El que se baja del barco
Se lo dijo a Steinar al amanecer, antes de que la flota se hiciera de nuevo a la mar, porque había cosas que a Steinar había que decírselas de día y de frente, mirándolo, y porque sabía que si esperaba a la noche, a la víspera, no se atrevería nunca.
—No voy, Steinar.
El viejo estaba ajustando un remo nuevo en la Sierpe , sustituyendo uno que la tormenta había astillado, y al principio no entendió, o no quiso entender, que es la manera que tienen los hombres de defenderse de lo que no quieren oír.
—Pues coge otro, que ese también está rajado. Mira.
—No voy a la ciudad de oro. No sigo. Me bajo aquí, Steinar.
El viejo se quedó muy quieto, con el remo en las manos, y despacio, muy despacio, levantó la cara y miró a Geir con su ojo bueno, y en aquel ojo Geir vio pasar muchas cosas en muy poco tiempo, como pasa toda una vida, dicen, delante del que se ahoga: primero la incomprensión, como si Geir le hablara de pronto en una lengua extranjera, en árabe, en la lengua de los cautivos; luego la sospecha de que era una broma de mal gusto; y luego, cuando vio en la cara del muchacho que no era ninguna broma, una cosa que Geir no le había visto nunca al viejo en todos los años que llevaba con él, ni en la peor galerna ni en la peor pelea ni la noche de la tormenta: el miedo.
El miedo desnudo de un hombre que ve cómo se le rompe en las manos lo único que ha construido en su vida entera.
—¿Que te bajas. —No lo dijo como pregunta. Lo dijo como quien repite una palabra que ha perdido el sentido, a ver si repitiéndola lo recobra—. ¿Aquí. En tierra de moros. ¿Tú solo.
—No solo. Con el cautivo. Con Servando.
—Con el cautivo. —Steinar soltó el remo, y le temblaban las manos, al viejo, las manos duras y anchas de remero que no le habían temblado nunca, ni para enhebrar una aguja ni para sujetar a un hombre—.
Lo sabía. Sabía que ese flaco te comía la cabeza, día a día, palabra a palabra, como el mar come un acantilado, sin que se note hasta que un día se cae entero.
Te lo dije. Te dije mil veces que cerraras la oreja.
Y no la cerraste. Y ahora me vienes con esto, en una playa del fin del mundo, que te quedas, que te quedas con los que vinimos a matar, que dejas a tu gente, que me dejas a mí.
—La voz se le quebró del todo en la última palabra, y Steinar, que no había llorado nunca delante de nadie en su vida, que probablemente no recordaba ni cómo se hacía, apartó la cara hacia el mar para que Geir no se lo viera—.
Yo te recogí, chico. Cuando tu padre se quedó en aquel río con la flecha en el cuello y tú no levantabas dos palmos del suelo y no le importabas a nadie.
Yo te puse un remo en las manos. Yo hice de ti un hombre, a mi manera, que será mala pero es la única que sé.
¿Y te bajas. ¿Para qué. ¿Para hacer qué, Geir.
¿Para plantar nabos con los moros que rezan a una piedra, mientras tu gente, la tuya, va a coger la ciudad más rica del mundo.
—Esa ciudad no existe, Steinar.
—¡Eso no lo sabes!
—Lo sabes tú. —Geir se acercó, y por primera vez en su vida le habló al viejo de igual a igual, sin bajar los ojos, sin miedo, con una calma que le salía de muy hondo—.
Lo sabes igual que lo sé yo. Lo sabe Hastein mejor que nadie.
No vais a una ciudad de oro. Vais a remar semanas detrás de un cuento que se ha inventado Hastein para no volver perdiendo.
Y vais a volver por las Columnas, por el único paso, donde el emir os espera con el fuego desde hace un año.
Vais al fondo del mar, Steinar. Todos. Cargados de oro, como en la tormenta, pero esta vez con el fuego esperándoos en la única puerta.
Y yo te quiero demasiado para subir contigo a eso.
—Tragó saliva—. Bájate tú también. Te lo pido.
Es lo único que te he pedido en mi vida.
Bájate conmigo, aquí, los dos. Tienes oro de sobra cosido en el cinto, más del que vas a gastar en lo que te queda.
No tienes que volver a remar nunca más, ni a coger, ni a tener miedo del mar.
Quédate, y vivamos los dos en algún sitio de esta tierra, lejos del agua, hasta viejos. Te lo pido, Steinar. Bájate del barco.
Por un instante, uno solo, Geir creyó de verdad que el viejo iba a decir que sí.
Vio la duda cruzarle el ojo bueno, rápida como un pez, la tentación de la tierra firme, del descanso, de no volver a tener frío ni miedo, de morirse en una cama.
Pero solo fue un instante. Porque Steinar era un hombre del norte hasta el tuétano de los huesos, hecho enteramente de los cuentos del Loira, incapaz de concebir siquiera una vida que no fuera coger o el jergón, gloria o nada, y la idea de bajarse, de quedarse, de envejecer plantando árboles en una orilla ajena entre gente extraña, le daba más miedo, mucho más, infinitamente más, que la idea de arder en el Estrecho.
Prefería el fuego a la paz. Casi todos los suyos lo preferían; era la maldición del norte, llevarla en la sangre, y Steinar no se la iba a arrancar a los cincuenta y tantos años en una playa porque un muchacho se lo pidiera llorando.
—Un hombre no se baja del barco, Geir —dijo el viejo al fin, en voz muy baja, y volvió a coger el remo astillado, y le dio la espalda al muchacho, de cara al mar—.
Un hombre rema hasta el final. Hasta donde lo lleve el barco.
Aunque sea al fondo. Eso me enseñaron a mí los que me criaron, y eso quise enseñarte yo, y ya veo que no supe, que en algo fallé, que se me coló por algún lado el agua del sur.
—Encajó el remo en el tolete, con las manos todavía temblándole—.
Vete, anda. Vete con tu moro a plantar tus nabos.
No te voy a parar; no se para a un hombre que ya se ha ido.
Pero no me mires cuando empuje la Sierpe al agua.
No quiero verte la cara. Para mí, el que se baja del barco, ya se ahogó.
Te lloraré ahogado, que es una muerte más limpia y más de hombre que esta.
Vete, Geir. Y que tu dios nuevo, el que elijas, te dé lo que yo no supe darte.
Y Geir se fue. Desató a Servando y a Fortún con sus propias manos, allí mismo, en la playa, sin pedirle permiso a nadie, porque en el desorden y la desgana de aquella hueste rota nadie iba a discutirle dos cautivos a un hombre que se quedaba a morir entre moros, que era como veían todos lo que hacía: una locura, una traición, una manera rara de suicidarse.
Al muchacho vascón se lo llevaba porque era lo último que podía hacer por el niño que no había podido salvar: sacar de aquel barco de muerte al hermano que quedaba, y devolverlo, con el tiempo, costara lo que costara, a su tierra de montañas.
Cogió su parte del oro, la justa, la que le cupo en un zurrón, y dejó el resto, que no lo quería, que le pesaba ya como le había pesado a la flota en la tormenta.
Y subió por la playa hacia la tierra, hacia el sur, hacia el interior, con el cautivo flaco y el príncipe huérfano al lado, que ya no eran cautivos, y no miró atrás, porque el viejo se lo había pedido, y porque sabía que si miraba atrás y veía a Steinar empujando la Sierpe al agua, solo, para ir a morir a una ciudad que no existía, no iba a poder soportarlo, iba a volverse y a subir al barco y a morir con él, por no dejarlo.
Oyó, a su espalda, el ruido de los cascos arrastrándose por la arena hacia el agua, las voces, los remos golpeando los toletes, el grito de Ketil dando el ritmo.
No se volvió. Subió la duna, despacio, con las piernas pesadas, y cuando llegó arriba y empezó a bajar por el otro lado, el ruido del mar y de los hombres se apagó de golpe, tapado por la loma de arena, y quedó solo el silencio del campo del sur, el canto de los grillos, el viento entre unos olivos.
Geir se paró. Estaba en tierra firme. Por primera vez en más de un año, debajo de los pies tenía algo que no se movía, algo que no subía ni bajaba, algo firme.
Y se echó a llorar, de pie, en silencio, sin sollozos, las lágrimas cayéndole y nada más, mientras Servando y el muchacho vascón esperaban a su lado sin decir una palabra, sin tocarlo, porque hay llantos que solo se respetan, que no se consuelan, y aquel, el del lobo que acababa de bajarse del barco y de enterrar en vida al único padre que había tenido, era uno de ellos.