El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) Valió la pena
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Valió la pena

Geir murió viejo, muy viejo, más de lo que ningún hombre del norte espera llegar a ser, a la sombra del olivo que había plantado, lejos del mar, rodeado de su gente, en paz; es decir, murió de la manera que Steinar tenía por la peor de todas, y que resultó ser la mejor.

Porque toda su vida, de joven, Geir había oído a los hombres del norte temer una sola muerte por encima de todas, no la del hierro, que esa la deseaban, sino la otra, la del jergón: morirse viejo, en una cama, junto a un fuego, sin que nadie cante, contándoles a unos niños que no son tuyos las cosas que quemaste de joven.

Esa era la pesadilla del norte, la muerte del cobarde, la muerte sin gloria.

Y Geir se murió exactamente así, viejo, en su cama de tapia, una mañana de primavera, sin una canción, sin una gesta, sin gloria ninguna.

Solo que no fue una pesadilla. Fue lo contrario.

Porque no se murió junto a un fuego ajeno contando lo que quemó: se murió en su casa, en su tierra, junto a Columba, su mujer de toda la vida, con sus hijos y sus nietos entrando y saliendo de la habitación, los hijos de ojos grises y los nietos en los que la sangre del norte ya casi no se veía, contándoles, los días que tenía fuerzas, no las cosas que quemó, sino el cuento del lobo que plantó un olivo, sin decirles nunca que era él.

—¿Sabes qué pienso, ahora que me muero? —le dijo a Columba una de aquellas últimas mañanas, la voz fina, la mano vieja buscando la de ella sobre la manta—.

Pienso en los dos mil que entramos por las Columnas.

En toda aquella fuerza. Éramos como dioses, Columba.

Hacíamos temblar a los reyes. Y de toda aquella fuerza, de todo aquel poder, no quedó nada.

El mar se tragó a la mitad en una noche, y el fuego a la otra mitad en el Estrecho, y de los dos mil no quedó ni el nombre, cuatro líneas en una crónica que nadie lee.

—Apretó la mano de su mujer—. Y yo, que fui el más cobarde de todos según ellos, el que se bajó del barco, el que tuvo miedo, mírame.

He vivido cincuenta años más que ellos. He tenido esto.

—Movió la cabeza despacio, abarcando la habitación, la casa, los hijos en la puerta, el olivo que se veía por la ventana—.

A ti. A los niños. El árbol. La tierra. Cincuenta años de paz robados al mar.

¿Quién ganó, Columba? ¿Los dioses que ardieron en el Estrecho, o el cobarde que plantó un olivo?

—Sonrió, los ojos cerrados, la cara vuelta hacia la ventana y el sol—.

Yo gané. El cobarde ganó. Lo entendí tarde, en una playa, casi por azar, por puro cansancio y por un cuento que me contó un manco de niño.

Pero lo entendí. Y aquí estoy, para demostrarlo. Vivo. Viejo. Feliz.

Se fue apagando despacio, sin dolor, a lo largo de aquella primavera, durmiendo cada día un poco más, hablando cada día un poco menos.

Una mañana pidió que lo sacaran al altillo, a la sombra del olivo, y entre dos hijos lo subieron en una silla y lo sentaron allí, bien abrigado, bajo el árbol grande que él había plantado de esqueje el primer otoño de su vida nueva y que era ya, medio siglo después, un olivo viejo y hermoso de tronco retorcido y copa gris, cargado de las flores menudas que anunciaban la aceituna del año.

Y Geir se quedó allí, mirando sus campos, el valle, y muy lejos, hacia el sur, en el día claro, la línea fina y azul del mar que lo había traído como invasor y lo había hecho fundador.

Tuvo, aquella mañana, una de esas horas de paz absoluta que la vida concede a veces a los que han llegado al final habiendo hecho las paces con todo.

—Aquí —le dijo a Columba, que estaba a su lado, en voz muy baja—.

Cuando me muera, aquí. Bajo el olivo. Para que mis huesos den de comer a las raíces, y las raíces den sombra a los nietos.

Es un buen sitio para acabar, mujer. Junto a mi árbol, en mi tierra.

Quién me lo iba a decir, a mí, el lobo, el que cruzaba mares para coger.

Que iba a acabar así de bien. —Y cerró los ojos al sol, y sonrió—.

Lo mejor que hice en mi vida fue bajarme del barco.

Que no se les olvide a los nietos. Díselo.

Que el abuelo, lo mejor que hizo, no fue nada de lo que hacen los héroes.

Fue bajarse a tiempo. Fue quedarse. Fue plantar un árbol.

No murió aquel día, sino unas semanas después, ya entrada la primavera, de noche, en su cama, en paz, con Columba velándolo.

Se durmió, sin más, y no despertó. Y lo enterraron donde había pedido, en el altillo, bajo el olivo, y pusieron sobre la tumba una piedra, y en la piedra el cura mozárabe escribió su nombre cristiano, el del bautismo, porque el otro, el del norte, ya no lo sabía nadie, ni sus hijos; se había perdido, como se pierde todo lo que no se cuenta, y solo quedaba, debajo, en la tierra, junto a las raíces del olivo, el viejo lobo que cruzó un mar para coger y se quedó a labrar, sin nombre ya, vuelto del todo, al fin, tierra del sur.