Tierra adentro
Caminaron días, casi siempre de noche, escondiéndose de día en barrancos, en olivares, en chozas de pastor abandonadas, comiendo lo que Servando conseguía, compraba con una moneda del zurrón de Geir, o mendigaba en su lengua del sur en alguna alquería perdida, contando una historia que se iba afinando cada vez: que eran dos viajeros desvalijados por los normandos, un escribano y su criado, que volvían a su tierra.
Geir aprendió aquellos días a callar, que era lo más seguro, porque en cuanto abría la boca su acento lo delataba, y a dejar que Servando hablara por los dos.
Se dejó crecer la barba, se tiznó la cara y los brazos claros con tierra y con zumo de no sé qué planta que Servando conocía, se puso una túnica parda de las del país.
Y aun así, con sus ojos grises y su estatura, era un hombre que llamaba la atención en una tierra de gente menuda y morena, y cada encuentro en un camino era un peligro, cada perro que ladraba un susto, cada jinete a lo lejos una razón para tirarse al suelo entre los olivos y esperar.
—Allí —le dijo Servando una noche, sentados los dos en la boca de una cueva, mirando un valle oscuro salpicado de las lucecitas de una aldea—, allí tengo un primo, hijo de un hermano de mi madre.
Tiene tierra y le faltan brazos, que perdió a un hijo de unas fiebres y al otro se le fue a la ciudad.
No te va a hacer preguntas que no quiere que le contestes, si yo respondo por ti.
Verá a un hombre joven, fuerte, callado, raro de ojos pero callado y trabajador, y verá que yo te avalo, y con eso le bastará, porque la gente del campo, cuando le falta un brazo, no mira de qué color son los ojos del brazo.
—Lo miró en la oscuridad—. Pero te lo digo claro, Geir, para que lo sepas y decidas: lo que te espera ahí abajo no es fácil.
Es lo más difícil que vas a hacer en tu vida, más que cruzar el mar, más que bajarte del barco.
Quedarse es fácil de decir y dificilísimo de hacer.
Vas a ser el extraño, el de fuera, el raro, durante años.
Vas a trabajar más que nadie y a hablar menos que nadie y a tragar más que nadie, mucho tiempo, para que un día, dentro de mucho, te dejen de mirar como a un extraño. ¿Lo sabes? ¿Lo quieres?
—Lo quiero —dijo Geir, y era la cosa más verdadera que había dicho en su vida.
—Pues entonces baja conmigo —dijo Servando—, y empieza, que es lo único que se puede hacer con una vida nueva: empezarla.