El olivo
Aquel primer otoño de casado, en un trozo de tierra suya que estaba en un altillo detrás de la casa, desde donde se veían los campos y, los días claros, muy lejos, la línea del sur, Geir plantó un olivo.
Porque un olivo es un árbol para los que vienen después.
Eso era lo más raro de todo, lo más opuesto a la vida que Geir había llevado, y por eso, quizá, lo más necesario.
Un olivo tarda años en dar fruto, muchos años, y décadas en hacerse grande, en dar sombra de verdad.
El que lo planta rara vez come de él en su mejor momento; planta para sus hijos, para sus nietos, para desconocidos.
Coger era lo contrario: era para uno mismo, ahora, todo de golpe, sin pensar en mañana ni en nadie.
Plantar un olivo era pensar en mañana, en los que vendrían, en un tiempo en que uno ya no estaría; era atarse a un futuro que uno no iba a ver.
Geir, que había vivido siempre el presente del lobo, el ahora del que coge y se va, se encontró, apretando la tierra alrededor de aquel esqueje, atándose por primera vez a un futuro largo, plantando algo que lo sobreviviría, y sintió, haciéndolo, una paz honda y nueva, la paz del que por fin tiene un sitio en el tiempo, un antes y un después, un árbol que cuidar y unos que vendrán a su sombra.
Regó el esqueje aquel primer verano él mismo, a mano, cubo a cubo subido desde la fuente, en las secas, porque un olivo recién plantado es delicado aunque luego sea el árbol más duro del mundo.
Lo defendió de las cabras. Lo vio prender, echar hoja, agarrarse a la tierra del altillo con esa terquedad de los olivos, que se agarran a las peores tierras y aguantan las peores secas y los peores fríos y siguen, año tras año, dando su fruto pequeño y amargo.
Y con los años lo vio crecer, despacio, a su ritmo de árbol, mientras crecían sus hijos a su ritmo de niños, las dos cosas a la vez, el árbol y los hijos, en la misma loma, bajo el mismo sol, y le pareció que no había imagen más verdadera de lo que había hecho con su vida que aquella: un hombre del norte, viejo ya, sentado a la sombra de un olivo que plantó, viendo jugar a sus hijos morenos de ojos grises alrededor del tronco.
Eso era el final del cuento de Authun. Eso era ser feliz, lo que el poeta del sur dijo de un jarl en un salón del norte y nadie creyó.
Geir lo creyó, porque lo vivió. El lobo se hizo hortelano. Y fue feliz.