Lo que sabe Servando
—La ciudad de plata —le dijo Servando unos días después— ya no existe como la cuentan tus hombres. O existe, pero les va a recibir de otra manera.
Lo dijo una tarde de calma chicha, sin viento, en que la flota avanzaba a fuerza de remo por un mar liso como una balsa de aceite, bajo un sol que caía a plomo, y los hombres remaban maldiciendo el calor y la falta de brisa y a los dioses que no la mandaban.
Geir, en el descanso de su turno, se había sentado a la sombra magra de la borda, junto al cautivo, que viajaba en la Sierpe porque Steinar no soltaba de su vista una herramienta tan cara, y le había dado de su ración, un poco de queso duro y agua, porque a Servando le daban de comer lo justo para que no se muriera.
Y Geir había decidido para sus adentros, sin decírselo a nadie, que el suyo no se iba a morir de hambre estando él delante.
—¿Qué quieres decir con que no existe? —preguntó Geir—. Está. Es la ciudad. Vamos a ella.
—Está la ciudad. No está la ciudad abierta.
—Servando hablaba ya casi bien el norte; lo aprendía a la velocidad a la que aprenden las lenguas los que han vivido siempre de ellas, los que saben que una lengua es una llave y que cuantas más llaves tiene un hombre por más puertas pasa—.
Escúchame bien, norteño, porque esto a ti te conviene saberlo y a tus jefes no se lo va a decir nadie, y el que avisa no es traidor.
Hace quince años los tuyos subieron ese río grande y tomaron la ciudad porque la ciudad no tenía murallas.
Era una ciudad de mercaderes, vieja, confiada, rica, abierta de par en par como una mano tendida, sin un muro que la cerrara, porque llevaba siglos sin que nadie la atacara y se había olvidado del miedo.
La tuvieron una semana, los tuyos. La vaciaron.
Y después de aquella semana, ¿sabes qué hizo el señor de esta tierra, el emir, el rey de los moros de Córdoba?
—Servando se inclinó hacia él, y bajó la voz aunque ninguno de los que remaban entendía su conversación—.
Aprender. Eso hizo. Levantó murallas nuevas alrededor de la ciudad, fuertes, altas, de piedra labrada.
Construyó un arsenal y una flota de guerra propia, barcos hechos para el río y para pelear en él, con hombres pagados para tripularlos.
Puso vigías en la barra, en la desembocadura, en toda la costa, hombres que viven de mirar el mar y avisar.
La ciudad de plata que cantan tus hombres existe todavía, sí.
Pero ahora tiene los dientes que no tenía la primera vez.
Y os está esperando. Sabe que volveréis algún día, porque el oro llama, y os espera con la boca cerrada y los dientes fuera.
Geir se quedó callado, mirando los remos subir y bajar, oyendo el jadeo de los hombres y el chapoteo del agua lisa abriéndose y cerrándose sobre sí misma.
—Hastein lo dijo —murmuró—. En la playa del Loira, antes de salir. Que la puerta podía estar cerrada, y un perro detrás.
—Tu Hastein es listo. Por eso da miedo. —Servando bajó aún más la voz—.
Un necio que baja a una trampa sin saber que es una trampa da pena, nada más.
Un listo que sabe que es una trampa y baja igual, y arrastra a dos mil hombres detrás, ese da miedo, porque ese no baja por hambre ni por necesidad: baja por jugar, por ganar la mano, por no retirarse.
Y a los que juegan así, norteño, la apuesta perdida no se la paga el que juega.
Se la pagan los que reman. Tú. Estos de aquí.
—Señaló con la barbilla a los hombres de la Sierpe , jadeando sobre los remos bajo el sol—.
Acuérdate de esto que te digo el día que la puerta esté cerrada.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí? —dijo Geir al cabo—. Somos los que venimos a quemar tu tierra. Lo más lógico sería que quisieras que bajáramos derechos a la trampa, todos, y que el perro nos comiera.
Servando lo miró largo rato, con aquella serenidad suya de hombre desposeído de todo.
—Porque me das agua sin que te lo manden —dijo al fin—.
Y porque un hombre que le da agua a su cautivo es un hombre que todavía no se ha perdido del todo, y a los que no se han perdido del todo hay que decirles las cosas, por si acaso, por si sirve de algo.
El resto de tu flota es ya leña para el fuego, lo sepan o no, lo quieran o no; van a arder, y no hay nada que yo pueda decir que lo cambie.
Tú, a lo mejor, no. A lo mejor tú eres el que ve la otra mitad.
—Se encogió de hombros, atado—. Y además, ¿qué más me da a mí que ardáis?
Vais a arder me lo calle o te lo cuente.
Solo que, si te lo cuento, a lo mejor uno se salva.
Y yo soy de los que creen que salvar a uno ya es algo.
No es mucho. Pero en un mundo como este, salvar a uno ya es casi todo lo que un hombre puede hacer.
Aquella noche, en la escala, Steinar vio a Geir hablando otra vez con el cautivo, y cuando el muchacho volvió a su sitio entre los hombres, lo cogió del brazo, fuerte, con aquella mano dura de remero que cerraba como un cepo.
—Ese flaco habla demasiado, y tú escuchas demasiado —le dijo el viejo, bajo, para que no lo oyeran los otros—.
Un cautivo es una herramienta, chico, no un amigo.
La herramienta se usa, se cuida para que no se estropee, y se vende cuando toca.
El día que te encariñas de la herramienta, es la herramienta la que te maneja a ti.
¿Me oyes? Dale agua si quieres, que valga más vivo y sano en el mercado, eso está bien pensado.
Pero no le abras la oreja. Lo que ese sabe, te lo mete dentro a propósito, para ablandarte, porque los del sur no pelean con el hacha, que no saben, pelean con la lengua, que es su hierro.
Y tú tienes la oreja blanda, lo he visto siempre, desde crío. Ciérrala.
—Sí, Steinar —dijo Geir.
Pero no la cerró. Y, por primera vez en su vida, le dijo «sí» a Steinar sabiendo que era «no».
Notó al hacerlo una cosa pequeña y rara, como cuando se afloja, un punto, un nudo que llevaba años tan apretado que ya no se sentía: que se podía estar con un pie en el barco de Steinar, en el mundo de Steinar, y tener ya el otro pie, sin que el viejo lo supiera, fuera, en otra parte, buscando otra orilla.