El otro mar
Después de las Columnas vinieron unos meses que Geir recordaría siempre revueltos y borrosos, como se recuerda una borrachera muy larga: la flota navegando el mar azul de los antiguos de costa en costa y de isla en isla, cogiendo, cogiendo, cogiendo, hasta que el coger dejó de ser una alegría y se volvió primero una costumbre y al final un peso, una carga que la flota arrastraba sin saber ya muy bien para qué.
De aquellos meses Geir se llevó un descubrimiento que ya no se le quitó de encima: que coger no era solo coger cosas, era coger gente.
En cada puerto, en cada villa de la costa, en cada isla, la flota cargaba cautivos para vender en el norte.
Hombres, mujeres, a veces niños, arrancados de su orilla y metidos en las bodegas como se mete el grano, revueltos, encadenados, gente de las islas y gente de la costa, pescadores, labradores, monjes de los monasterios isleños, mujeres que gritaban el nombre de un hijo que se quedaba en tierra.
Geir los oía llorar bajo la cubierta por las noches, en lenguas que no entendía, y llegó un punto en que no podía dormir con aquel llanto debajo de la tabla en la que se acostaba.
Y empezó a preguntarse, por primera vez con todas las letras, qué clase de oficio era el suyo, que para hacer rico a un hombre tenía que llenar un barco de gente rota.
Saquearon islas en mitad del mar azul, islas blancas y verdes de gente que pescaba y hacía vino y aceite y que vivía como en el último rincón del mundo, sin esperar a nadie, sin haber visto jamás una vela de dragón, y a las que la flota cayó del cielo como una plaga del Antiguo Testamento que Servando conocía y los lobos no.
Saquearon costas, ensenadas, monasterios isleños donde unos monjes de otra regla guardaban su poco de plata y sus muchos libros.
La flota se hizo riquísima, más rica de lo que habían soñado en el Loira.
Las bodegas iban llenas hasta los baos; los hombres llevaban oro cosido en los cintos, en el forro de la ropa, en bolsas atadas al cuerpo; plata, seda, ámbar, especias cuyo nombre no sabían decir y que olían la bodega entera.
Eran, de verdad, lo que habían venido a ser: los reyes del mar, los lobos que pasaron las Columnas, la hueste más rica que volvería jamás al norte a contarlo.
Y sin embargo. Geir lo notaba, y notaba que no era el único que lo notaba, aunque nadie lo dijera en voz alta, porque decirlo habría sido de cobardes.
La flota iba cada vez más pesada, más lenta, más cargada y más callada.
Las naves, hechas para correr ligeras sobre el agua, calaban hondas de tanto botín, y respondían mal al remo y peor al timón, y Ketil renegaba cada día de lo que le costaba gobernar una Sierpe que ya no volaba sino que se arrastraba.
Los hombres, ricos, empezaban a tener algo que perder, y el que tiene algo que perder ya no pelea igual, calcula antes de saltar, mira atrás antes de avanzar.
Y había, sobre todo, una cosa que nadie nombraba y que pesaba sobre la flota como pesa el cielo plomizo y bajo antes de una tormenta: que estaban muy lejos.
Lejísimos. Habían entrado por el paso de las Columnas hacia dentro, hacia el mar de los antiguos, cogiendo sin parar, sin pensar nunca, ni una vez, en el camino de vuelta, y ahora la vuelta empezaba a crecer en el fondo de cada cabeza como una sombra.
Porque para volver al norte, a casa, a gastar todo aquel oro, había que salir otra vez por las Columnas.
Por el embudo de nueve millas. Por el único paso.
Y el sur, que ya había aprendido a cerrar un río, tenía ahora meses, toda una estación, para aprender a cerrar también el paso.
—¿Te acuerdas de lo que te dije? —le dijo Servando una noche de calma, en la bodega, entre el olor a botín, a brea y a cautivo—.
Hacia dentro es fácil. Hacia fuera aprietan las columnas.
Tu flota no piensa en eso. Tu flota piensa en lo que cogerá mañana, en la isla siguiente, en el puerto siguiente.
Pero hay un hombre que sí lo piensa, y es justo el que manda.
Tu Hastein lleva días mirando atrás, hacia el oeste, hacia el paso.
Lo he visto. Mientras los demás miran adelante, hacia la presa, él mira atrás, hacia la salida.
Sabe que cada legua que avanzáis hacia dentro es una legua que habrá que desandar a la vuelta por el sitio donde os van a estar esperando.
Está jugando una mano altísima, norteño.
La más alta de su vida. Y los que juegan manos así de altas, cuando al fin pierden, no pierden una baza: lo pierden todo de golpe, en una sola noche, en un solo sitio.
Geir miró hacia la cubierta, por la escotilla, donde dormía a la intemperie la flota más rica del mundo bajo las estrellas del sur, y por primera vez tuvo miedo no de morir, que con el miedo a morir ya había hecho las paces hacía tiempo, en las noches de mar abierto, sino de la forma de aquella muerte que veía venir, despacio, inevitable: toda junta, en el agua, en el fuego, en el paso, una flota entera cargada de un oro que no llegaría a gastar, hundiéndose en el embudo de las Columnas como se hunde un hombre con los bolsillos llenos de piedras.
La muerte del hermano del jarl del cuento, el que siguió cogiendo, el que se tragó el mar, multiplicada por dos mil.
Y se dio cuenta, aquella noche, con una claridad fría, de que ya no quería estar en aquel barco cuando llegara ese día.
No por cobardía, o no solo. Por otra cosa.
Porque había visto a un viejo bajo un olivo en una loma del río, alzando una mano abierta, y desde entonces sabía, en alguna parte de él que era más honda que el miedo y que la costumbre, que había otra manera de acabar la historia.
Una sola. Y que esa manera estaba en la orilla, no en el barco.