El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El escribano vuelve
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El escribano vuelve

Servando volvió una vez, muchos años después, cuando Geir ya era viejo y casi había dejado de esperar volver a verlo, y los dos ancianos cerraron, a la sombra del olivo, el círculo que habían abierto en una playa, atado el uno y armado el otro, toda una vida atrás.

Llegó una mañana de otoño, en una mula, con un criado joven, y al principio Geir no lo reconoció: un viejo encorvado, calvo, con los dedos torcidos y manchados de tinta de toda una vida de inclinarse sobre pergaminos, envuelto en una capa buena de paño de ciudad.

Solo cuando el viejo bajó de la mula y lo miró, con unos ojos que seguían siendo, bajo las arrugas, los mismos ojos serenos de hombre que ya lo ha perdido todo y por eso nada teme, Geir lo reconoció, y se le saltaron las lágrimas, a él, al viejo lobo que ya casi no lloraba.

—Te dije que un escribano sin patria puede ir a cualquier sitio —dijo Servando, con una voz cascada pero entera, sonriendo con la boca medio desdentada—.

He sido escribano del cadí, ¿sabes? En la ciudad.

Respetado. Rico, casi. He copiado libros, he redactado pleitos, he enseñado a leer a hijos de gente importante.

Una buena vida, para el cautivo flaco que ibas a vender en un mercado.

—Miró alrededor, la casa, el altillo, el olivo grande y retorcido cargado de aceituna, los campos, y luego a Geir, viejo, moreno, encorvado, de labrador—.

Y mírate tú. El lobo que iba a coger la ciudad de plata.

Hortelano. Con un olivo más viejo que mis nietos.

Se sentaron los dos a la sombra del olivo, en el altillo, en un poyo de piedra que Geir había puesto allí precisamente para sentarse a mirar los campos al atardecer, y se quedaron mucho rato sin decir gran cosa, cómodos en el silencio de los muy viejos que se entienden, que ya se lo han dicho todo y a los que las palabras les sobran.

Columba les sacó vino y aceitunas y pan, y se retiró, callada, dejando solos a los dos viejos con su historia de medio siglo.

—Lo escribí —dijo Servando al fin, mirando los campos dorarse en la tarde—.

Todo. Lo que pasó. La flota, las sesenta naves, el río cerrado, Algeciras, el rey de los vascones, la tormenta, el fuego del Estrecho.

Y a ti. Cómo te bajaste del barco en aquella playa, el día antes de que la flota fuera a arder.

Lo escribí en un libro, en mi casa de la ciudad, con mi mejor letra, despacio, en los años que me quedaban.

—Se rió, una risa frágil—. No sé si servirá de algo.

Los libros se pierden, como los hombres; arden, se mojan, los roen los ratones, se olvidan en un arca.

De los míos no sé qué quedará. Pero por si acaso.

Por si dentro de cien años, o de doscientos, alguien lo encuentra y lo lee y necesita saberlo.

Porque las crónicas, Geir, las que escriben los que ganan, contarán solo la guerra: que los al-majūs subieron por el Estrecho y que el emir los quemó, cuatro líneas, y se acabó.

No contarán lo otro. Lo tuyo. Que de aquella flota de dos mil lobos hubo uno, uno solo, que se cansó, y se bajó del barco, y se quedó a plantar un olivo, y fue feliz.

Eso no lo cuenta ninguna crónica. Eso lo he tenido que escribir yo, el cautivo flaco, porque si no, se perdía, y era lo único de toda aquella historia que valía la pena guardar.

—¿Y por qué iba a necesitar saberlo nadie? —dijo Geir, despacio, como había preguntado, casi con las mismas palabras, toda una vida atrás, en una playa.

—Porque siempre habrá hombres en barcos que van al fondo —dijo Servando, y era casi lo mismo que le había contestado entonces, como si hubieran tardado cincuenta años en cerrar aquella conversación—.

Siempre. Cambiarán los barcos, cambiarán los mares, cambiarán los fondos, pero siempre habrá hombres remando con todas sus fuerzas hacia su propia perdición, convencidos de que no bajarse es lo que hace a un hombre, de que parar es de cobardes.

Y a esos, de tanto en tanto, a uno de cada mil, le viene bien que alguien le cuente que hubo otro, una vez, que se bajó, y que no se hundió con los demás, sino que vivió, y plantó, y fue feliz.

Tú eres ese, Geir. Lo fuiste sin pretenderlo.

Y yo lo he escrito. Entre los dos, a lo mejor, dentro de mucho tiempo, salvamos a alguno.

No a muchos. A uno. Y salvar a uno, ya te lo dije el primer día, atado, cuando me diste agua, ya es algo.

En este mundo, salvar a uno ya es casi todo lo que un hombre puede aspirar a hacer.

Se quedaron hasta que cayó la tarde, los dos viejos bajo el olivo, viendo el sol ponerse sobre los campos del sur, hablando poco, en paz.

Y al día siguiente Servando se marchó, en su mula, con su criado, de vuelta a su ciudad, y los dos sabían, al despedirse, que era la última vez, que no se volverían a ver, y no hizo falta decirlo.

Servando alzó una mano frágil desde la mula, en saludo, y Geir la alzó desde la puerta, y así se despidieron, sin palabras, el lobo del norte que se hizo hortelano y el cautivo del sur que se hizo escribano, dos hombres que habían empezado como amo y esclavo en una playa y terminaban como dos viejos amigos bajo un árbol, habiéndose dado el uno al otro, a lo largo de toda una vida, lo único que de verdad importa que se den los hombres: el primero, agua; el segundo, una razón para guardarlo todo.