Recaredo
—Padre —le dijo un día, ya mozo, fuerte, con dieciocho años—, ¿no te has preguntado nunca qué hay más allá?
Más allá de los montes, más allá del mar.
El mundo es enorme, me lo dicen los romeros, lleno de ciudades y de gentes y de cosas que aquí no se ven ni en sueños.
Y nosotros nacemos en este valle, y vivimos en este valle, y nos morimos en este valle, sin haber visto nada.
¿No te pesa? ¿No te pesó nunca, de joven?
Y Geir, que había visto más mundo del que aquel muchacho podía imaginar, que había cruzado el mar y pasado las Columnas de Hércules y saqueado ciudades en tres costas, sintió un frío en el alma, porque reconoció, palabra por palabra, su propia ansia de los veinte años, la que lo había subido al barco de Steinar en el Loira.
La misma sangre. La sangre que tira. Le había salido al hijo, en aquella cara morena, junto con los ojos grises: el ansia del norte, el ansia de irse, de coger el mundo, de no quedarse.
Y Geir entendió, con un nudo en la garganta, que aquel era el verdadero precio que no había contado, el que no se ve hasta que llega: que un hombre puede bajarse del barco, sí, puede rendir el hierro y plantar un olivo y echar raíz, pero no puede arrancarse la sangre, y la sangre pasa a los hijos, y un día se le sienta delante un hijo de ojos grises y le pregunta, con su propia voz de hace cuarenta años, que qué hay más allá del mar.
—Sí me pesó —dijo Geir, despacio, porque no le iba a mentir al hijo—. De joven. Mucho. Tanto que me fui.
—¿Te fuiste? ¿Tú? ¿Adónde?
Y Geir estuvo a punto de contárselo todo, allí, de golpe, el norte, la flota, el saqueo, el lobo que había sido.
Pero no lo hizo, no aún, porque no sabía cómo se le cuenta a un hijo que su padre fue una de las cosas que la gente de la aldea reza para que no vuelvan, y porque tenía miedo, un miedo nuevo y horrible, de que si le contaba al muchacho la aventura, el mar, los barcos de dragón, las ciudades ardiendo, no le estuviera contando un escarmiento sino dándole alas, encendiéndole más el ansia, empujándolo al camino. Así que se calló lo más, y dijo solo:
—Lejos. Me fui muy lejos, de joven, cogiendo lo que no era mío, creyendo que la vida estaba en irse, en ver mundo, en coger.
Y ¿sabes lo que aprendí, hijo, después de ver más mundo del que tú vas a ver en tu vida?
Que el mundo de fuera es casi todo igual de pobre y de cruel que este, solo que sin los tuyos.
Que la vida no está en el sitio donde vas, sino en la gente que dejas o que te llevas.
Pero eso —añadió, mirándolo, sabiendo que era inútil—, eso no se aprende oyéndolo.
Eso solo se aprende yendo. Como lo aprendí yo.