La boda de Eulalia
Si Recaredo fue el hijo que tiró hacia fuera, hacia el mundo, Eulalia, la hija, fue la que tiró hacia dentro, hacia la tierra, y su boda fue para Geir una de las alegrías más hondas y más calladas de su vida, porque en ella vio echar raíz, ante sus ojos, la sangre que había cruzado un mar.
Eulalia era la segunda, morena del todo como la madre, sin los ojos grises del padre, y desde niña fue de la casa y de la tierra, de las que no miran el horizonte sino el surco, de las que saben dónde está cada cosa y cómo se hace cada faena y cuándo se siembra y cuándo se recoge.
No le quemaba por dentro ningún mundo de fuera; le bastaba el de dentro, el valle, la aldea, la gente.
Y a su tiempo se enamoró, como se enamoran las mozas del campo, de un mozo de la propia aldea, un tal Esteban, hijo de un vecino, labrador como ella, callado y trabajador, ni guapo ni feo, de los que hacen buenos maridos porque no tienen ínfulas, y los dos se casaron, una primavera, en la iglesia de barro, con toda la aldea de fiesta.
Y Geir entregó a su hija. Él, el lobo del norte, el que había cruzado el mar en un barco de dragón para robar, entregó a su hija morena en la iglesia de barro de una aldea del sur a un mozo labrador, ante un cura mozárabe, con la bendición de un dios que treinta años atrás no era el suyo, y se quedó al fondo de la iglesia, viejo ya, mirando, con una emoción que le apretaba la garganta y que no se parecía a ninguna de las que había sentido en su vida de lobo.
Porque aquello era lo contrario de todo lo que había sido.
Un lobo coge mujeres; las roba, las carga al barco, las vende.
Y allí estaba él, entregando a la suya, dándola, libremente, con alegría, a un hombre de bien, para que fundaran una casa, una familia, una raíz nueva en la misma tierra.
La rueda entera de lo que él había sido, vuelta del revés.
Y supo, viéndolos casarse, que aquello, aquella boda pequeña y pobre de dos labradores en una iglesia de barro, era una victoria más grande, más verdadera, que todas las ciudades que había saqueado, porque las ciudades que saqueó eran polvo y humo, y aquella boda iba a dar hijos, y nietos, y una larga descendencia enraizada en la tierra del sur, gente que viviría y trabajaría y se querría y se moriría en aquel valle durante generaciones, sin saber nunca que en su sangre, muy al fondo, corría el hielo de un mar del fin del mundo.
Esteban y Eulalia se quedaron en la aldea, claro, que para eso eran de los que se quedan, y le dieron a Geir, antes de que muriera, los primeros nietos, unos críos morenos en los que de tanto en tanto asomaba, en unos ojos, el gris del abuelo del norte, y Geir, ya muy viejo, los cogía en brazos y los miraba con aquellos ojos suyos que iban perdiendo la luz, y pensaba que aquella era la verdadera cosecha de toda su vida, la única que importaba: no el oro que se hundió en el Estrecho, no las ciudades que ardieron, sino aquellos críos morenos de ojos a veces grises que jugaban en el barro de una aldea del sur, hijos de su hija, raíz de su raíz, prueba viva de que un lobo, si se baja a tiempo del barco, puede dejar en el mundo algo más que humo.
Eulalia fue la que se quedó. Recaredo, el que se fue.
Y Geir, que los quería a los dos por igual, aprendió de ellos, ya viejo, la última lección: que una casa necesita las dos cosas para no morirse, el que se queda a guardar la raíz y el que se va a buscar mundo y a veces vuelve; que la tierra es de los que se quedan, pero que sin los que se van, de cuando en cuando, la tierra se ahoga en sí misma; y que un padre sabio no elige entre sus hijos, sino que bendice al que se queda y bendice al que se va, y deja la puerta abierta para los dos.