El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) La ciudad que aprendió
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La ciudad que aprendió

La ciudad de plata tenía murallas, y sobre las murallas había hombres, y en el río, delante de la ciudad, esperando, había barcos que no eran del norte y que llevaban fuego en las proas.

Llegaron a su vista al caer una tarde, después de dos días de remontar el río entre orillas vacías, y lo que vieron paró en seco el canto de la flota como para un cuchillo el aire de un grito.

Donde los viejos habían prometido una ciudad abierta, una mano tendida, una hembra dormida y sin guardia, había un cinturón de piedra nuevo, pálido contra el verde de las huertas, recién levantado, todavía con el color crudo de la cantera, erizado de almenas, y en las almenas el brillo móvil de los hierros y, de trecho en trecho, el bulto oscuro de máquinas que Geir no supo nombrar.

La ciudad que la primera hueste había tomado en una sola tarde porque no tenía con qué cerrarse se había cerrado.

Tenía muros altos. Tenía torres cuadradas.

Tenía, se veía desde el río, a media legua, la voluntad terca y cara de no volver a abrirse nunca jamás.

Servando había dicho la verdad. El emir había aprendido.

La ciudad de plata seguía allí, brillando al sol de la tarde, pero se había puesto, en quince años, una coraza de piedra.

Y en el agua, entre la flota detenida y la ciudad cerrada, esperaban los barcos del emir.

Eran distintos de los del norte, y esa diferencia, más que su número, fue lo que inquietó a los hombres.

Más pesados, más altos de borda, más anchos, hechos no para correr por el mar abierto sino para pelear en un río, plataformas de guerra antes que naves de viaje.

Iban cargados de hombres, y en las proas llevaban unos artilugios que Geir miró sin entender: unos tubos de metal, unos fuelles, unos braseros tapados de los que salía un hilo de humo.

Los veteranos de la Sierpe , los pocos que habían bajado quince años atrás, los miraron en cambio con una cara que Geir no les había visto nunca, ni en la peor galerna: una cara de reconocer algo, de acordarse de algo malo.

Y alguien, en la Sierpe , dijo una palabra en voz baja, una sola, y la palabra corrió de boca en boca por toda la flota detenida en el río, de barco en barco, como corre el frío por una espalda mojada: «fuego».

El fuego que no se apaga. El fuego que habían visto los viejos en la llanura, quince años atrás, el día de la matanza que no cantaba nadie.

El que el sur guardaba ahora, montado en sus propios barcos, esperándolos en el agua, en el único sitio donde no se le puede huir al fuego: sobre un río.

No hubo saqueo de la ciudad de plata. No hubo gloria, ni botín, ni la semana de coger de los cantos.

Hubo, en su lugar, lo que Hastein había anunciado en la playa del Loira entre risas y nadie había querido tomar en serio: una pelea en el río, dura, fea, sucia, sin honra, contra un enemigo que no huía y que tenía fuego.

Los barcos del emir no buscaron abordar, no buscaron el cuerpo a cuerpo donde los del norte eran imbatibles.

Buscaron quemar, y nada más. Se acercaban remando con disciplina, lo justo, sin meterse al alcance de las hachas, y soltaban por aquellos tubos, con los fuelles, un chorro largo de algo encendido, un líquido de fuego que volaba sobre el agua y se pegaba a lo que tocaba, a la madera, a las velas, a las cuerdas, a la carne, y que el agua no apagaba, que ardía incluso flotando sobre el río, como si el río mismo se hubiera prendido.

Y se retiraban, remando hacia atrás, dejando arder.

Dos naves del norte prendieron la primera tarde.

Geir vio lo que era aquello, y no lo olvidó nunca, y supo en el acto que era la peor cosa que había visto y que iba a ver cosas peores: hombres ardiendo que se tiraban al río para apagarse y salían a flote ardiendo todavía, porque el fuego seguía ardiendo sobre el agua, en su pelo, en su ropa, en su piel, y nadaban ardiendo y se hundían ardiendo y el río se quedaba con manchas de fuego flotando, a la deriva, en la corriente parda, bajo un humo negro y graso que olía a brea y a carne y que se metía en la garganta y no se iba.

La flota más grande del mundo, que había subido el río cantando, retrocedió aquella tarde unos cientos de brazas, río abajo, fuera del alcance de los tubos de fuego, y fondeó en mitad del agua, callada, sin un canto, mirando arder a sus muertos sobre la corriente, oliendo el humo de los suyos.

—La otra puerta —dijo Geir, en voz alta, sin querer, en la cubierta de la Sierpe , y no supo que lo había dicho hasta que lo hubo dicho.

Steinar no contestó. El viejo miraba la ciudad amurallada y los barcos de fuego con el ojo bueno muy abierto, sin parpadear, y en su cara dura y vieja había, por primera vez desde que salieron del Loira, una cosa que no era seguridad, ni desprecio, ni cálculo.

No era miedo todavía; Steinar no tenía miedo casi nunca.

Era el principio de otra cosa peor para un hombre como él: el principio de entender que el cuento que lo había traído no era verdad.

Que la ciudad de plata se había cerrado.

Que el sur había aprendido la lección que el norte le dio, y la había escrito en piedra y en fuego, y se la devolvía ahora, palabra por palabra.

Que ellos, los dos mil, habían cruzado el mar para repetir una historia que la otra parte se sabía mejor que ellos.

Y que cuando una de las dos partes se aprende la historia y la otra no, la que no se la sabe es la que arde.

Aquella noche Hastein y Costado de Hierro discutieron en la nave capitana, delante de los jarls de la flota, y Geir no estuvo, claro, pero por la mañana corría ya de barco en barco lo que habían decidido, y era lo que quería Hastein y lo que Costado de Hierro había aceptado a regañadientes, masticando su orgullo: no insistir contra la ciudad de hierro y fuego.

Buscar otra puerta. Bajar el río, salir al mar, y buscar más al sur, en otras costas, presas que no tuvieran murallas nuevas ni barcos de fuego.

La ciudad de plata se quedaba cerrada, intocada, brillando en sus muros nuevos, mirándolos bajar.

Habían cruzado el mar y subido el río grande por el oro de los cantos, y bajaban sin haber cogido de la ciudad ni una moneda, dejando atrás dos naves quemadas y a sus hombres ardidos flotando en la corriente.

La flota más grande que el norte había botado jamás daba media vuelta, derrotada sin una batalla, humillada por una ciudad que quince años antes se había tomado en una tarde de paseo.

El cebo de Lisboa había funcionado del todo: los había llevado, ciegos y crecidos, contra la única puerta que el sur había aprendido a cerrar.