Los rehenes
Los dos hijos del rey vascón viajaron con la flota como viaja una deuda que aún no se ha cobrado del todo, y a Geir le tocó guardarlos, y guardándolos aprendió que los señores, cuando se les quita lo que los hace señores, son tan niños y tan poca cosa como cualquiera.
El mayor se llamaba Fortún y tendría dieciséis años; el pequeño, Sancho, no llegaba a los doce.
Los habían entregado los vascones junto con el oro del rescate, como prenda, como seguro de que pagarían hasta el último dinero pactado, y los lobos se los llevaron río abajo y luego al mar, en la nave de Hastein, que era quien guardaba lo más valioso, y allí viajaron los dos príncipes, atados de noche, sueltos de día, comiendo de la olla común, durmiendo en el fondo del barco entre el oro de su propio rescate, mirando alejarse por la popa, río abajo primero y luego mar afuera, la única tierra que habían conocido.
Fortún aguantaba como aguantan los que han nacido para mandar y de pronto obedecen: tieso, callado, con una dignidad fría que a los lobos les hacía gracia y que a Geir, en cambio, le imponía respeto, porque era la misma entereza muda que le había visto al padre en la tienda, la de los que no bajan los ojos ni atados.
El pequeño, Sancho, no podía con la entereza, era demasiado niño, y de noche, cuando creía que nadie lo oía, lloraba bajito, mordiéndose el puño para que no lo oyeran los lobos y se rieran, y el hermano mayor le ponía una mano en la cabeza, en la oscuridad, sin decir nada, porque tampoco él tenía nada que decir que sirviera de consuelo.
A Geir le mandaron guardarlos cuando la nave de Hastein iba escasa de manos, porque ya se había corrido por la flota que el muchacho de la Sierpe tenía maña con los cautivos, que no se le morían ni se le escapaban, y Geir se encontró otra vez, como con García en la tienda de la montaña, guardando a gente de sangre real, él, un hijo de nadie del Loira.
Y otra vez, como con el padre, los cautivos acabaron hablándole, porque el que lleva el agua acaba siendo, para el preso, lo más parecido a un amigo que tiene a mano.
Servando interpretaba, cuando hacía falta, aunque Fortún chapurreaba algo de latín de iglesia y con eso y con gestos se iban entendiendo.
Y así, en las largas horas de mar, entre el oro de su rescate, fue Geir conociendo a los dos príncipes vascones, y ellos a él, y nació entre el lobo joven y los dos rehenes una cosa rara, una camaradería de desterrados, porque los tres, cada uno a su modo, iban lejos de su tierra en un barco al que no habían pedido subir.
—¿Por qué nos miras así? —le preguntó Fortún una tarde, en su latín torpe, con esa desconfianza altiva de los señores—. No con desprecio, como los otros. De otra manera. ¿Por qué?
Geir tardó en contestar, porque no sabía decirlo, ni en su lengua ni en ninguna.
—Porque vais lejos de vuestra tierra sin quererlo —dijo al fin, despacio—. Como yo.
—Tú vas por tu gusto —dijo Fortún—. Tú eres de los que cogen. Nosotros somos los cogidos. No es lo mismo.
—No —dijo Geir—. No es lo mismo. Pero a lo mejor se parece más de lo que crees.
—Y miró el mar, y no dijo más, porque empezaba a pensar cosas que no se atrevía a decir en voz alta ni a sí mismo: que él también, a su manera, era un cogido; que el oro y el cuento de la ciudad de plata lo habían cogido a él en el Loira y lo arrastraban por aquel mar tan sin querer como arrastraban a los dos niños vascones, y que la única diferencia era que él todavía no lo sabía del todo y ellos ya lo sabían, porque a los señores el cautiverio se lo enseña de golpe y al lobo se lo va enseñando despacio el mar.
Le cogió cariño al pequeño, a Sancho, sobre todo.
Le enseñó, para que no llorara de noche, un par de juegos de cuerda del norte, de los que hacen los niños del Loira en los inviernos largos, y a anudar y desanudar, y a hacer un pájaro con los dedos y una sombra de lobo contra la vela al sol de la mañana.
Y el niño, que era un niño, se reía, y por un rato se le olvidaba que iba preso en el barco de los que habían atado a su padre, y Fortún miraba a su hermano reírse con los juegos del lobo y no sabía si darle las gracias a Geir o odiarlo más por hacerle más fácil al niño una cosa que no debía ser fácil.
Servando, que lo veía todo, le dijo una vez a Geir, bajo:
—Te va a doler, eso. Encariñarte de esos dos.
Esto es una flota de lobos camino de una mala muerte, y esos dos son prenda de un rescate, mercancía, y a la mercancía le pasan cosas.
Si esto se tuerce, y se va a torcer, esos niños no valen nada, son lastre.
Acuérdate de lo que valía un cautivo en una tormenta.
—Lo miró—. Pero tú no puedes no encariñarte, ¿verdad?
Es lo tuyo. Le diste agua al cautivo flaco, sujetaste el brazo por nadie, y ahora le enseñas juegos a un niño rehén.
Eres un hombre que no sirve para esto, Geir.
Y es lo mejor que tienes. Guárdalo. Pero prepárate, porque te va a costar caro antes de que acabe el viaje.
Geir no le hizo caso, porque a esas cosas no se les hace caso aunque sean verdad, y siguió enseñándole juegos de cuerda al pequeño Sancho, y hablando de caballos con Fortún, que de caballos sabía y de barcos no, y los tres, el lobo y los dos príncipes, fueron, en aquellas semanas de mar antes de la tormenta, lo más parecido a tres amigos que podían ser un carcelero y sus presos.
No sabía Geir, mientras le enseñaba al niño a hacer un pájaro con los dedos, que aquellos dos rehenes iban a ser, antes de que todo acabara, la cosa que terminara de empujarlo fuera del barco; ni que de los dos, uno se quedaría en el mar y el otro volvería a contar, en una tierra de montañas del norte de Iberia, la historia de un lobo que le enseñó a un niño cautivo a hacer pájaros con las manos y que un día se bajó del barco para no seguir cogiendo.
Pero eso fue después. Aquellas semanas solo eran tres desterrados en un barco, jugando a la cuerda sobre un oro que era de uno de ellos, mientras la flota, gorda y ciega, navegaba hacia la peor noche del mar.