La isla del monasterio
Hubo una isla, en aquel mar azul, con un monasterio en lo alto de un risco, y allí Geir vio dos cosas que no se le olvidaron: que Snorri había dejado de querer vivir, y que hay sitios que es mejor no tocar aunque tengan oro.
La isla era pequeña y rica de un modo discreto, de gente de mar y de unos monjes de otra regla que guardaban, en su monasterio del risco, lo que guardan siempre los monjes: reliquias, libros, una poca de plata, y la fe de los isleños, que subían a rezar allí y que dejaban sus ofrendas.
Los lobos la vieron de lejos, el monasterio blanco recortado contra el cielo azul como una invitación, y subieron a por él, porque un monasterio en un risco es una hucha que se cree a salvo por estar alta, y nada gusta más a un lobo que una hucha que se cree a salvo.
Pero el risco era empinado, y el sendero único y estrecho, y los isleños, avisados, lo defendieron desde arriba con piedras y con la desesperación de los que defienden lo único sagrado que tienen, y costó.
Costó sangre subir aquel sendero bajo las piedras que caían, igual que había costado, meses atrás, la cuesta de los reyes pequeños donde Geir mató al mozo de la hoz.
Solo que peor, porque arriba no había campesinos con hoces sino una decisión de morir.
Y Snorri subió el primero. Snorri, que desde la muerte de Halvar en otra isla, su sombra, su hermano de toda la vida muerto con una horca en el cuello, se había vuelto otro hombre, callado y torcido y con una temeridad fría que no era valor sino otra cosa, subió el sendero el primero, sin escudo, sin cuidado, como buscando algo, y Geir, que subía detrás, entendió de pronto, viéndolo, lo que Snorri buscaba: buscaba la muerte.
Buscaba reunirse con Halvar de la única manera que sabía, peleando, subiendo el primero un sendero de piedras, ofreciéndose.
No la encontró aquel día, la muerte, que es esquiva con los que la buscan y solo viene a los que la temen.
Snorri llegó arriba vivo, cubierto de sangre que no era toda suya, y entró en el monasterio matando con una rabia que daba miedo, y los lobos cogieron la hucha del risco, la plata y las reliquias y los libros que ardieron, y bajaron, y Snorri bajó vivo, para su desgracia, porque un hombre que busca la muerte y no la encuentra se queda con la muerte dentro, viva, royéndolo.
Geir lo vio aquella noche, en la playa, sentado solo lejos del fuego, mirando el mar negro, con la plata robada al lado sin tocarla, y se sentó a su lado, sin decir nada, como hacía ya con todos los que sufrían, que era con casi todos. Y Snorri, al cabo de un rato, dijo, sin que Geir le preguntara:
—No tendría que haber bajado vivo de ahí.
—Y nada más. Y Geir no supo qué decirle, porque era verdad, porque Snorri tenía razón, porque un hombre al que se le ha muerto la mitad y que no cree en otra cosa que en la guerra no tiene adónde ir más que detrás de su mitad muerta.
Geir pensó, mirando a Snorri mirar el mar, que aquello era lo que el norte le hacía a un hombre: lo dejaba sin más salida que coger hasta morir, sin un sitio donde el dolor pudiera echar raíz y curarse, sin una tierra, sin un huerto, sin nada que no fuera el barco y el hacha y la siguiente isla.
Él, Geir, tenía ya, sin saberlo aún del todo, otra salida en la cabeza, una orilla, un viejo bajo un olivo.
Snorri no tenía ninguna. Y aquella noche, viendo a Snorri con la muerte viva dentro, Geir supo que su amigo iba a buscarla hasta encontrarla, en alguna isla, en alguna cuesta, en el Estrecho, y que no había nada que él pudiera hacer para impedirlo, porque no se le puede dar a un hombre una orilla que no quiere ver.