Hijos del sur
Tuvieron hijos, Geir y Columba, y los hijos nacieron ya del todo de la tierra del sur, sin una gota de norte que ellos supieran, aunque les corriera por las venas y les asomara a veces a los ojos.
Fueron cuatro los que vivieron, de los que nacieron, que no todos los que nacen viven, y menos en una aldea pobre del interior.
Y de los cuatro, dos salieron morenos del todo, como la madre, y dos sacaron, en una cara morena de pómulos del sur, los ojos grises del padre, unos ojos claros y raros que en la aldea no tenía nadie más y que los viejos miraban con curiosidad sin saber de dónde salían.
«Cosas de la sangre», decían, y se encogían de hombros, porque en aquella tierra de muchas sangres revueltas, fenicia y romana y goda y árabe y bereber y judía, un par de ojos grises de más no eran para tanto, una rareza entre tantas.
Los hijos de Geir crecieron sin saber que aquellos ojos suyos venían del fin del mundo, de un hielo y un mar que ellos no podían ni imaginar; para ellos no había norte, ni fiordos, ni barcos de dragón, ni nada de aquello: había la aldea, los campos, el olivo del padre en el altillo, el río pequeño donde se bañaban en verano, la iglesia de barro, las cabras.
Eran del sur. Eran de la tierra. Hablaban su lengua, rezaban a su dios, trabajaban su campo, y no concebían otra cosa, y Geir, viéndolos crecer así, morenos y grises y enteramente de allí, sentía la misma cosa honda que había sentido plantando el olivo: que estaba exactamente donde tenía que estar, y que aquellos niños eran la prueba.
A veces, de pequeños, le pedían cuentos, como todos los niños, y Geir, que no era de muchas palabras, les contaba alguno, y de cuando en cuando, con cuidado, sin decir que era suyo, les contaba uno del norte: el hielo, el mar que se hiela en las orillas, los osos blancos, los barcos largos con cabeza de animal en la proa.
Y los niños lo escuchaban con los ojos muy abiertos, como se escuchan los cuentos de los genios y los tesoros, sin creérselos, riéndose de aquellas cosas imposibles, del mar que se hiela, de los hombres que cruzan el agua en barcos con cabeza de dragón.
Y Geir los dejaba reír, y no les decía que era verdad, que él lo había visto, que él había cruzado ese mar en uno de esos barcos; se lo guardaba, como le había dicho Servando, dentro, y dejaba que el cuento fuera para ellos solo un cuento, porque era mejor así, porque era más seguro así, y porque, en el fondo, aquella vida del norte se le iba haciendo a él mismo, con los años, cada vez más parecida a un cuento, a algo que le hubiera pasado a otro hombre en otra vida, tan lejos quedaba ya del hombre callado que labraba la tierra y plantaba olivos y tenía hijos de ojos grises en una aldea del sur.
Solo una vez estuvo el peligro cerca. Pasó por la aldea, un año, un buhonero que venía de muy lejos, de las costas, y que en la taberna, al ver a Geir, se le quedó mirando con una cara rara, y luego, bajando la voz, le dijo a otro que aquel hombre alto de ojos grises tenía toda la pinta de ser uno de los del norte, de los lobos, que él los había visto de joven en la costa y que aquella cara no se le olvidaba, y que a saber qué hacía uno de esos vivo y suelto tierra adentro, y que habría que avisar a las autoridades, que igual había recompensa.
Y la cosa se podía haber puesto muy fea, porque un lobo del norte escondido en tierra del emir, años después de la razzia, era cosa de cárcel o de horca.
Pero la aldea, que ya era de Geir, que ya lo tenía por suyo, cerró filas en silencio alrededor del buhonero, sin aspavientos, a la manera callada de la gente del campo: el tabernero le aguó el vino y le cobró de más; nadie le dio conversación; Cixila, que era ya viejo pero respetado, le dijo dos palabras tranquilas sobre lo malo que era andar inventando cosas de los vecinos honrados; y al día siguiente alguien le había soltado la mula del ronzal y la había espantado al monte, de modo que el buhonero perdió media mañana en buscarla y se fue de la aldea de mal humor y sin ganas de volver ni de avisar a nadie de nada.
No se volvió a hablar del asunto. Pero Geir entendió, aquella vez, hasta qué punto había dejado de ser el extraño: que la aldea entera, sin que él lo pidiera, sin decirle una palabra, lo había protegido como se protege a uno de los suyos, había mentido y enredado y espantado una mula por él, por Geir, el del norte, el de los ojos raros, que treinta años atrás había venido en una de aquellas flotas a quemarles la tierra.
Ya no era un lobo tolerado. Era un vecino.
Era de allí. Le había costado la mitad de la vida, pero lo era.