El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El escribano sin patria
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El escribano sin patria

Mientras Geir aprendía a labrar en su aldea del interior, Servando vivía en una ciudad del sur su propia versión de la misma vida, la del hombre que no es de ningún sitio y que hace de esa orfandad un oficio, y de tarde en tarde, por un romero o un mercader, le llegaba a Geir noticia de su antiguo cautivo, y se alegraba de saberlo vivo y medrando, aunque no se vieran en años.

Servando se había hecho escribano, como era su sino, en una de las ciudades grandes del sur, populosa, de muchas calles y muchos zocos, donde convivían, mal que bien, las tres gentes del Libro: los musulmanes, que mandaban; los cristianos como él, los mozárabes, que pagaban su impuesto y rezaban bajo y guardaban su fe vieja; y los judíos, que comerciaban y prestaban y sabían cuentas y medicina.

Y Servando, que hablaba las lenguas de los tres y respetaba a los tres y no era del todo de ninguno, se movía entre ellos como pez en el agua, redactando cartas y contratos y pleitos para quien lo pagara, fuera moro, cristiano o judío, sin preguntar, porque la pluma no tiene religión y un buen escribano es de quien le paga.

Llegó a tener nombre, Servando, a ser buscado, a ganar lo suyo, a vivir bien, él, el cautivo flaco que un lobo iba a vender en un mercado.

Pero por dentro siguió siendo siempre lo que había sido desde niño: un hombre sin patria.

No del todo cristiano, porque vivía entre moros y los entendía demasiado bien para odiarlos como le pedía su fe; no moro, porque rezaba al crucificado; no de aquí ni de allí, sino de en medio, de la frontera invisible que cruza por dentro a los que entienden a todos los bandos y no pueden ser del todo de ninguno.

Y aquella orfandad, que de joven le había dolido como una herida, de viejo la entendió como un don, y se lo había dicho a Geir una vez, en la playa, atado: que no ser de ningún sitio era la única manera de poder unir todos los sitios, de ser el puente.

Servando fue eso toda su vida: un puente.

Entre el moro y el cristiano, entre el cautivo y el lobo, entre lo que pasaba y lo que quedaría escrito.

Porque esa fue su otra vida, la secreta, la que de verdad le importaba: la de guardar la memoria.

De noche, terminado el trabajo de pago, Servando escribía para sí, en su casa de los libros, lo que iba viendo y oyendo, las historias de la gente, lo que las crónicas oficiales no contarían nunca, porque sabía, desde aquel día en la playa, que lo que no se escribe se pierde, y que las crónicas las escriben los que ganan y cuentan solo la mitad que hace ruido.

Y entre todo lo que guardó, lo que más le importó guardar, lo que se prometió no dejar morir, fue la historia de Geir.

La del lobo que se bajó del barco. La fue escribiendo a lo largo de los años, despacio, con su letra fina, en un libro que guardaba aparte de los demás, porque sabía que aquella historia, la de un enemigo que dejó de serlo, la de un hombre que cambió, era la única que de verdad valía la pena salvar de todo lo que había visto, la única que, si llegaba a unos ojos dentro de cien años, podría servir de algo, podría salvar a alguien.

Vivía solo, Servando, sin mujer ni hijos, casado tarde y viudo pronto, dedicado a la pluma, y a veces, de noche, en su casa de los libros, se preguntaba para qué tanto guardar, tanto escribir, si los libros se pierden y los hombres se olvidan; y se contestaba lo mismo que le había dicho a Geir en la playa: que salvar a uno, dentro de mucho tiempo, ya era algo, ya era casi todo, y que un hombre que guarda una historia verdadera para un lector que aún no ha nacido hace, con su pluma callada, más por el mundo que todos los reyes con sus ejércitos.

Y cuando se sintió viejo, y supo que le quedaba poco, decidió ir a ver a Geir una última vez, antes de que se les acabara a los dos, a llevarle la noticia de que su historia estaba escrita, guardada, a salvo del olvido; y se puso en camino, viejísimo, hacia la aldea del interior, a cerrar el círculo.