Las Columnas
El mar se estrechó hasta que se vieron las dos orillas a la vez, y los hombres de la flota callaron, todos, porque ningún hombre del norte había estado nunca en un sitio donde el mar tuviera dos orillas al alcance de la vista, una a cada mano, como si el mundo se cerrara delante de ellos en un pasillo de agua.
Llevaban días bajando hacia el sur desde el río grande, rabiosos, humillados, cobrándose en cada cala y en cada barca de pesca que encontraban la vergüenza de la ciudad cerrada, cuando una mañana el agua empezó a apretarse entre la tierra.
A estribor, la costa del sur que ya conocían, seca, dorada, con sus montes pelados bajando al mar.
A babor, otra costa, distinta, más parda y más áspera, que subía de pronto del agua en una mole de piedra enorme, un peñón gigantesco como la frente de un dios echado boca arriba, mirando el cielo.
Y entre las dos tierras, un paso de agua azul, profunda, donde la corriente tiraba con fuerza y el viento aullaba encajonado entre los montes.
Y más allá, al fondo, abriéndose otra vez, otro mar, un mar distinto, de un azul más hondo y más viejo, que ninguno de los dos mil había visto nunca.
—El fin del mundo —dijo Ketil, el timonel, que no se asustaba de nada y que aquella mañana tenía la voz tomada—. Hasta aquí llega el mar que conocemos. Lo que hay detrás de ese paso no lo sabe nadie de los nuestros.