El año del hambre
Hubo un año malo, de los que vienen de cuando en cuando a recordarle a la gente del campo de quién es de verdad la tierra, y en aquel año Geir aprendió, por fin, del todo, lo que era ser un hombre de la tierra y no un lobo de paso: aprendió a pasar hambre con los suyos sin coger lo de nadie.
Empezó con una primavera seca, sin la lluvia menuda y mansa que el sur necesita para el grano, y siguió con un verano de fuego que agostó lo poco que había nacido, y para el otoño estaba claro que no habría cosecha, o casi, que el grano de las eras no daba ni para sembrar de nuevo, mucho menos para comer el invierno.
Y el hambre, que es la sombra que vive siempre detrás de la puerta en las aldeas pobres, entró aquel año en la casa, en todas las casas.
Se comió primero lo guardado, luego las gallinas, luego las simientes que no se debían comer y se comieron, luego las hierbas del campo, las raíces, la corteza tierna de algunos árboles.
La gente se fue quedando flaca, callada, con esa quietud de los que ahorran fuerzas.
Murió algún viejo, que los viejos son los primeros que el hambre se lleva, y algún niño de pecho, que son los segundos.
Y la aldea entera apretó los dientes y aguantó, porque era eso o irse, y los de la tierra no se van, ni aunque la tierra los mate; se quedan, y aguantan, y entierran a los suyos, y esperan el año que viene, porque la tierra que te mata un año te da de comer diez, y al que se va le dará de comer a otro.
Geir aguantó con ellos, y fue en aquel año de hambre cuando supo que era de verdad de allí, porque tuvo la tentación, y la venció.
Porque dentro de él seguía habiendo un lobo, agazapado, que el hambre despertó.
Una noche, viendo a sus hijos flacos, a Columba racionando el último puñado de harina, se descubrió pensando como pensaba antes, como piensa un hombre del norte: que él sabía coger.
Que a dos jornadas de allí había alquerías más ricas, graneros mejor surtidos, gente con reservas; que él, que había asaltado ciudades, que tenía las manos hechas a eso, podía coger en una noche lo que hiciera falta para que los suyos no pasaran hambre; que para qué aguantar como un buey, callado, viendo enflaquecer a los niños, si bastaba con volver a ser, una noche, una sola, lo que había sido.
El lobo se lo decía bajito, razonable, con la voz del cariño, que es como se disfraza el lobo cuando quiere volver: hazlo por ellos, por tus hijos, ¿qué clase de padre deja pasar hambre a sus hijos pudiendo evitarlo?
Y Geir estuvo a punto. Una noche se levantó, en la oscuridad, y se quedó sentado en el borde del jergón, mirando dormir a Columba y a los niños flacos, con la tentación dentro como una brasa.
Pero no fue. Porque entendió, aquella noche, sentado en el filo de la cama y de su vida, que coger para que los suyos comieran sería deshacer de un golpe todo lo que había tardado media vida en construir; que el día que volviera a ser lobo, una sola noche, una sola vez, dejaría de ser de la tierra para siempre, no a ojos de los demás, que no lo sabrían, sino a los suyos propios; que la diferencia entre un hombre de la tierra y un lobo no era que el lobo pasara hambre y el hombre no, sino que el hombre de la tierra pasa hambre con los suyos y no le quita el pan a otro hombre que también pasa hambre con los suyos, porque sabe, porque ha aprendido, que el otro es también un hombre, y que su hambre vale lo mismo que la propia.
Eso era ser de la tierra. No tener más, sino no quitarle al de al lado.
Y Geir se volvió a tumbar, con el hambre dentro y el lobo dentro, y los dos los aguantó, y no fue a coger, y pasó aquel invierno como lo pasaron todos, flaco, callado, enterrando a los que el hambre se llevó, repartiendo su poco con el que tenía menos, porque eso también lo había aprendido: que en el año malo, en la tierra, se reparte, no se acapara, que es justo lo contrario de lo que hace el lobo.
Sobrevivieron, los más. Vino la primavera, y con ella la lluvia, tarde pero buena, y la tierra, que había matado, volvió a dar, como vuelve siempre, sin memoria y sin rencor, y se sembró, y nació, y aquel verano hubo cosecha otra vez, y pan, y la vida siguió.
Y Geir, recogiendo el grano de aquella era con los suyos, flaco todavía del invierno pasado pero vivo, y vivos los suyos, los más, sintió una cosa rara y honda: orgullo.
No el orgullo del lobo, el de haber cogido mucho, sino el otro, el del hombre de la tierra, el de haber aguantado sin quitarle a nadie, el de haber pasado el hambre como un hombre y no como una alimaña.
Era un orgullo callado, que no se podía cantar, del que no se hacían gestas.
Pero era, descubrió Geir, el único orgullo verdadero que había sentido en su vida, y valía más que todo el oro que se había hundido con la flota en el Estrecho.