El fuego en el agua (El hacha y el arado 2) El río grande
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El río grande

La barra fue el primer aviso, para el que quisiera leerlo.

Un bajío de arena traicionero, ancho, donde el agua del río chocaba con la del mar y se levantaba en una larga línea de espuma blanca que cruzaba el horizonte de orilla a orilla, una línea que respiraba, que subía y bajaba, que cambiaba de sitio con la marea.

Los timoneles la leyeron con un cuidado que a Geir le erizó la piel, sondando el fondo con varas largas, buscando el paso entre los bancos que se movían, gritándose de barco a barco.

Y aun así dos naves de las sesenta y dos encallaron allí mismo, en la boca, antes de empezar, y hubo que aligerarlas a empujones y a maldiciones, con los hombres en el agua hasta la cintura empujando los cascos varados mientras la marea decidía si los soltaba o los partía.

Geir, en la Sierpe , que pasó limpia porque Ketil conocía aquellas mañas aunque no hubiera estado nunca allí, miró aquella barra de espuma que respiraba y se acordó, sin querer, de lo que le había dicho Servando: que el sur tenía ahora dientes que no tenía.

La barra era el primer diente. No mordía todavía. Solo enseñaba el filo, y avisaba.

Pasada la barra, el río se abrió ante ellos, y era, de verdad, como lo cantaban los hombres en el Loira, y más: ancho, lento, inmenso, una llanura de agua parda que se perdía de vista entre dos orillas bajas de marisma, de carrizo y de fango, donde garzas blancas levantaban el vuelo perezosas al paso de las quillas, y bandos de patos, y unos pájaros rosados de patas largas que ninguno del norte había visto nunca y que arrancaron exclamaciones por toda la flota.

El cielo era enorme, alto, de un azul caliente, blanco en el horizonte.

Olía a sal y a barro, a ganado, a algo dulce y vegetal que el sol sacaba de la marisma.

Una tierra tendida, mansa, fértil, generosa, hecha para el que la trabajara y para el que la robara.

Y la hueste, al verla abrirse así, enmudeció primero, sobrecogida de tanta anchura, y rugió después, un rugido largo de avidez que rodó de barco en barco.

Aquello era. Aquello era el cuento hecho agua y tierra.

Por aquel río habían subido los de la primera vez. Por aquel río se subía a la plata.

Remontaron despacio, aprovechando la marea que empujaba hacia tierra, dos mil remos batiendo el agua parda en un chapoteo enorme, y a medida que subían el ánimo de la flota crecía, se hinchaba, se volvía euforia pura.

Los hombres señalaban las orillas, las alquerías blancas que se veían a lo lejos sobre las lomas suaves, los olivares que empezaban a tapizar las cuestas en hileras grises, las primeras norias paradas, y se reían, y se prometían unos a otros lo que iban a coger, y afilaban las hachas que no hacía falta afilar por el puro gusto de tenerlas listas.

Costado de Hierro iba en la proa de su nave capitana, inmóvil, grande, rubio, mirando el río subir hacia su botín con la calma de quien va a recoger algo que ya considera suyo.

Hastein iba en la suya, detrás, y Geir, que lo vigilaba desde la Sierpe porque había aprendido a vigilarlo, vio una cosa que le secó la boca: que el jugador no miraba el río.

Miraba las orillas. Las dos. Despacio, una y otra, leyéndolas, con sus ojos rápidos entornados contra el sol, y no sonreía.

Iba serio. Iba contando algo que los demás, ebrios de anchura y de oro cercano, no contaban.

Porque las orillas estaban vacías. Y demasiado calladas.

Geir tardó en darse cuenta, y cuando se dio, sintió el frío en el estómago a pesar del calor blanco que caía a plomo.

No había nadie. En una tierra tan rica, tan llena de alquerías y de ganado y de huertas, no se veía un alma.

Ni un pastor con su rebaño, ni una barca de pesca en el río, ni gente en los caminos que bajaban a la orilla, ni humo de cocina a la hora de cocinar.

Las alquerías blancas que se veían a lo lejos parecían abandonadas a toda prisa, con las puertas abiertas y los corrales vacíos.

El río subía hacia la ciudad de plata entre dos orillas que contenían la respiración.

Y Geir entendió, despacio, lo que significaba aquel silencio, y era lo contrario de lo que entendían los hombres que reían a su alrededor.

Ellos lo leían como huida, como miedo, como la tierra que se aparta temblando del paso del lobo.

«Han huido —decían—, como huyeron la otra vez, a esconderse y a rezar.

» Pero Geir, que tenía la oreja blanda y había escuchado a Servando, lo leía distinto.

Una tierra que huye huye en desorden, deja cosas, deja rastro, deja gente rezagada.

Aquella tierra no había huido en desorden.

Se había vaciado. Con tiempo. A propósito.

Sabiendo. Alguien había avisado, río arriba, días antes, y la tierra entera se había retirado y agazapado, no de miedo ciego, sino de miedo que sabe, de miedo preparado, de miedo que ha tenido quince años para aprender lo que hay que hacer cuando vuelven las velas de dragón.

La puerta no solo podía estar cerrada. La puerta los estaba viendo subir, callada, contando sus barcos.

Se lo dijo a Steinar, en voz baja, señalando con la barbilla las orillas mudas.

—No hay nadie, Steinar. Mira. Está todo demasiado callado. No han huido. Se han escondido a esperarnos.

Steinar miró, y por un instante el ojo bueno del viejo se entornó del todo, calculando, y Geir creyó que iba a darle la razón, porque Steinar sabía leer una tierra mejor que él. Pero luego el viejo escupió al agua y se rió, una risa corta, y le dio una palmada en el hombro.

—Mejor —dijo—. Cuanto menos haya en las orillas, menos brazos para defender la ciudad cuando lleguemos.

Han huido, chico, no le des vueltas. Es lo que hace esta gente del sur en cuanto ve las velas: huir y rezarle a su dios clavado en una cruz.

Lo hicieron la otra vez y lo hacen ahora.

Aprieta el remo y deja de leer orillas, que las orillas las lee Hastein, para eso le pagan su parte de más. Tú coge.

Pero Geir había visto la cara de Hastein, y la cara de Hastein no decía «han huido».

Decía «nos esperan». Y entre el viejo que se reía, su viejo, el que lo había criado, y el jugador frío que iba serio en su proa, Geir supo, sin querer saberlo, cuál de los dos tenía razón aquella vez.

Siguió remando, río arriba, hacia la ciudad de plata, en mitad de una flota que cantaba subiendo a una tierra que la miraba subir en silencio, contando sus barcos, afilando, ella también, sus propios dientes.