El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) Los hombres negros
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Los hombres negros

Cruzaron a la otra orilla del mar, a la del sur del sur, al Magreb, a una tierra parda y reseca de montañas peladas, y allí cogieron un género que a Geir le revolvió las tripas más que ninguna otra cosa de todo el viaje, y le enseñó hasta dónde llegaba la crueldad del oficio que había abrazado sin pensarlo.

Cayeron sobre unos puertos de gente morena, más oscura que la del sur de Iberia, de otra lengua y de otra fe, y los saquearon igual, porque para el hacha todas las gentes son la misma gente, gente que tiene cosas.

Pero de aquella tierra la flota no se llevó solo oro y grano: se llevó hombres.

Cautivos negros como el carbón, de una negrura que los del norte no habían visto nunca, traídos, decían, de más allá de las montañas y del desierto, de unas tierras del sur del sur de las que nadie sabía nada, hombres y mujeres y hasta niños, que algún tratante del lugar tenía ya cautivos para vender y que los lobos cogieron como se coge cualquier mercancía.

Porque un esclavo, del color que sea, se vende, y uno negro, en el norte, donde no se había visto nunca gente así, se vendería como una rareza, como un prodigio de feria, pagado a peso de plata por algún señor que quisiera tener en su salón una cosa nunca vista.

Geir los vio en la bodega de una de las naves, apiñados en la oscuridad, encadenados, mudos, los ojos muy blancos en las caras muy negras, y aquello le hizo una cosa por dentro que no le habían hecho ni las ciudades ardiendo.

Porque aquellos hombres estaban más lejos de su casa que nadie de cuantos iban en la flota, más lejos que Geir del Loira, más lejos que los rehenes vascos de sus montañas; arrancados de una tierra al otro lado del mundo, de un sol y un desierto que ni Geir podía imaginar, para acabar vendidos como bestias en un mercado del fin del mundo helado, sin haber hecho mal a nadie, sin más culpa que haber nacido donde nacieron y ser del color que eran.

Y Geir, mirándolos, pensó que el mundo era mucho más grande y mucho más cruel de lo que cabía en los cantos del Loira, y que él, Geir, era ahora una pieza de esa crueldad, un eslabón de la larguísima cadena que arrancaba gente de sus orillas, de todas las orillas, blancas y negras y morenas, para venderla lejos.

Y que coger no era solo coger oro, coger era esto también, esto sobre todo: arrancar a un hombre de su tierra y de los suyos y venderlo como una res.

Hubo uno, entre los cautivos negros, ya viejo, de pelo blanco como la lana sobre la cara oscura, que miraba a los lobos con una dignidad serena que a Geir le recordó, sin saber por qué, al rey vascón en su tienda, la misma entereza de los que lo han perdido todo y conservan, sin embargo, lo único que no se puede robar, que es la manera de mirar.

Y Geir, que ya no podía evitar lo que hacía, que llevaba el nudo del pecho convertido en una herida abierta, le llevó al viejo negro, de noche, a escondidas, agua y un poco de pan, como le había llevado a Servando el primer día, como les llevaba a todos los que sufrían.

El viejo no entendía su lengua, ni Geir la suya, pero cogió el agua, y miró a Geir un rato largo, a los ojos, y dijo algo, despacio, en su lengua imposible, que Geir no entendió y que entendió del todo: «por qué tú, entre todos estos, por qué tú me das agua».

Y Geir no supo contestar, igual que no había sabido contestar a Servando, porque no había respuesta, porque la única respuesta era que él ya no servía para aquello, que se le había muerto el lobo por dentro y le había quedado solo el hombre, y un hombre no puede ver a otro hombre encadenado y no darle agua.

No supo Geir qué fue de aquel viejo negro, si lo vendieron en el norte, si murió en la travesía, si se lo tragó el mar como a tantos.

Pero lo recordó toda su vida, y fue, junto al niño Sancho tirado al agua, una de las dos caras que se le aparecían de viejo cuando pensaba en lo que había sido y en por qué se había bajado del barco.

Dos caras de dos inocentes arrancados de su tierra. Por ellos, entre otros, se bajó.