El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El extraño
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El extraño

El primo de Servando se llamaba Cixila, y era un hombre de pocas palabras y manos grandes que miró a Geir de arriba abajo el primer día, despacio, como se mira un buey que se va a comprar, y luego miró a Servando, y luego volvió a mirar a Geir, y al final dijo solo: «¿Trabaja?

». Y Servando dijo: «Como dos». Y Cixila dijo: «Pues que se quede», y aquello fue todo, y así empezó Geir su segunda vida, comprado como un buey por un labrador que necesitaba brazos, en una aldea de la que no sabía ni el nombre, en mitad de una tierra que había venido a robar.

Aquel primer año fue el más duro de toda su vida, y Geir, que había remado océanos y peleado en playas y visto arder ciudades, lo recordaría siempre como la prueba mayor, porque no era una prueba de fuerza ni de valor, cosas que él tenía de sobra, sino de otra cosa que no tenía y que tuvo que aprender de cero, como un niño: la paciencia.

La humildad. El aguante callado del que está abajo del todo y tiene que ganarse, día a día, el derecho a seguir ahí.

Aprendió a labrar, y le costó. Las manos que sabían el remo y el hacha no sabían la azada ni el arado, y los primeros meses fueron de ampollas que se abrían y se volvían a abrir, de espalda rota al caer la noche, de torpezas que hacían reír a los zagales de la aldea, de un cuerpo de guerrero, hecho para el esfuerzo corto y brutal, reaprendiendo a ser un cuerpo de labrador, hecho para el esfuerzo largo y paciente que no acaba nunca.

Aprendió a uncir los bueyes, a abrir el surco derecho, a echar la semilla a voleo con ese gesto ancho que parece fácil y no lo es.

Y aprendió, sobre todo, lo más difícil para un hombre del norte, lo que ningún lobo sabe hacer: a esperar.

Porque coger era inmediato: entrabas, cogías, te ibas, y en una mañana tenías el botín en la mano.

La tierra no se dejaba coger. La tierra había que pedírsela, y esperar, y cuidar, y volver a esperar, y a veces, después de todo el trabajo y toda la espera, no te daba nada, porque venía una helada o una seca o un pedrisco y se llevaba el año entero, y no había a quién reclamarle, no había a quién partirle la cara, solo callar y volver a empezar.

Geir, que había vivido siempre del golpe rápido, tuvo que aprender el ritmo lento de la tierra, el de las estaciones, el de la semilla que tarda meses en ser pan, y aquel ritmo, tan ajeno a todo lo suyo, fue metiéndosele en el cuerpo despacio, surco a surco, hasta volverse, con los años, su manera natural de estar en el mundo.

Servando no se quedó en la aldea. Era escribano, hombre de letras, no de azada, y al cabo de unos meses, cuando vio a Geir encarrilado, le dijo que él tenía que seguir su camino, a una ciudad del sur donde un hombre que sabía leer y escribir y contar y media docena de lenguas se ganaba el pan mucho mejor que rompiéndose el lomo en un campo.

Pero antes de irse, una tarde, sentados los dos a la puerta de la casa de Cixila, viendo ponerse el sol sobre los campos recién sembrados, le dijo una cosa que Geir guardó toda la vida.

—¿Te acuerdas de lo que te dije el primer día, atado en la playa, cuando me diste agua sin que nadie te lo mandara?

—dijo Servando—. Que alguien tiene que ver las cosas con ojos que no sean de lobo, y guardarlas, y contarlas, o es como si no hubieran pasado.

—Sonrió—. Yo creía entonces que ese alguien era yo, el escribano, el que sabe poner letras.

Y a lo mejor lo soy, y algún día, cuando sea viejo, escribo todo esto, lo de la flota y el río y el fuego y el lobo que se bajó del barco.

Pero ahora, viéndote aquí, con las manos rotas de labrar la tierra que viniste a robar, pienso que el que de verdad lo ha visto, el que de verdad lo sabe, eres tú.

Tú has hecho el viaje entero, de una punta a la otra.

Del hacha al arado, como dicen aquí de los hombres que vienen de fuera y se hacen de la tierra.

Yo lo vi de lado, atado a una cuerda, de paso.

Tú lo has vivido en el cuerpo, en las manos, en el alma.

Guárdalo, Geir. No para contarlo en voz alta, que eso es peligroso para ti, que eres lo que eres y siempre lo serás para el que lo sepa.

Guárdalo dentro, y vívelo, y que tu vida entera sea el cuento.

Eso dura más, y dice más, que todo lo que yo pueda escribir con tinta en un pergamino que se quema o se pierde.

Y se fue Servando, camino de su ciudad, con su zurrón de pergaminos y su media docena de lenguas, y Geir se quedó solo de verdad por primera vez, sin el único de aquella tierra que sabía quién era y de dónde venía, solo entre extraños a los que tenía que conquistar de uno en uno, no con el hacha, sino con los años y el trabajo y el silencio.

Y se quedó, y trabajó, y esperó, y empezó, sin saberlo todavía, a echar raíces, que es la cosa más lenta y más invisible y más fuerte que hace un ser vivo sobre la tierra.