelana con una elegancia impecable. Viste un traje de chaqueta color marfil que parece sacado de una pasarela y mantiene la espalda tan condenadamente recta que dudo que sepa lo que es tumbarse en un sofá.

A veces me pregunto qué coño hace todavía en el Outback de Australia.

—Buenos días para ti también, mamá —digo con desgana, dejando el casco sobre la mesa del recibidor—. El ambiente en el centro comunitario estaba un poco concurrido.

—Los buenos días se ganan demostrando educación y puntualidad, Maddison.

—Vaya, y yo que pensaba que bastaba con una sonrisa, pero veo que las normas de etiqueta no han cambiado.

—Siéntate.

Me desplomo en la silla de enfrente justo cuando una de las empleadas de la casa me sirve una taza de café. El aroma es fuerte, amargo, idéntico al ambiente que se respira en este comedor. Mi madre remueve su bebida con una parsimonia exasperante.

—Me ha llegado el rumor de que anoche volviste a dar el espectáculo en La Espuela de Plata —suelta a bocajarro.

Cierro los ojos un segundo. No hemos tardado ni treinta segundos en empezar la función.

—La gente del pueblo es muy exagerada, mamá. Solo fue una noche de música entre amigos. Sabes que me gusta bailar.

—¿Es una exageración que terminaras subida a la barra del pub cantando a pleno pulmón con el mecánico del pueblo?

No puedo evitar que se me escape una pequeña carcajada al recordarlo.

—Fue una canción. Quizá dos. Nada que no haga cualquiera para quitarse el frío.

—Ya, por eso estás en boca de todos. Como siempre.

Apoyo los codos en la mesa, entrelazando los dedos y mirándola fijamente.