El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El humo en el Estrecho
68%

El humo en el Estrecho

La noticia llegó tierra adentro como llegan todas las noticias del mar a los que ya viven de espaldas a él: tarde, de boca en boca, deformada por las muchas bocas, y aun así, para el que sabía leerla, inconfundible.

Había pasado casi un año desde que Geir se bajó del barco.

Era ya, por fuera, otro hombre: más moreno del sol del sur, más seco, con las manos hechas a la azada y endurecidas, con un puñado de palabras del país en la boca y la barba crecida, y nadie que lo viera labrar un campo, encorvado, paciente, lo habría tomado por un lobo del norte.

Por dentro seguía siendo Geir, y de noche, a veces, soñaba con el remo y con la sal y con el frío, y se despertaba con el corazón golpeándole y tardaba en saber dónde estaba; pero por fuera era ya un labrador más de una aldea del interior.

Y casi había logrado no pensar en la flota, en Hastein, en Costado de Hierro, en los cuarenta de la Sierpe , en Steinar, salvo en esos sueños y en algún momento suelto en que el viento traía de muy lejos, imposiblemente, un olor a sal que se le metía dentro y le revolvía algo viejo.

Y entonces, un día de finales del verano, un arriero que venía de la costa, de la tierra del Estrecho, trajo a la aldea, entre otras nuevas del mundo grande, la que Geir llevaba un año temiendo sin atreverse a nombrar.

Que los lobos del norte habían vuelto. Que la gran flota que el año anterior había pasado las Columnas hacia el mar de los antiguos había regresado, lo que quedaba de ella, buscando salir otra vez por el Estrecho, de vuelta a su tierra del fin del mundo.

Y que el emir de Córdoba, que llevaba un año entero esperándola, sabiendo, como sabía Hastein, que tarde o temprano tendría que volver a pasar por el único paso, los había estado aguardando con su flota de guerra, con sus barcos de fuego, agazapado en el cuello de botella de las nueve millas de agua entre las dos tierras.

Y que cuando las naves de dragón aparecieron al fin por levante, mermadas, cansadas, cargadas, intentando colarse por el paso hacia el océano y la vuelta a casa, el emir había cerrado la trampa.

Geir lo escuchó de pie, en la era, con el bieldo en la mano, parado en mitad de la faena, y no se movió ni dijo nada mientras el arriero contaba, con ese gusto goloso que tiene la gente por las desgracias ajenas y lejanas, lo que había sido aquello.

Que fue una matanza. Que los barcos del emir, más altos, más fuertes, descansados, esperándolos, los habían rodeado en el paso y les habían echado el fuego, el fuego que no se apaga, el que arde sobre el agua.

Que el Estrecho entero, contaba la gente de la costa que lo había visto desde las dos orillas, se había vuelto una hoguera, una alfombra de fuego flotando sobre el mar azul, con las naves de dragón ardiendo y los hombres del norte tirándose al agua para apagarse y ardiendo en el agua, igual que Geir los había visto arder en el río grande, solo que multiplicado, multiplicado por todos.

Que el humo fue tan grande, tan negro y tan espeso, que tapó el sol del Estrecho durante un día entero, y que se vio desde Algeciras y desde la otra orilla, desde África, una columna de humo que parecía que ardía el mar mismo.

Y que de la flota más grande que el norte había botado jamás, de las sesenta y dos naves que salieron del Loira, de las veintitantas que quedaron tras la tormenta, habían logrado escapar por el paso, hacia el océano y la vida, apenas un puñado, dos o tres cascos chamuscados con un puñado de hombres, lo poco que el fuego y el mar no quisieron quedarse.

Y en esos cascos, decía el arriero, iban los dos jefes, que los jefes escapan siempre.

El resto, todo el resto, se había quedado en el Estrecho. En el fuego. En el agua.

Geir dejó el bieldo, despacio, lo apoyó contra el muro de la era, y echó a andar, sin decirle nada a nadie, fuera de la aldea, hacia un alto pelado que había detrás, un cerro desde el que, en los días muy claros, se adivinaba a lo lejos, hacia el sur, sobre las lomas, la línea fina y azul del mar.

Aquel día estaba claro. Y Geir subió al cerro y se quedó allí de pie, solo, mirando hacia el sur, hacia el mar que no se veía pero que estaba allí, detrás de las lomas, donde un año atrás él había alzado el hacha con todos al pasar las Columnas, borracho de ser parte de la fuerza más grande del mundo.

Aquella fuerza estaba ahora en el fondo del paso, quemada, ahogada, repartida entre el fuego y el agua para siempre.

Y entre aquella fuerza, en alguna de aquellas naves ardiendo, estaba Steinar.

El viejo que lo había recogido huérfano y lo había criado al remo.

El que le había guardado siempre el mejor sitio en el banco sin decírselo.

El que prefirió el fuego a la paz, el barco al huerto, la muerte de pie a la vida agachada.

El que le había dicho, en una playa, que un hombre no se baja del barco, que rema hasta el final, aunque sea al fondo.

Había remado hasta el final. Lo había cogido el mar, y el fuego, como contaban que se llevó el mar, una vez, hacía quince años, al hermano de aquel jarl que se quedó a plantar un olivo.

Los dos hermanos del primer cuento, repetidos: el que se queda y el que arde.

Solo que esta vez el que se quedaba era Geir, y el que ardía era el viejo que lo había hecho hombre.

No lloró, esta vez. Se le habían acabado las lágrimas en la duna, el día de la despedida.

Se quedó mirando el sur mucho rato, hasta que cayó la tarde y la línea azul del mar se borró en la bruma, pensando en el viejo, despidiéndolo a su manera, en silencio, desde un cerro del interior, tan lejos ya del mar que los había criado a los dos.

«Te lloré ahogado», le había dicho Steinar; «que es una muerte más limpia».

Y ahora Geir lo lloraba quemado, que no era limpia, pero que era la que el viejo había elegido, con los ojos abiertos, por no bajarse del barco.

Y comprendió, en aquel cerro, una cosa que lo acompañaría el resto de su vida: que él estaba vivo, plantado en aquella tierra, con las manos rotas de labrar, precisamente porque había hecho lo único que Steinar no supo ni quiso hacer, lo que para Steinar era la mayor de las cobardías y que había resultado ser la mayor de las valentías: bajarse del barco a tiempo.

Y que esa deuda, la de estar vivo cuando todos los suyos ardían, era una deuda que no se paga llorando, sino viviendo bien la vida robada, plantando, durando, mereciéndola.

Cuando bajó del cerro, de noche, hacia las pocas luces de la aldea, hacia la casa de Cixila y la cama de paja y el trabajo del día siguiente, Geir supo dos cosas con una certeza que no había tenido nunca.

Que estaba vivo. Y que iba a vivir, de ahí en adelante, no solo por él, sino también por Steinar, y por Halvar, y por Snorri, y por Ketil, y por el Cachorro, y por los cuarenta de la Sierpe y los dos mil de la flota, ardidos todos en el agua: iba a vivir por todos ellos la vida que ellos no supieron querer, la vida en la orilla, la vida que se queda.

Era lo único que podía hacer ya por sus muertos. Y se dispuso a hacerlo bien.