El camino del norte
Fortún se quedó en la aldea del interior aquel primer invierno, recobrándose de la cabeza rota y de algo peor que no se cura, y en la primavera se fue, camino del norte, hacia su tierra de montañas, y Geir lo despidió en el camino sabiendo que se llevaba, sin saberlo el muchacho, algo más que el harapo de su hermano: se llevaba una historia.
Había llegado hasta allí con ellos, callado, con la cabeza vendada, dejándose llevar como se deja llevar el que ya no tiene voluntad de nada, y se había pasado el invierno en un rincón de la casa de Cixila sin apenas hablar, mirando la lluvia, apretando en el puño, de noche, el trozo de tela de Sancho.
Geir no lo forzó. Lo dejó estar, le llevó de comer, se sentó a su lado en silencio muchas tardes, como Servando se había sentado al lado de Geir el día de la duna, porque había aprendido que hay penas que solo se acompañan.
Y despacio, a lo largo del invierno, el muchacho fue volviendo.
No del todo; el que pierde a un hermano de aquella manera no vuelve del todo nunca.
Pero fue volviendo lo bastante para empezar a hablar, y un día habló, junto al fuego, y le preguntó a Geir lo que llevaba meses sin preguntar:
—¿Por qué te bajaste? Tú eras uno de ellos. Uno de los que tiraron a Sancho al mar. Podías haber vuelto al norte rico. ¿Por qué te quedaste aquí, entre la gente que tu flota vino a matar, a labrar la tierra como un siervo?
Y Geir le contó, despacio, en aquellas tardes de invierno, lo que no le había contado a nadie: el cuento del manco, el lobo que plantó un olivo, el viejo del altozano en el río con la mano abierta, el cansancio, el niño tirado al mar que lo remató.
Le contó por qué un hombre se baja del barco.
Y Fortún lo escuchó, y al principio no lo entendió, porque un príncipe de dieciséis años criado para mandar y para odiar a los enemigos de su sangre no entiende fácil que un enemigo se vuelva otra cosa; pero lo fue entendiendo, despacio, como se entienden las cosas grandes, y para cuando llegó la primavera y se puso en camino, ya no miraba a Geir con el odio de piedra del barco.
Lo miraba de otra manera, con algo parecido al respeto, o al asombro, el asombro de haber visto con sus propios ojos una cosa que en su mundo no existía: un lobo que dejó de serlo.
Lo despidió Geir en el camino real, una mañana de primavera, junto a un grupo de gente que subía al norte, mercaderes y un par de romeros que volvían de la tumba del santo, en cuya compañía un muchacho podía hacer el largo camino hasta las montañas vascas con alguna seguridad.
Le dio Geir lo que pudo, unas monedas de su zurrón menguado, comida, una capa, y le dijo, al despedirse:
—Vuelve a tu tierra. Sé el rey que tu padre no pudo seguir siendo, o lo que quieras ser, pero vuelve, y vive, y que la muerte de Sancho no te haga un hombre de odio, que sería darle al mar dos hermanos en vez de uno.
—Y, tras dudarlo, añadió—: Y si alguna vez, allá arriba, en una sala, alguien canta las gestas de los lobos del norte, de las flotas y los saqueos, cuéntales también la otra.
Cuéntales que de la flota más grande del mundo hubo uno que se bajó del barco y se quedó a plantar.
No por mí. Por que se sepa que se puede.
Fortún lo miró, asintió, y se fue, camino del norte, sin grandes palabras, que no era de ellas, y Geir lo vio alejarse por la calzada hasta que la curva del camino se lo tragó, y no lo volvió a ver nunca.
Pero supo, años después, por boca de un romero que pasó por la aldea y que contaba nuevas del norte, que en la tierra de los vascones reinaba un rey joven que de niño había sido cautivo de los normandos y que había perdido un hermano en aquel mar, y Geir quiso creer, sin manera de saberlo, que aquel rey era Fortún, y que en su sala de las montañas, alguna noche de invierno, entre las gestas de guerra, se contaba también, porque él lo había pedido, la historia rara de un lobo del norte que se cansó de coger y se quedó a labrar el sur.
Así, sin saberlo del todo, Geir sembró su historia por segunda vez en una tierra lejana, como un poeta del sur la había sembrado una vez en una sala del norte, sin saber tampoco él lo que sembraba.
Las historias que valen viajan así, en la boca de los que sobreviven, saltando de orilla en orilla y de montaña en montaña, buscando, a lo largo de los años y de las leguas, al uno, al único, que un día las va a necesitar para bajarse de su propio barco.