El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) La treta de Hastein
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La treta de Hastein

A Hastein lo vio Geir de cerca, una vez, hacer lo que mejor hacía, que no era pelear sino engañar, y entendió por qué la flota lo seguía y por qué le tenía miedo: porque Hastein ganaba sin pelear, y los que ganan sin pelear son los más peligrosos de todos.

Fue en una plaza de la costa del mar azul, una villa amurallada, pequeña pero fuerte, con un muro que los lobos no podían tomar sin perder en él la mitad de los hombres que les quedaban, y que tenía dentro, decían los cautivos, un buen botín.

Costado de Hierro quería tomarla por la fuerza, a la manera antigua, con escalas y con sangre, porque para él la fuerza era la única manera honrada, y la gloria estaba en el muro tomado a hachazos.

Hastein lo dejó hablar, y luego, con su media sonrisa, dijo que él la tomaría sin perder un hombre, y que se apostaba lo que fuera.

Y Costado de Hierro, que despreciaba las astucias pero respetaba las apuestas, lo dejó probar.

Y Hastein montó su treta, una de las que después se contarían de él por todo el norte, mitad verdad y mitad leyenda, hasta no saberse ya qué tenía de cada cosa.

Mandó decir a la villa, por un emisario, que el gran jefe del norte estaba muriéndose, herido de muerte en el último combate, y que su último deseo, arrepentido de su vida de pagano, era recibir el bautismo de los cristianos y ser enterrado en sagrado, dentro de los muros, como un hombre de bien; y que a cambio de ese favor, los del norte levantarían el cerco y se irían en paz.

La villa, que prefería un entierro a un asalto, y que veía en la conversión del lobo moribundo un triunfo de su fe, abrió las puertas para que entrara el féretro del gran jefe con un puñado de los suyos, desarmados y en duelo, a darle cristiana sepultura.

Y dentro del féretro, claro, no iba un muerto: iba Hastein vivo, con las armas, y los que llevaban el ataúd y los que lloraban detrás eran los lobos más fieros de la flota, con el hierro escondido bajo las capas de luto.

Y en cuanto estuvieron dentro de los muros, junto a la puerta, el muerto se levantó del féretro con el hacha en la mano y los del duelo sacaron el hierro, y tomaron la puerta por dentro, y la villa fue de los lobos antes de que entendiera lo que pasaba, sin un asalto, sin un muro escalado, por una mentira metida en una caja.

Geir lo vio, y se le quedó frío, no por la matanza que vino después, que ya había visto otras, sino por la cosa misma, por la frialdad de la cosa: usar la fe de la gente, su misericordia, su deseo de ver salvarse un alma, como cebo para degollarla.

Hastein no creía en nada, ya lo sabía Geir, pero verlo así, en obra, usar lo más sagrado de los otros, su dios, su perdón, su entierro, como una herramienta de matar, le revolvió las tripas de una manera nueva.

Y entendió, mirando a Hastein salir de la villa tomada limpiándose el hacha, sonriendo, sin un rasguño, ganada la apuesta a Costado de Hierro, por qué la flota lo seguía a él y no solo al grande: porque Costado de Hierro podía partir un muro a hachazos, pero Hastein podía partir un alma con una mentira, y los hombres, que temen más lo que no entienden, temían más al que engañaba que al que mataba.

Y entendió también, con un frío que le bajó por la espalda, por qué el viaje iba a acabar mal: porque un hombre que usa la fe de los otros como cebo, que no respeta nada, ni a los dioses ni a los muertos ni al perdón, es un hombre al que tarde o temprano se le acaban los engaños y se queda solo frente a la fuerza, y entonces no hay treta que valga.

Hastein había engañado a media costa del mar azul.

Pero al Estrecho, a las nueve millas del Estrecho, al fuego que esperaba en el agua, no se le engaña.

Al Estrecho hay que cruzarlo, y Geir lo sabía, y empezaba a saber también que Hastein, el que engañaba a todos, se había engañado a sí mismo en lo único que importaba: en creer que su astucia era más fuerte que el mar.