El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2)
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1
Joanie
Birdsong Hills, Australia.
El invierno australiano tiene una forma muy curiosa de engañar al cuerpo. El sol luce alto y brillante, el cielo presume de un azul limpio que parece recién pintado y, sin embargo, el aire fresco típico de agosto se te cuela bajo la ropa cuando menos lo esperas.
Respiro hondo mientras tiro con fuerza de la nueva malla metálica entre dos postes de los corrales.
El olor a eucalipto mezclado con la madera recién tratada todavía lo inunda todo.
Seis meses después de la gran tormenta, la hacienda sigue pareciendo en algunos puntos un lugar en plena en construcción.
Y, para qué nos vamos a engañar, mi vida sentimental también lo está.
Apoyo la bota contra el poste, aprieto los dientes y hago fuerza con los alicates.
—Vamos… cede un poquito… —le ruego al cable, mientras siento el esfuerzo en los brazos. El alambre termina por hacerlo y consigo fijarlo con una grapa. —¡Por fin!
Veterinaria y manitas de primera. Soy todo un partido.
Canela levanta las orejas desde donde vigila a un pequeño grupo de novillas.
A su lado, Pecas suelta un bostezo exagerado, como si reparar cercados fuera el espectáculo más aburrido del planeta.
Estas dos locas llevan unos cinco meses conmigo, después de haberlas rescatado de un hogar donde no las trataban nada bien.
—No me miréis así —les digo, señalándolas con el alicates—. Alguien tiene que trabajar en esta familia si queremos pagar vuestra comida.
Canela mueve la cola con esa expresión inteligente de los border collie. Pecas, en cambio, se limita a tumbarse de lado sobre la tierra, completamente convencida de que supervisar desde el suelo también cuenta como trabajar. Qué sinvergüenzas.
Recorro el cercado con la mirada para comprobar que no queda ningún hueco peligroso.
Desde la tormenta me he vuelto un poco paranoica y no es para menos, porque la supervivencia de estos animales es oro en Birdsong Hills.
Todos los días reviso cada valla dos veces y cada cerradura tres.
No pienso volver a permitir que Darana pierda ningún animal por confiarme.
De repente, un mugido grave rompe el silencio y veo que una de las vacas intenta acercarse demasiado a la zona recién reparada.
—Canela…
La perra sale disparada como una flecha, describe un arco perfecto alrededor del animal y, con una habilidad que sigue dejándome maravillada, consigue devolverlo al grupo sin un solo ladrido.
—Pero mírala qué empollona es —murmuro con una sonrisa, sacudiendo la cabeza. Canela gira la cabeza hacia mí y estoy bastante segura de que acaba de poner los ojos en blanco. Es su forma de recordarme que la que se distrae con facilidad soy yo.
—¡Menudo sargento estás hecha! —escucho desde el camino principal.
Darana y Camila avanzan entre las zonas reconstruidas, y no parecen tener ninguna prisa. Darana lleva una carpeta bajo el brazo; Camila sostiene dos tazas de café mientras la mira como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Verlas así, envueltas en esa complicidad tan natural, despierta en mí cierta envidia sana que prefiero no analizar demasiado.
Darana dice algo en voz baja y Camila sonríe con esa tranquilidad que tanto la define; luego, Darana le aparta un mechón de pelo de la cara y Camila responde dándole un pequeño golpe juguetón en el hombro antes de cogerla del brazo, inclinándose un poco más hacia ella.
«Qué empalagosas.»
—¿Sabéis que dais un poquito de envidia? —les grito, apoyándome en el poste.
Las dos levantan la cabeza al mismo tiempo.
—Buenos días para ti también —responde Camila entre risas, alzando uno de los cafés como saludo.
—¿Cómo va esa reparación? —pregunta Darana—. Sabes que de esto podría ocuparse Ricky ¿no?
—Me gusta arreglar cosas —le recuerdo—. Y si ninguna vaca decide hacer un curso intensivo de escapismo, todo irá bien. Aunque con estas dos de ayudantes… —señalo a las perras—, nunca se sabe.
—Te dije que yo también podía hacerlo —insiste Camila, acercándose un paso—. Los turnos en la nueva estación van de maravilla.
Niego con la cabeza.
—No voy a robarte tiempo, por mucho que estéis organizados sé que los chicos y tú tenéis mucho lío con las investigaciones. Además, estar sola un rato me ayuda a despejar la cabeza.
Camila sonríe y le pega un sorbo al café:
—La verdad es que no te imaginas la cantidad de datos que estamos recogiendo desde la tormenta. Desde entonces el microclima de la propiedad está alterado, y…
—Ay, no quiero escuchar rollos científicos tan temprano, que ya sabes que me siento idiota —la interrumpo con una carcajada, levantando las manos.
—Solo te estaba explicando la termodinámica del…
—Bla, bla. No te oigo —digo, tapándome los oídos.
Darana rompe a reír y rodea la cintura de Camila con un brazo, atrayéndola hacia ella.
—Pobrecilla. Nadie la deja hablar de sus aparatitos.
—Son instrumentos de medición, tampoco es tan difícil de entender —protesta Camila, aunque se deja abrazar sin la menor resistencia.
—Ya estamos… —murmuro, negando con la cabeza.
Las tres nos echamos a reír.
—En fin, nos vemos para la hora del almuerzo —les aclaro.
Y ellas siguen con su camino. Las veo tan felices que no entiendo cómo en su día Camila pudo casarse con Elijah y no empezar a salir con la mujer que estaba enamorada de ella.
Supongo que, como ella misma nos dijo, confundió estabilidad y costumbre con amor.
Cuando vives en un sitio tan pequeño, seguir la norma y no seguir a tu corazón, es de lo más habitual.
Y eso es parte de lo que también la llevo a marcharse.
«Pero ahora está aquí otra vez, y tú tienes que regresar a lo tuyo». Consulto el reloj de pulsera y veo que son las diez y veinticinco. Frunzo el ceño. No. Puede. Ser.
—¡Mierda! —Levanto la cabeza de golpe—. ¡Canela! ¡Pecas!
Las dos se plantan frente a mí al segundo, con las orejas alerta.
—¡Agnes nos va a matar! Hay que salir de aquí pitando.
Compruebo rápido que el ganado está tranquilo y que el cierre nuevo ha quedado firme. Una vez que guardo las herramientas, corro hacia mi viejo Nissan Patrol gris, un vehículo robusto, lleno de arañazos por los años de trabajo en el campo, pero totalmente fiable.
Abro la puerta trasera y las perras saltan dentro, acomodándose en su manta.
—Portaos bien o Agnes os convertirá en abrigos —les advierto antes de arrancar el motor.
Me encanta ver la cara de pánico que ponen cada vez que digo eso.
Salimos por el camino de tierra que serpentea entre pastos y eucaliptos. El trayecto hasta Willow Creek suele durar unos veinte minutos, pero hoy tengo prisa. El sol arranca destellos dorados y el aire fresco entra por la ventanilla, ayudándome a relajar los hombros.
Justo cuando voy a enfilar la salida principal de la finca, Angus, el burro más descarado de toda Australia, decide que es un momento excelente para reclamar atención, y lanza un rebuzno monumental que resuena en todo el valle.
Pecas cambia de dirección como un misil dentro del coche, ladrando emocionada.
—¡No! —grito, frenando el coche. Pero ya es tarde, porque Canela se asoma también por la ventanilla, uniéndose al escándalo. Las dos empiezan a dar vueltas en el asiento, ansiosas por bajar.
—¡Canela! ¡Pecas! ¡Dejad al pobre animal tranquilo!
Angus responde con otro rebuzno, y no puedo evitar echarme a reír mientras consigo calmarlas con un par de golosinas de emergencia que llevo en la guantera.
—Sois un caso perdido, de verdad —murmuro, acariciándoles la cabeza antes de retomar la marcha. Agnes ya llevará diez minutos esperándome. Y cuando haces a Agnes esperar… más vale llevar una buena excusa.
· · ·
El centro comunitario de Willow Creek ocupa el mismo edificio de madera desde hace más de cincuenta años.
Las paredes exteriores todavía conservan marcas del temporal, pero la pintura reciente las disimula bastante bien.
Aparco el vehículo junto a otros coches polvorientos y bajo del coche recuperando el aliento.
Canela camina a mi lado con elegancia, mientras Pecas se deja caer panza arriba en el porche en cuanto abro la puerta.
—Ni se os ocurra dejarme sola —les advierto en un susurro.
—Llegas tarde.
Agnes está plantada en mitad del porche con los brazos cruzados. Lleva su clásica chaqueta acolchada color mostaza, vaqueros y esas botas viejas que se niega a jubilar. Su pelo entrecano se escapa del recogido, lo que suele ser señal inequívoca de que su paciencia está al límite.
—¿Algún día vas a descubrir lo que significa la palabra puntualidad? —pregunta, arqueando una ceja.
Junto las manos pidiéndole perdón.
—Lo siento, de verdad. Se me ha complicado la mañana con la valla de las novillas y… bueno, Angus ha decidido bloquear la salida.
Agnes mira a Canela y a Pecas, que permanecen sentadas con cara de no haber roto un plato.
—Claro. La culpa siempre es de los animales.
—En este caso sí —insisto con una sonrisa—. Especialmente del burro.
Agnes intenta mantener el gesto serio, pero termina soltando una carcajada cálida.
—Anda, entra de una vez.
—¿Eso significa que me perdonas? —pregunto, siguiéndola al interior.
—Significa que aún no he decidido el castigo. Te va a costar uno de esos cruasanes de El Colibrí.
—Hecho.
El interior es un hervidero de vecinos cargando cajas, tablones y archivadores. Da gusto verlo; hace unos meses esto parecía una zona catastrófica y ahora rebosa vida y propósitos compartidos.
—Coge esa caja —me ordena Agnes, señalando una pila de documentos. La levanto y está a punto de besar el suelo—. Joder, ¿qué hay aquí dentro?
—Papeles de las subvenciones para la reconstrucción. Kilómetros de burocracia —responde ella guiándome hacia la sala principal.
Dejo la caja sobre una de las mesas nuevas. A través del ventanal que da al exterior, veo a unos niños corriendo tras una pelota y a la gente charlando tranquilamente bajo el sol.
— Menos mal que Camila y los chicos supieron prevenirnos. A veces olvido lo cerca que estuvimos de perderlo todo —comento en voz baja.
Agnes se para a mi lado y me da una palmadita cariñosa en la espalda.
—Tus padres estarían muy orgullosos de ti. De cómo también has ayudado a levantar este pueblo y Birdsong Hills.
Siento un nudo en la garganta y tengo que tragar saliva antes de mirarla a los ojos.
—Si hoy sigo en pie… es gracias a ti.
Cuando pasó aquel accidente en el que murieron, yo me quedé completamente perdida y esta mujer me abrió la puerta de su casa; incluso trabajó horas extra para pagarme los estudios y apoyarme en todo. Es mi única y mejor familia.
Agnes carraspea ruidosamente, incómoda con las muestras de afecto, y agita las manos para disimular la emoción.
—Bueno, ya vale de sensiblerías, que me vas a hacer llorar. Cambiemos de tema, que tengo noticias frescas.
Me cruzo de brazos, entornando los ojos con sospecha.
—¿Ya te han pegado la bronca por andar cotilleando con los prismáticos?
—¿Por qué asumes que…? Joanie Blake, qué poca fe —replica con una sonrisa inocente y después niega con la cabeza.
—¿Te acuerdas de Luke, el nieto del viejo Henderson?
Regresa al pueblo la semana que viene después de trabajar años en una gran explotación ganadera al norte.
Como viene de nuevas, y tú te llevabas de maravilla con él…
he pensado que podrías enseñarle cómo han cambiado los caminos y las fincas. Un paseo, un café…
—No. Por muy mejor amigo que fuera cuando éramos jóvenes, a eso se le llama una cita a ciegas. Y paso.
—Eso se llama hospitalidad. Joanie, no quiero que te entierres en el trabajo solo porque no has tenido buena suerte con el amor. Ni con esa…
—No me escondo. Estoy bien sola.
—¿Ah, sí? —Agnes se acerca—. Dime entonces cuándo fue la última vez que tuviste una cita de verdad.
Abro la boca para defenderme, pero la vuelvo a cerrar al quedarme sin argumentos. Maldita sea, cómo me conoce.
—Eso pensaba —sentencia ella—. Solo quiero volver a ver esa chispa que tenías antes en los ojos, cielo.
La palabra «antes» flota en el aire y ambas sabemos perfectamente a qué momento se refiere. Antes de que Maddie se atreviera a jugar conmigo. Antes de que abriera el corazón a una mujer que nunca ha querido nada serio de verdad.
—Estoy bien.
De repente, el rugido de un motor rompe la tranquilidad de la plaza. A través del cristal del ventanal, una moto negra aparca junto a la acera. La piloto se quita el casco despacio y una melena castaña cae sobre una chaqueta de cuero. Mi estómago se tensa de inmediato.
Maddie Strong levanta la cabeza y clava sus ojos directamente en el ventanal, directos hacia mí, y enseguida, una media sonrisa, descarada y terriblemente familiar, aparece en sus labios.
Sí, es mala idea trabajar cerca de la que puedes considerar una ex —aunque ella no lo vea así—.
Al segundo, sus pasos avanzan por el pasillo y entran en la sala de reuniones con esa seguridad arrolladora que siempre la acompaña.
Maddie se detiene y me mira fijamente, ignorando por completo todo lo demás.
—Así que aquí te escondías —dice y le planta un guiño a Agnes—. Llevo toda la mañana buscándote.
Adiós a mi paz mental.