El río de los vascones
La última gran presa de la campaña no fue una ciudad de plata ni una isla de vino: fue un rey, y lo cogieron tierra adentro, remontando un río frío entre montañas, tan lejos del mar que muchos de la flota no habían estado nunca tan metidos en tierra firme en toda su vida de hombres de agua.
Fue idea de Hastein, claro. Cuando la flota, ya glotona y pesada, empezó a hablar por lo bajo de virar al fin hacia el oeste, hacia el paso, hacia la vuelta, el jugador propuso una última mano antes de retirarse de la mesa, y la propuso con su gracia de siempre, como quien ofrece un regalo.
Había oído, dijo, por cautivos y por mercaderes de las costas que tocaban, que río arriba de una de aquellas orillas del norte de la Península, tierra adentro, en una tierra de montañas verdes y de gente dura, había un reino pequeño y cristiano cuyo rey valía, vivo, más que cualquier ciudad que pudieran saquear.
Un reino de vascones, gente de las cumbres, pobres en oro pero ricos en orgullo y en parientes, cuyo rey, si se cogía vivo y entero, se podía cambiar por una fortuna, porque los suyos pagarían lo que hiciera falta y un poco más por recuperarlo, que para eso es uno rey, para que los suyos se arruinen rescatándolo.
—El oro de una ciudad lo coges una vez —dijo Hastein a los jarls reunidos en su nave, y Geir lo supo después, de boca en boca—.
Entras, lo coges, lo cuentas, y se acabó, no hay más.
El oro de un rey vivo te lo pagan ellos mismos, contado, pesado, traído hasta la orilla, y encima te lo agradecen, te dan las gracias por devolverles a su señor con la cabeza puesta.
No hay presa más limpia en el mundo que un rey.
No mancha, no cuesta defenderla, no se pudre en la bodega.
Vámonos a por un rey antes de volver a casa.
Y los jarls, que ya estaban hartos de saquear pueblos de pescadores, se rieron y dijeron que sí, porque coger un rey tenía gracia, tenía gloria, era una cosa que contar el resto de la vida.
Así que la flota se dividió: el grueso quedó fondeado en una ensenada de la costa, guardando el botín y las naves más pesadas, y una parte, la más ligera, la Sierpe entre ellas, remontó el río.
Y fue una navegación extraña, fría, callada, entre orillas que se iban cerrando en montañas verdes y oscuras, un paisaje que se parecía más al norte que a todo lo que habían visto en el sur, con sus robledales, sus nieblas de mañana, su frío de altura, de modo que los hombres, que habían venido a un mar de sol y de palmeras, se encontraron de pronto remando hacia las nieves de unas sierras, lejísimos del mar, más perdidos y más solos de lo que se habían sentido en todo el viaje.
Geir, remando río arriba en aquel frío que olía a casa, pensó que era un mal augurio aquello, meterse así tierra adentro, lejos del agua grande que era la única vía de fuga de un hombre del norte; que un lobo de mar metido en un valle de montaña entre cristianos rabiosos era un lobo en una trampa, por mucho rey que hubiera al final del río.
Llegaron al pie de una ciudad de piedra parda agarrada a un cerro sobre el río, y los vascones les salieron a pelear, y pelearon bien, de verdad, con una rabia de gente de montaña que defiende su roca, no como los pescadores blandos de la costa.
Costó sangre tomarlos, y la Sierpe perdió a uno, a Refil el Tuerto, que cayó con una lanza en el vientre y tardó dos días en morirse, maldiciendo, sin que nadie pudiera hacer nada.
Pero el norte cayó sobre ellos con el peso y el oficio de los que pelean desde niños, y los rompió, y en la pelea cogieron, vivo, malherido de un golpe en la cabeza pero vivo, a un hombre de barba gris y porte de señor que resultó ser lo que buscaban: García, hijo de Íñigo, rey de aquella tierra de vascones, señor de la ciudad del cerro.
A Geir, parte de aquellas semanas de espera mientras se negociaba el rescate, le tocó hacer guardia donde tenían al rey cautivo, en una tienda apartada, atado pero tratado con cuidado, alimentado, abrigado, porque una mercancía tan cara no se estropea, no se deja enfermar ni enfriarse.
Y Geir, que había guardado en su vida fardos y cautivos y ganado robado, se encontró guardando a un rey, y el rey, una de aquellas noches frías de montaña, le habló, porque los reyes cautivos, como todos los cautivos, como Servando el primer día, acaban hablándole al que les lleva el agua y la manta.
—Tú eres joven —le dijo García, en un latín lento que Servando, llamado para traducir, fue pasando al norte—. ¿Cuánto hace que no ves tu tierra, muchacho del fin del mundo?
—Casi un año —dijo Geir.
—Yo veo la mía desde esta tienda. —El rey señaló con la barbilla, sin poder con las manos atadas, la pared de lona, detrás de la cual estaban, negras contra el cielo estrellado, sus montañas—.
Está ahí. Nací a media legua de aquí, en aquel monte.
Y nunca en mi vida he estado más lejos de mi tierra que ahora, atado en mi propia tierra, en mi propio reino, esperando que los míos junten el oro de mi rescate, que será todo el oro que hay en estos valles, y un poco más que no hay, porque un rey siempre vale más de lo que se tiene.
—Miró a Geir con unos ojos cansados pero despiertos—.
¿Sabes qué es lo más raro de todo esto, muchacho?
Que vosotros habéis cruzado medio mundo, el mar, las Columnas de los antiguos, mil leguas de agua, para venir a cogerme a mí.
Y yo no me he movido de mi monte en toda mi vida.
Y mírate, mírame: los dos estamos igual de presos esta noche.
Tú, de tu barco, de tu hueste, de tu hacha.
Yo, de mi corona, de mi rescate. Ninguno de los dos manda ya en su propia vida.
La mandan otras cosas. El oro, y el mar, y el miedo de los que nos quieren.
Geir no supo qué contestar a aquello, y no contestó. Le mojó los labios al rey, le subió la manta, le echó leña al brasero. Y García, mirando el fuego, dijo una última cosa antes de dormirse, una cosa que Geir tradujo dentro de sí muchas veces, después, durante años:
—Cuando seas viejo, si llegas a serlo, que con la vida que lleváis no es fácil, te acordarás de esta noche, y de lo que te diga ahora.
El oro que habéis venido a coger os cogió a vosotros primero, antes de que vosotros tocarais ni una moneda.
Yo lo sé porque a mí me ha cogido toda la vida, que para eso nací rey, atado a un tesoro y a una tierra que no puedo soltar.
Y vosotros lo vais a aprender de golpe, no despacio como yo, sino de golpe, un día, en el agua, el día que el mar os pase la cuenta de todo lo que cargáis en las bodegas. Lo que se coge, coge. Acuérdate.
Pagaron el rescate los vascones, al fin: una fortuna, setenta mil piezas de oro contaron los que las contaron, traídas en mulas hasta la orilla del río, y con ellas, como rehenes hasta el último dinero, dos hijos del rey, dos muchachos pálidos y dignos que miraron subir a su padre liberado a la ciudad del cerro sabiendo que ellos bajaban al cautiverio.
Y la flota soltó a García, y bajó el río con la última gran presa de la campaña cosida en los cintos, más rica que nunca, cargada hasta los topes de un oro contado y limpio.
Iban, de verdad, a volver reyes los que volvieran.
Y nunca, en todo el viaje, habían estado más cerca del fuego.