El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) Lo que quedó
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Lo que quedó

Arribaron a una playa de la costa del sur a reparar lo poco que quedaba, y allí, entre las naves varadas y los hombres rotos, se decidió el final de la campaña, y se decidió como se deciden las cosas entre los hombres como ellos: a gritos, junto a un fuego, con el orgullo mandando por encima del seso y del miedo.

Eran ya pocos. Veintidós naves contó Geir en aquella playa, varadas o fondeadas cerca, y muchas necesitaban madera y brea y días de trabajo para volver a ser de fiar en el mar.

Los hombres, que habían pasado las Columnas rugiendo como dioses, estaban callados, sentados en la arena, mirando el mar gris que se había tragado a la mitad de la flota y a la mitad de sus amigos, secándose el oro mojado, contando a los que faltaban.

Por primera vez en todo el viaje, Geir oyó a hombres del norte hablar en voz baja, casi con vergüenza, de volver a casa.

De que ya estaba bien. De que llevaban oro de sobra para ser ricos el resto de su vida, los que quedaban, y de que tentar más al mar y a las Columnas era tentar a una muerte que ya les había enseñado los dientes.

La tormenta les había enseñado, en una noche, lo que ni la ciudad amurallada ni el rey cautivo: que aquello tenía un fondo, y que el fondo estaba cerca, y que el mar no perdona dos veces.

Pero Hastein no quería volver. Y Hastein, aunque hubiera perdido cuarenta naves, seguía siendo el más listo de todos, y los listos, cuando pierden una mano grande, no se levantan de la mesa: doblan la apuesta, porque retirarse perdiendo es lo único que su orgullo no soporta.

—Volver, ¿a qué? —dijo a los jarls reunidos junto al fuego aquella noche, y su voz, aunque cansada, no había perdido la gracia ni el filo—.

¿A contar en una playa del norte que pasamos las Columnas de los antiguos, que llegamos más lejos que nadie de los nuestros, y que nos volvimos a casa con el rabo entre las piernas porque una mala noche nos quitó unos barcos?

El mar quita barcos siempre; eso no es noticia, eso es el oficio.

Hemos llegado más lejos que ninguna hueste del norte.

Estamos en el mar de los antiguos, el mar de en medio de la tierra, el mar de las ciudades de oro.

—Bajó la voz, y los ojos rápidos le brillaron con el fuego, y los jarls se inclinaron hacia él sin darse cuenta—.

Y os voy a decir una cosa que me han contado los cautivos, una y otra vez, en todas las costas, en todas las lenguas, siempre la misma.

Que al fondo de este mar, hacia donde sale el sol, hay una ciudad que no es como las otras.

La ciudad más grande del mundo, la madre de todas, la del emperador, con murallas de las que no se ha visto y un oro que haría parecer pobre todo lo que hemos cogido y todo lo que el mar nos ha quitado.

Está ahí, al fondo, a unas semanas de remo.

Y no tiene flota de fuego, ni murallas nuevas levantadas contra nosotros, ni nos espera, porque nadie del norte ha llegado nunca tan lejos para ponerla sobre aviso.

Yo digo que no hemos venido desde el Loira, no hemos pasado las Columnas, no hemos enterrado a cuarenta naves de hermanos en este mar, para volvernos a casa cuando la presa más grande del mundo está ahí delante, dormida, sin saber que existimos.

Era mentira, o era leyenda, o era las dos cosas a la vez, que en boca de Hastein venían a ser lo mismo.

No había tal ciudad, o si la había no era como él la pintaba, y los más viejos lo intuían, y Geir lo sabía en el cuerpo: era el cuento de la ciudad de plata otra vez, el mismo anzuelo de siempre, ahora pintado más grande y más lejos para tapar el agujero que había dejado la tormenta en el ánimo de la flota.

Pero los hombres del norte estaban hechos para morder ese anzuelo, lo llevaban en la sangre desde antes de nacer.

Y Costado de Hierro, que creía en la gloria con toda su alma antigua y entera, fue el primero en morderlo.

—Mi hermano tiene razón —dijo el grande, levantándose despacio, enorme a la luz del fuego—.

Un lobo no vuelve a media cacería porque el mar se haya comido a unos cuantos.

El mar se come siempre a unos cuantos; para eso es el mar.

Yo voy a esa ciudad del emperador. El que sea hombre, que venga conmigo.

El que quiera volverse a una playa del norte a contar que tuvo miedo de una tormenta, que se vuelva, y que no se siente a mi fuego nunca más, ni cante delante de mí.

Y con eso bastó. Bastó el desprecio, bastó la palabra «miedo» dicha por Costado de Hierro, bastó la vergüenza de parecer menos hombre delante de los otros, para que la playa entera, que media hora antes hablaba de volver a casa, rugiera otra vez y jurara seguir a los dos jefes hacia el fondo del mar, hacia la ciudad de oro que no existía.

Geir lo vio, y se le encogió el alma, porque entendió de golpe una cosa terrible y sencilla: que aquellos hombres no iban a morir por oro, ni por hambre, ni por necesidad.

Iban a morir por no parecer cobardes delante de los otros.

Iban a remar semanas enteras hacia una leyenda, y a volver, los que volvieran, por el único paso, por las Columnas, donde el sur llevaba ya un año entero aprendiendo a esperarlos.

Y Hastein lo sabía. Geir le miró la cara al jugador, al otro lado del fuego, mientras la hueste rugía su juramento, y vio que Hastein lo sabía, que sabía perfectamente que llevaba a aquellos hombres a la muerte, y que lo hacía igual, sereno, sonriendo, por no perder la última mano, por jugarla hasta el final aunque la mesa entera estuviera ardiendo.

Y supo Geir, en aquella playa, mirando arder el fuego y jurar a los hombres, que él no iba a seguir hacia esa ciudad.

Que su viaje, por algún sitio que aún no sabía nombrar pero que ya sentía cerca, se acababa allí, en aquella playa, en aquella decisión.