Algeciras
La ciudad de la orilla del paso no tenía murallas nuevas, y la hueste lo supo de lejos, leyéndolo en la línea baja de sus tejados, y cayó sobre ella como cae el hambre atrasada sobre el pan.
Se llamaba, dijo Servando, al-Yazira al-Hadra, la isla verde, por una islita que tenía enfrente, y era una ciudad blanca y rica trepada sobre el agua azul del paso, con su puerto, sus almacenes llenos del comercio de las dos orillas, sus huertas, su mezquita mayor de la que salía, cinco veces al día, un canto largo y modulado que a los del norte les ponía los pelos de punta sin que supieran por qué.
No estaba avisada como Sevilla, o no le llegó el aviso a tiempo, o le llegó y no le sirvió de nada porque no tenía con qué cerrarse.
La flota, que bajaba rabiosa de la humillación del río, hambrienta de cobrarse en alguien la vergüenza, cayó sobre ella al amanecer.
Y para el mediodía al-Yazira era de los lobos.
Quemaron la mezquita mayor. La llenaron de todo lo que ardía, esteras, maderas, puertas arrancadas, y le prendieron fuego, y la torre desde la que salía el canto ardió como una tea enorme sobre la ciudad, escupiendo chispas al cielo azul de la mañana, y los hombres lo celebraron a gritos, porque quemar el templo del dios ajeno era, para los que aún creían de verdad, como Costado de Hierro, una ofrenda al propio, y para los que ya no creían en nada, como Hastein, una manera práctica y barata de decirle al sur entero, de costa a costa, que los lobos habían pasado las Columnas y que ya nada estaba a salvo.
Geir miró arder la mezquita, el humo subiendo recto en el aire quieto, y a su lado, atado a un poste de la plaza con los otros cautivos de valor que la flota arrastraba para vender, miró a Servando.
Y Servando, esta vez, no lloraba. Miraba el fuego con una cara quieta, vieja, una cara que a Geir le pareció más triste que cualquier llanto.
Y cuando notó los ojos del muchacho encima, dijo, sin volverse, mirando arder la torre:
—No es mi dios, ese. Yo soy de los otros, ya te lo dije, de los del crucificado, de los cristianos de esta tierra.
Su dios y el mío llevan siglos discutiendo aquí abajo cuál es el verdadero, a veces a las buenas y a veces a las malas.
Pero da igual, hoy. ¿Sabes qué quemáis, cuando quemáis eso?
No quemáis a su dios; a su dios no lo alcanza tu fuego, está demasiado alto o demasiado adentro, donde no llega el hacha.
Quemáis el sitio. El sitio donde una gente se juntaba a no estar sola, a estar junta delante de algo más grande que ella.
Eso quemáis. Aquí, en la mezquita de los moros, o en mi tierra, en una iglesia de los cristianos, da igual el dios: quemáis los sitios donde la gente se junta para soportar la vida.
Y luego os vais con el humo, y la gente se queda sin el sitio, y vosotros os quedáis sin nada, porque el humo no se guarda, el humo se lo lleva el viento antes de que lleguéis a casa.
—Por fin volvió la cara y lo miró—. ¿Tú qué has cogido hoy, norteño? Anda, mírate las manos. ¿Qué llevas?
Geir se miró las manos. No llevaba nada.
En toda la mañana de Algeciras, en toda aquella ciudad entregada y abierta de par en par, no había cogido nada.
Había entrado en las casas detrás de los otros, había recorrido las calles con el hacha en la mano, y había salido, una y otra vez, con las manos vacías, sin haber cerrado la mano sobre nada que fuera de otro, y ni siquiera se había dado cuenta hasta que el cautivo se lo hizo mirar.
No era bondad; Geir no se sentía bueno, ni limpio, ni mejor que los otros; había entrado en aquellas casas como todos, había pisado lo mismo que todos.
Era algo más raro y más hondo: que coger había dejado de tener sentido para él.
Que el gesto mismo, cerrar la mano sobre lo de otro, se le había vuelto ajeno, torpe, una lengua que se va olvidando de tanto no hablarla, hasta que un día se descubre que ya no se sabe decir ni las palabras más fáciles.
Steinar bajó de la ciudad al caer la tarde cargado como una mula: oro, un rollo de seda, un saco de algo, y de la mano, atada por la muñeca, una mujer joven que vendería bien en cualquier mercado del norte.
Y vio a Geir, de pie junto al poste de los cautivos, con las manos vacías, y se le ensombreció la cara despacio, como se nubla un cielo.
—¿Y tú? —dijo, soltando la carga en el suelo—. ¿Dónde está lo tuyo?
—No cogí.
—¿Cómo que no cogiste? —El viejo se acercó, y en su ojo bueno había, por primera vez, no rabia, que la rabia Geir se la conocía, sino otra cosa peor, algo que tardó en reconocer porque no se lo había visto nunca a Steinar: miedo.
El miedo callado del que empieza a no reconocer a lo que ha criado—.
¿Estás enfermo? ¿Te han herido y no lo dices?
—No.
—Entonces ¿qué te pasa, Geir? —Y lo llamó por su nombre, no «chico» ni «mocoso», por primera vez en años, y eso, más que un grito, le encogió a Geir el estómago—.
Llevas medio viaje raro. Hablando con el flaco a todas horas.
Mirando las orillas como si fueras a comprarlas.
Y ahora bajas de una ciudad tomada, abierta, regalada, con las manos tan vacías como un monje pordiosero.
¿Qué te ha metido ese cautivo en la cabeza? ¿Qué te ha hecho?
—Nada, Steinar.
—Algo. —El viejo lo miró largo, muy largo, y luego volvió la vista hacia Servando, atado al poste junto a la mezquita que ardía, y Geir vio, con un frío súbito en la tarde caliente, que el ojo calculador de Steinar acababa de hacer una de sus cuentas, y de llegar a un número que no le gustaba nada—.
Ese flaco vale mucho vivo. Mucho. Pero hay cosas que valen más que el dinero, chico, aunque a un lobo le cueste creerlo.
Que mi muchacho siga siendo mi muchacho vale más que cualquier intérprete.
A lo mejor lo vendo en la primera costa, al flaco, y me quito el problema.
Antes de que me lo cambie del todo y me lo deje irreconocible.
Y recogió su carga y a su cautiva, y se fue hacia los fuegos de la hueste, dejando a Geir de pie frente a la mezquita en llamas, con las manos vacías y el pecho lleno de una cosa que ya no podía deshacer, mientras detrás de él, atado al poste, Servando lo miraba con sus ojos serenos, sin decir nada, porque no hacía falta decir nada: los dos sabían que Steinar había visto, por fin, lo que llevaba semanas creciendo.
Y que de ahí en adelante el viaje de Geir iba a ser, además de todo lo demás, la lenta y dolorosa pérdida de lo único que lo había querido.