La isla de los conversos
Bajando el río derrotados, callados, con el olor del fuego todavía en la ropa, fue cuando Geir vio la isla, y a la gente que no huía, y al viejo del altozano, y supo, sin poder explicárselo con palabras, que el cuento del manco había sido verdad de la primera a la última palabra.
La flota descendía con la marea y con la vergüenza, en silencio, los remos entrando y saliendo sin canción, los hombres mirando pasar al revés las orillas que habían subido cantando, las mismas alquerías vacías, los mismos olivares grises, ahora a la otra mano.
Geir remaba su turno mirando la marisma deslizarse a babor, las extensiones interminables de fango y de carrizo, los esteros donde el agua quieta reflejaba el cielo, las garzas, los pájaros rosados, cuando en un recodo, sobre una loma baja que se alzaba apenas sobre las aguas como el lomo de un animal grande y dormido, vio una aldea que al subir no había visto, o que al subir no había mirado.
Porque al subir todos miraban hacia delante, hacia el oro, y ahora, al bajar vencidos, Geir miraba a los lados, como mira el que ha perdido y ya no espera nada de lo que tiene delante.
Era una aldea pequeña, encalada, blanca contra el verde, próspera de un modo callado: casas de cal entre huertos bien llevados, corrales, una torre cuadrada y baja que no era campanario ni alminar sino otra cosa, más vieja, y rebaños de vacas pastando en los prados salados de la orilla, vacas en la marisma, lo cual era ya de por sí extraño.
Y no huía. Eso fue lo primero que le golpeó a Geir, lo que lo hizo soltar casi el remo: que toda aquella tierra del río se había vaciado y agazapado al paso de la flota, cada alma escondida en el monte o tras los muros de la ciudad, y aquella aldea, en cambio, no.
Su gente estaba fuera, en la loma, a la vista, de pie, mirando bajar los barcos de dragón con una quietud que no era la del miedo.
No era la inmovilidad del que se esconde temblando.
Era la quietud de quien mira pasar una cosa que conoce y de la que ya no espera daño ni sorpresa, la quietud del que ha visto eso mismo antes y sabe cómo acaba.
Hombres, mujeres, niños, de pie en la loma sobre el río, morenos casi todos.
Pero algunos, vio Geir al pasar más cerca, algunos de pelo claro, de pelo de color de paja o de cobre, y de ojos que aun a distancia parecían grises o azules, mezclados con los morenos sin distinción, todos juntos, todos quietos, mirando bajar a la flota derrotada.
Y arriba del todo, en lo más alto de la loma, en un altozano, a la sombra de un árbol grande y retorcido de copa gris que Geir no conocía pero que el corazón le nombró antes que la cabeza, había un hombre muy viejo, sentado, solo, mirando bajar los barcos.
Geir no pudo apartar los ojos de él. No supo por qué.
Era una figura pequeña y lejana, un viejo sentado bajo un árbol en una loma de una orilla extranjera, nada, una de esas cosas que se ven un instante desde un barco que pasa y que se olvidan antes del recodo siguiente.
Pero Geir no la olvidó, porque mientras la Sierpe se deslizaba río abajo y el viejo del altozano se iba quedando atrás, despacio, sin moverse, sin levantarse, a Geir se le subió a la garganta, sin avisar, entero, el cuento de Authun.
El jarl que cruzó el mar y se cansó de coger.
El que rindió el hierro y plantó un árbol del sur, un árbol de fruto amargo, un olivo, y se quedó a su sombra hasta morir viejo, y el poeta del sur dijo que había sido feliz.
Un árbol del sur, retorcido y gris. Un viejo a su sombra.
Una aldea de gente mezclada, de morenos y de rubios revueltos, que no huía de las velas de dragón porque las velas de dragón habían dejado de ser, hacía mucho, las suyas.
No podía ser. Geir se dijo que no podía ser, que era un cuento de niños junto a un fuego, que aquel viejo era un viejo cualquiera y aquel árbol un árbol cualquiera, que el sur estaba lleno de viejos y de árboles.
Pero el cuerpo se le había puesto a temblar, como en el espigón del Loira contando naves, de algo que no era miedo ni frío, y mientras la aldea de la gente quieta se quedaba atrás en el recodo, Geir hizo una cosa que no había hecho nunca en un barco: se volvió en el banco, soltó un instante el remo a riesgo de que Steinar le partiera la cara delante de todos, y miró hacia atrás, río arriba, hacia el viejo del árbol, hasta que la curva del río y la marisma se lo tragaron.
Y le pareció, aunque la distancia ya era mucha y a lo mejor se lo inventó el deseo, le pareció que el viejo del altozano alzaba despacio una mano hacia la flota que bajaba.
No un puño. No una amenaza ni una maldición.
Una mano abierta, alzada, quieta, como quien despide.
Como quien le dice adiós a algo que fue suyo hace mucho y que ya no lo es, y que ve pasar por última vez.
—¡El remo, mocoso! —rugió Steinar a su espalda—. ¿Qué demonios miras?
—Nada —dijo Geir, y se volvió, y cogió el remo, y tiró con los demás, río abajo, hacia el mar.
Pero no era nada. Era, aunque Geir no podía saberlo ni lo sabría nunca, un viejo llamado Hrafn, de los últimos que quedaban vivos de una hueste que había cruzado aquel mismo mar quince años atrás para coger, y que se había quedado a labrar; un viejo que despedía desde la sombra de su propio olivo, con la mano abierta, a la flota de los que venían a repetir su error de juventud.
Era el final de un cuento mirando pasar el principio de otro.
Y en mitad de los dos, en el banco de remo de la Sierpe , bajaba derrotado un muchacho del norte que llevaba clavado desde niño, sin saber para qué, aquel mismo cuento, y que acababa de verlo hecho carne y árbol y aldea en una loma del río.
El jarl del olivo había sido verdad. Y si era verdad el jarl, era verdad lo demás: que un lobo podía cansarse de coger, rendir el hierro, quedarse en la otra orilla, plantar un árbol y ser feliz a su sombra.
Era verdad. Y si era verdad, entonces todo lo que Geir había creído que era la vida, el mundo entero de Steinar, coger o el jergón, gloria o nada, tenía una grieta, una sola, fina como un pelo, por la que se colaba, terca, otra cosa.
Salieron al mar al día siguiente por la barra de espuma, dejando atrás el río grande y la ciudad que no pudieron coger, y pusieron proa al sur, a buscar la otra puerta, con la flota humillada y rabiosa, con ganas de cobrarse en la primera costa que encontraran la vergüenza del río.
Geir iba con los tres cuentos dentro y, ahora, con una cara, un árbol y una mano abierta para el segundo.
No le dijo nada a nadie, ni a Servando siquiera.
Pero algo, en aquella bajada del río, se le había puesto en marcha por dentro, despacio, y ya no se iba a parar, como no se para una marea cuando empieza a subir, aunque tarde horas en llegar arriba.