El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) La tormenta
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La tormenta

El mar les pasó la cuenta una noche de otoño, sin aviso, sin pelea, sin gloria, y se cobró en unas horas más de lo que el sur entero les había cobrado en un año de saqueo.

Habían salido del río de los vascones de vuelta hacia el mar abierto, gordos de oro, pesados, y bordeaban la costa buscando reunirse con el grueso de la flota y empezar el largo camino de vuelta hacia las Columnas, cuando el cielo, que llevaba días alto y limpio, se puso de pronto, en una sola tarde, de un color que los timoneles viejos no quisieron nombrar en voz alta.

El viento, que había sido manso, roló al sur, se hizo cálido y pegajoso primero y frío y duro después en el espacio de unas horas, y al caer la noche el mar, que había sido una balsa azul, empezó a respirar hondo, a levantar el pecho en olas largas y lentas que crecían con cada hora que pasaba.

Ketil olfateó el aire, miró las nubes correr tapando las estrellas, y dio la orden que da un timonel cuando ya solo se puede rezar: arriar, achicar, atar lo que se pueda atar, y agarrarse.

Buscó abrigo, arrimarse a tierra, pero no hubo tiempo, o no hubo tierra, o la tierra que había era peor que el mar, una costa de acantilados negros contra los que reventaba el agua blanca.

Y la flota más rica del mundo se encontró, al cerrar la noche, atrapada entre una costa que mataba y un mar que se levantaba a matarla.

Geir no había visto nunca nada igual, ni en sus peores noches de mar abierto bajando del Loira, y rezó, por primera vez en su vida con todas sus fuerzas, a todos los dioses que conocía y a algunos que se inventó en la desesperación.

Las olas crecieron hasta hacerse montañas, montañas de agua negra coronadas de una espuma que brillaba sola en la oscuridad, con un fulgor verdoso y fantasmal, y se alzaban sobre la Sierpe tapando el cielo y la dejaban caer en el seno, abajo, abajo, hasta el fondo mismo del mundo, y luego la subían otra vez, ladeada, crujiendo en todas sus cuadernas como si fuera a despedazarse, con los hombres aferrados a lo que podían, a los bancos, a la jarcia, a las cuerdas del cargamento, y el agua entrando por todas partes, por la regala, por la escotilla, por todos lados a la vez.

No había arriba ni abajo. No había norte ni sur ni proa ni popa.

Había solo el agua negra y el viento, que aullaba en una sola nota larguísima e inhumana, como un dios enfurecido al que hubieran despertado, y el frío, y el agotamiento de achicar y achicar un agua que volvía a entrar más deprisa de lo que se sacaba, y el rezo, y el miedo, el miedo desnudo y animal de un hombre metido en una cáscara de nuez en mitad de la noche y de la ira del mar, sabiendo que la cáscara puede partirse en cualquier instante y que entonces no hay dioses ni hay nada, solo el agua negra cerrándose por encima.