Lastre
Aquella noche, en la tormenta, Geir vio a un hombre hacer la cosa más cobarde que vería hacer a nadie en toda su vida, y fue esa cosa, más que ninguna otra, la que acabó de empujarlo fuera del barco.
Porque hay muertes que las trae el mar, y se aguantan, que el mar no tiene la culpa de ser lo que es.
Y hay otras que las trae el miedo de un hombre.
Y esas no se aguantan, ni se perdonan, ni dejan de doler nunca.
Fue en lo peor de la noche, cuando la nave de Hastein, donde iban los rehenes y el grueso del oro, calaba tan hondo de tanta carga que ya no subía a las olas, que se quedaba en el seno y el agua le entraba por la regala a cubos, y los hombres, achicando, gritando, sintiendo el barco hundirse bajo los pies, empezaron a hacer lo único que se puede hacer en un barco que se va: aligerar.
Tirar por la borda lo que pesa. Y empezaron por lo razonable, por los fardos, por las cosas, pero el barco seguía bajo, y el pánico, que no razona, fue subiendo de lo razonable a lo otro, y alguien gritó que había que tirar peso muerto, todo el peso muerto, y en un barco de lobos en una tormenta, el peso muerto, lo que no rema y no vale, son los cautivos.
Geir oyó el grito en la oscuridad, entre el viento, «¡al agua lo que no sirva!
», y oyó el chapoteo de un cuerpo, y otro, cautivos arrojados al mar negro para que el barco subiera, y comprendió de golpe, con un frío que no era el de la tormenta, lo que iba a pasar, y se tiró a buscar a los niños en el fondo inundado del barco.
Llegó tarde para Sancho. Un lobo grande, uno al que Geir no conocía, ciego de pánico, con los ojos en blanco, ya tenía al niño cogido por la ropa, y el niño gritaba, y Fortún se le había echado encima al lobo, arañándole, mordiéndole, gritando que era un rehén, que valía oro, que su padre pagaba, todo lo que se grita cuando ya no sirve gritar nada; y el lobo, de un manotazo, se quitó a Fortún de encima y lo lanzó contra el mástil, y levantó al niño por encima de la borda.
Geir llegó en ese momento, y lo agarró, agarró al lobo, agarró al niño, lo que pudo agarrar en la oscuridad y el bandazo, gritando que no, que parara, que él respondía; pero en el bandazo siguiente, cuando la nave se ladeó hasta meter la borda en el agua, todo se soltó, las manos, el niño, todo, y Geir se quedó con un trozo de la ropa de Sancho en el puño y nada más, y el niño no estaba, se había ido, lo había tragado el agua negra junto con el grito, y no hubo manera, no se podía bajar a un mar así, no se podía hacer nada, no había nada que hacer salvo agarrarse y achicar y rezar y odiar.