La boca del Tajo
Lisboa ardió bien, y fue lo peor que les pudo pasar, aunque ninguno de los dos mil lo entendió entonces, ni siquiera Geir, que ya empezaba a entender cosas.
Subieron por la desembocadura de un río ancho, no tan ancho como el que buscaban más al sur pero ancho, hermoso, de orillas blancas, y cayeron sobre los arrabales de una ciudad encalada trepada a unas colinas sobre el agua.
Y aquí no hubo puerta cerrada. Aquí no había murallas nuevas ni flota de fuego ni emir prevenido; aquí la ciudad los recibió como prometían los cantos, mal, blanda, abierta, con la gente huyendo a la desbandada montes arriba en cuanto se vieron las velas, dejando atrás las casas con la lumbre encendida y la comida en la mesa.
La hueste se hartó. Durante dos días la flota fue exactamente lo que había venido a ser al sur, un animal de muchas bocas comiendo: cogió grano de los almacenes del puerto, paño, aceite, vino dulce que se subía a la cabeza más deprisa y más alegre que la cerveza del norte, plata de las iglesias, cautivos jóvenes para vender, ganado.
Las barcas del puerto ardieron como teas, reflejándose en el río.
Y los hombres rieron, y cantaron, y se dijeron unos a otros, junto a los fuegos, que los viejos no mentían, que el sur era blando y rico y suyo, que de aquella iban a volver todos hechos reyes.
Y bebieron el vino dulce del sur a la salud de la ciudad de plata que los esperaba, todavía, más abajo.
Geir cogió con los demás, porque no coger te señala, y se sorprendió a sí mismo odiándolo un poco mientras lo hacía, lo cual era nuevo.
Cargó un fardo de paño que no quería para nada, entró en una casa de la que la gente acababa de huir, con la sopa todavía templada en el puchero, las camas deshechas, una rueca con su lana, la vida entera de alguien abandonada a media frase, y sintió otra vez aquel nudo del pecho, el de mirar lo que otro deja atrás, más fuerte que nunca.
Sobre un vasar había una muñeca de trapo, de niño, cosida con cuidado, con dos botones por ojos.
Geir la miró un momento más de la cuenta, y salió de la casa sin coger nada más, con su fardo de paño que no quería.
Y por el camino de vuelta al puerto, entre el humo y los gritos y el resplandor de las barcas ardiendo, buscó con los ojos al cautivo, a Servando, que iba con la cuerda de los esclavos, y lo encontró, y vio que el cautivo lloraba.
Sin ruido, sin gestos, sin taparse la cara, solo lágrimas cayéndole por la cara morena mientras miraba arder la ciudad blanca de las colinas.
—¿Es tu tierra? —le preguntó Geir, bajo, al pasar cerca.
—Mi tierra es toda esta orilla —dijo Servando, con la voz rota pero firme—.
Toda. La de arriba y la de abajo del río grande.
La de los moros y la de los cristianos y la de los judíos, que aquí abajo viven todos revueltos y se entienden, mal que bien, que ya es más de lo que hacéis vosotros.
Toda es mi tierra. Y vosotros la estáis quemando entera para llevaros el humo, porque el humo es lo único que os vais a llevar de verdad.
El oro se gasta. El paño se pudre o se vende.
Pero esto —señaló con la barbilla la ciudad en llamas, las casas vacías, la muñeca de trapo de mil casas como aquella— esto sí dura.
Esto no se os olvida ni a vosotros, por mucho que queráis.
Lo lleváis dentro aunque no queráis, toda la vida, hasta que os morís.
Pregúntales a los viejos de tu barco, a los que bajaron la primera vez, hace quince años.
Pregúntales qué sueñan, de noche, cuando ya son viejos y ricos y están en su cama del norte.
No sueñan con el oro que cogieron. Sueñan con esto.
Con las casas ardiendo. Con las caras. El oro se gasta; las caras, no.
Geir no se lo preguntó a los viejos. No hacía falta; le bastaba con Steinar, que algunas noches, en el Loira, se despertaba con un grito ahogado y luego se quedaba mucho rato mirando la oscuridad sin dormir, y que nunca había dicho con qué soñaba, y ahora Geir creía saberlo.
Aquella noche, mientras la hueste celebraba Lisboa en la playa, borracha de vino dulce y de su propia fuerza, cantando la ciudad de plata que esperaba más al sur, Geir se apartó del fuego y subió a una loma desde la que se veía, abajo, la ciudad todavía ardiendo en la noche, y más allá, negro, el mar, y en alguna parte de aquel mar, hacia el sur, el río grande, la ciudad de plata, la puerta que podía estar cerrada con un perro de fuego detrás.
Y por primera vez no la temió por él. La temió por todos.
Por Halvar, que reía abajo, junto al fuego, con el vino en la mano.
Por Snorri, por los hermanos, por el Cachorro, por Ketil el viejo timonel, por Steinar.
Por los dos mil. Porque acababa de entender, oyendo reír a una hueste ebria de una victoria fácil, que Lisboa no había sido un triunfo: había sido un cebo.
La flota bajaba más segura, más hambrienta y más ciega de lo que había salido del Loira, justo cuando se acercaba al único sitio de toda la costa donde, por primera vez, el sur la esperaba con los dientes puestos.
Hastein había dicho que buscaran la otra puerta cuando la primera no se abriera.
Pero una hueste borracha de Lisboa no iba a buscar ninguna otra puerta.
Iba a embestir la primera de cabeza, segura de tumbarla, como un toro ciego.
Y detrás de la primera puerta, esta vez, había murallas, y barcos, y fuego que no se apaga.