El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El que volvió
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El que volvió

Recaredo volvió, al fin, cuando Geir ya era muy viejo y había hecho las paces con la idea de morirse sin volver a verlo, y volvió hecho un hombre, y volvió, sobre todo, entendiendo, que es lo único que un padre puede pedirle de verdad a un hijo que se fue.

Habían pasado muchos años. Geir había recibido, de tarde en tarde, alguna noticia suelta, traída por un romero o un arriero: que su hijo andaba por el norte cristiano, que lo habían visto en una ciudad de más allá de los montes, que se había embarcado, que servía a un señor, que estaba vivo.

Noticias sueltas, a meses una de otra, lo justo para saber que no se había muerto y para seguir esperándolo cada primavera por el camino.

Columba envejeció esperándolo, año tras año, sin perder nunca la fe de que volvería, encendiendo cada noche, ya por pura costumbre, un candil en la ventana por si su hijo llegaba de noche por el camino y veía la luz y sabía que lo esperaban; y Geir, que no tenía aquella fe, que muchas noches, en lo hondo, daba al hijo por muerto o por perdido para siempre en el mundo ancho, callaba y dejaba a su mujer encender su luz, porque quitarle a una madre la esperanza de un hijo es la única crueldad que no se le hace ni al peor enemigo.

Y de viejo Geir entendió, además, que cada cual hace su camino al paso que puede, y que los hijos no le deben a uno la vida que uno habría querido para ellos, y dejó de penar por la tardanza, y se limitó, como Columba, a esperar.

Y una tarde de otoño, ya Geir muy viejo, casi ciego, sentado a la puerta como se sentaba siempre, oyó pasos en el camino, y una voz que preguntaba por él, y supo, antes de verlo, antes de que la voz dijera «padre», que era Recaredo, porque hay cosas que el cuerpo sabe antes que los ojos.

Y se levantó como pudo, temblando, y el hijo lo abrazó, y los dos se quedaron así, mucho rato, el viejo y el hombre que volvía, sin decir nada, porque no había palabras para tantos años.

Recaredo había visto el mundo. Se lo fue contando a Geir en los días que siguieron, despacio, sentados a la sombra del olivo viejo: había cruzado los montes, había visto ciudades grandes del norte cristiano, había estado en la mar, en barcos de mercaderes, había conocido tierras y gentes y lenguas, había tenido oro y lo había perdido, había estado a punto de morir más de una vez, había vivido, en fin, la vida ancha y errante que de joven le quemaba por dentro.

Y había aprendido, despacio, a base de leguas y de años y de soledades, lo que su padre le había dicho una mañana y él no había podido entender: que el mundo de fuera, por grande que sea, está casi todo igual de vacío que un valle, solo que sin los tuyos; que la vida no estaba en el horizonte, en lo siguiente, en lo de más allá, por mucho que el ansia jurara que sí; que un hombre puede recorrer el mundo entero buscando algo y descubrir, al final, cansado, que lo que buscaba lo tenía detrás, en casa, en la cosa más pequeña, y que no lo vio por estar mirando lejos.

—Acabé entendiendo tu cuento, padre —le dijo una de aquellas tardes, bajo el olivo—.

El del hombre que cruzó medio mundo cogiendo y un día se bajó del barco y volvió a plantar un árbol.

Lo entendí en la mar, una noche, lejísimo, rico de un oro que no me sabía a nada, rodeado de hombres que no eran nadie para mí, y de pronto me acordé de ti, aquí, bajo este olivo, con madre, con la tierra, y entendí que tú, el labrador callado del que yo de joven casi me avergonzaba un poco, que se conformaba con tan poco, eras el hombre más rico que yo había conocido, y que yo había cruzado el mundo para aprender lo que tú ya sabías sin moverte.

—Miró a su padre, viejo, ciego, sonriendo—.

Ese hombre del cuento eras tú, ¿verdad? El que cruzó el mar cogiendo.

El que se bajó del barco. No era un cuento. Eras tú.

Y Geir, por fin, ya sin miedo, porque al borde de la muerte se acaban los miedos, le contó al hijo la verdad entera: el norte, el fiordo, la flota de Hastein, el saqueo, el lobo que había sido, la noche en que se bajó del barco.

Todo. Y Recaredo lo escuchó sin espanto, con asombro, con orgullo casi, porque ya era un hombre que había visto mundo y sabía que los hombres son muchas cosas a lo largo de una vida, y que el padre que plantó el olivo era más admirable, no menos, por haber sido antes el lobo que cruzó el mar.

Y aquella confesión, hecha al final, de padre a hijo, bajo el olivo, fue para Geir como soltar un peso que había cargado cincuenta años: por fin alguien de su sangre sabía quién había sido y de dónde venía, y no lo despreciaba por ello, sino que lo entendía.

La historia no se moría con él. Pasaba al hijo.

Recaredo se quedó. Tomó la tierra, el olivo, la casa, y no se volvió a ir, no porque ya no pudiera, que podía, sino porque ya no quería, porque había elegido, libremente, después de haberse ido y vuelto, la misma orilla que su padre eligió; y esa elección, la del que vuelve sabiendo lo que deja fuera, era la prueba que Geir necesitaba para morirse en paz: que la semilla del olivo había sido, al final, como él apostó, más fuerte que la sangre que tiraba.