El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) La sangre que tira
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La sangre que tira

Recaredo se quería ir, y Geir lo sabía, y los meses que siguieron a aquella conversación fueron para el padre los peores desde el mar, porque se le planteó la pregunta más difícil que se le plantea a un hombre que ha echado raíz: si se tiene derecho a atar a un hijo a la tierra de uno, o si querer a un hijo es, también, dejarlo irse a buscar la suya.

Columba lo veía sufrir y no entendía del todo, porque ella era de la tierra de siempre, sin sangre errante, y para ella un hijo que se quería ir era una pena, sí, pero una pena natural, de las que tiene la vida; los hijos crecen y a veces se van, a una ciudad, a servir, a buscarse el pan, y se llora y se aguanta.

No veía, Columba, lo que veía Geir, que era otra cosa, más honda y más negra: no a un hijo que se va a buscar el pan, sino a un hijo al que tira la misma sangre que tiró de su padre hacia un barco de muerte.

Geir tenía miedo no de que Recaredo se fuera, sino de en qué se podía convertir si se iba; de que el ansia de ver mundo lo llevara, como lo había llevado a él, a un sitio donde la única manera de seguir era coger; de que el muchacho de los ojos grises acabara, lejos, en alguna costa, siendo lo que su padre había dejado de ser, un lobo, sin nadie que le contara a tiempo el cuento del olivo.

—Vete —le dijo a Recaredo, una mañana, sin más preámbulo, porque las cosas difíciles se dicen mejor de golpe—.

Si te quieres ir, vete. Tienes mi permiso y mi bendición.

Ve a ver ese mundo que te quema por dentro.

—Y, antes de que el muchacho saltara de alegría, le cogió del brazo, fuerte, y le dijo lo único que podía darle para el camino, que no era una prohibición sino un cuento—: Pero llévate una cosa, y guárdala, y acuérdate de ella cuando estés lejos y todo se tuerza, que se tuerce siempre.

Hubo una vez un hombre que cruzó medio mundo cogiendo, creyendo que la vida estaba en el horizonte, en lo siguiente, en lo de más allá.

Y un día, ya tarde, en una orilla extranjera, entendió que se había pasado la vida corriendo detrás de lo que tenía detrás, en casa, sin verlo.

Y se bajó del barco, y volvió, no al sitio de donde vino, que ya no existía, sino a un sitio donde echar raíz, y plantó un árbol, y fue feliz, por fin, haciendo lo más pequeño del mundo.

Acuérdate de ese hombre, Recaredo, cuando el mundo de fuera te enseñe lo que es.

Y si un día te cansas de coger horizontes, vuelve.

Aquí estará tu padre, y su olivo, y la tierra.

La puerta no se cierra. Vete, hijo. Pero sabiendo que se puede volver.

Recaredo no entendió del todo el cuento, porque no podía, porque era joven y el mundo lo llamaba; pero lo guardó, como Geir había guardado el del manco, sin saber para qué.

Y se fue, una mañana de primavera, con un grupo de romeros que volvían al norte por el camino del santo, igual que se había ido Fortún años atrás, camino del mundo, con los ojos grises brillantes de ansia y la bendición de su padre y un cuento que no entendía guardado en el pecho.

Y Geir lo vio alejarse por la calzada hasta que la curva se lo tragó, por segunda vez en su vida vio irse por aquel camino a un muchacho al que quería, y esta vez era su hijo, su propia sangre, y fue, de todo lo que le había costado bajarse del barco, lo que más caro le costó: dejar que su hijo subiera al suyo.