El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El que se bajó del barco
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El que se bajó del barco

Se había ido aclarando con los años, como se aclara el vino aguado, hasta volverse leyenda, medio creída, medio cuento de viejas.

Que hacía mucho, muchísimo, antes de que naciera el abuelo del abuelo, había llegado a la aldea un hombre venido del fin del mundo, del norte, de los paganos de pelo claro y ojos de hielo que antiguamente venían del mar en barcos con cabeza de dragón a quemar y a robar.

Que aquel hombre había sido uno de los lobos de la flota más grande que se vio jamás, la que pasó las Columnas de Hércules y ardió después, entera, en un fuego que se vio desde las dos orillas del Estrecho.

Y que él, uno solo de todos, el día antes de que la flota fuera a su perdición, se había bajado del barco, había rendido el hierro, se había hecho cristiano y labrador, y se había venido tierra adentro a plantar olivos y a tener hijos de ojos grises, y había sido, decían, feliz, y había muerto muy viejo bajo su árbol.

Los niños lo escuchaban como escuchaban los cuentos de los moros encantados y los tesoros enterrados, sin saber si era verdad.

Y los viejos que lo contaban tampoco lo sabían ya del todo.

Pero lo contaban, porque algo en aquel cuento del que se bajó pedía ser contado, generación tras generación, sin que nadie supiera muy bien por qué.

Y quedaba el olivo. El olivo grande del altillo, el más viejo de toda la aldea, el del tronco retorcido y gris y la copa enorme, que llevaba allí, según decían, desde el principio de los tiempos, y que había plantado, contaba el cuento, aquel hombre del norte con sus propias manos el primer año, recién bajado del barco.

Daba sombra y daba una aceituna buena, y la gente de la aldea recogía su fruto cada otoño como lo habían recogido sus padres y los padres de sus padres, sin pensar ya en quién lo había plantado ni por qué, igual que se hace todo lo que se hace porque siempre se ha hecho.

El olivo había sobrevivido al nombre del que lo plantó, que se perdió.

El cuento había sobrevivido a la certeza de si era verdad.

Y eso, comprendería cualquiera que mirase hondo, era la huella más verdadera de aquel lobo que se quedó: no una gesta, no una crónica, no una canción que cantar, sino un árbol viejo que daba sombra y un cuento que se contaba bajo, junto al fuego, y que decía, a quien quisiera oírlo, una cosa sencilla y difícil: que se puede.

Que en mitad de la peor de las travesías, cuando todos reman hacia el fondo seguros de que no bajarse es lo que hace a un hombre, se puede uno bajar del barco, y rendir el hierro, y quedarse a plantar, y vivir, y ser, contra todo lo que enseña el mundo, feliz.

Porque de la flota más grande que el norte botó jamás, de los dos mil lobos que pasaron cantando las Columnas, no quedó nada.

El mar se tragó a la mitad en una noche de tormenta, y el fuego del emir a la otra mitad en el Estrecho, y de su oro no quedó memoria, y de su gloria, cuatro líneas secas en las crónicas del sur: que en tal año los al-majūs subieron por el Estrecho y el emir, a quien Dios ensalce, los quemó con su fuego.

Eso fue todo lo que duró de la fuerza más grande del mundo, de los hombres que se creyeron dioses.

Lo que hizo ruido se olvidó. Pero en una aldea pobre del interior, lejos del mar, lejos de las crónicas, siguió creciendo un olivo, y siguió naciendo de tanto en tanto un niño de ojos grises, y siguió contándose, junto al fuego, el cuento del único de aquellos lobos que acertó: el que tuvo el valor de bajarse del barco. Lo que echó raíz, duró.

Y en algún sitio, muy lejos de allí y mucho tiempo atrás, a la sombra de otro olivo, junto a otro río, un viejo que había hecho ese mismo viaje, de coger a quedarse, había deseado en voz alta, una vez, despidiendo desde la orilla a aquella misma flota que bajaba a su perdición, que uno solo de todos aquellos hombres, uno, se cansara del saqueo como él se había cansado, y encontrara un río donde quedarse, y aprendiera, antes de morir, que la fuerza de verdad no era la de coger, sino la de quedarse.

Aquel viejo no lo supo nunca. Murió sin saberlo, en su isla del río grande, bajo su propio olivo.

Pero su deseo se cumplió. Uno se salvó. Uno se cansó, y se bajó del barco, y encontró su tierra, y plantó su árbol, y fue feliz.

No muchos. Uno. Pero salvar a uno, en este mundo, junto a un río o junto a otro, en una orilla o en otra, ya es casi todo lo que se puede pedir.

Y ese uno, contra el mar entero, contra el fuego, contra su propia sangre, se quedó.