El primer cautivo
Lo cogieron en una cala, una mañana, antes de llegar al río grande, y se llamaba Servando, y fue la primera persona del sur a la que Geir miró a los ojos en vez de mirarle las manos para ver si llevaba algo que quitarle.
Habían echado el ancla en una ensenada para hacer aguada y de paso ver qué había tierra adentro, que era como veía la flota todo, de paso y con el hacha en la mano.
A media legua, entre higueras y olivos, humeaba el caserío de una alquería: casas blancas de cal, un pozo de brocal de piedra, un huerto, unas cabras, una ermita pequeña pegada a una casa mayor de mampostería.
Costado de Hierro mandó un grupo a coger lo que hubiera, y Steinar fue con los de la Sierpe , y llevó a Geir, porque a un mozo hay que rodarlo, y a Halvar, y a Snorri, y a otros pocos.
Cuando llegaron al caserío, casi toda la gente había huido ya al monte, avisada por los perros y por el terror viejo de aquella costa, que conocía las velas de dragón de otras veces y no esperaba a verlas dos veces para echar a correr.
Casi toda. En la casa mayor, la de mampostería, la que tenía la ermita pegada y que resultó ser una casa de libros, una especie de pequeña escuela o scriptorium donde un clérigo viejo enseñaba las letras a unos pocos, encontraron a un hombre joven que no había huido.
No había huido porque estaba sacando a rastras, por la parte de atrás, a su maestro, un viejo medio ciego que no podía valerse.
Y al perder el tiempo en salvar al viejo había perdido el de salvarse él.
Lo sacaron al patio a empujones. Era flaco, moreno, de manos finas manchadas de tinta hasta la segunda falange, sin un músculo de guerrero en todo el cuerpo, vestido con una túnica parda de las que llevan los que rezan o los que escriben.
Y no gritó. Eso fue lo primero que le llamó la atención a Geir, lo que lo distinguió en el acto de los cientos de cautivos que Geir había visto coger: que no gritó, ni suplicó, ni se echó al suelo.
Los miró, a los hombres armados que le habían reventado la puerta y que olían a sudor y a sal y a sangre, con una serenidad extraña, una calma honda que no era valor de guerrero sino otra cosa, una resignación tan total que se le parecía.
Y dijo algo, en su lengua, que ninguno entendió; y al ver que no lo entendían, lo repitió en otra, que tampoco; y en otra; hasta que dio, rebuscando, con un puñado de palabras torpes y mal dichas de la lengua del norte.
Las había aprendido, dijo luego, de los mercaderes frisones que subían a comerciar a aquella costa y que paraban a veces en casa de su maestro porque su maestro sabía cuentas y cartas.
—No oro —dijo, las manos finas abiertas, vacías, mostrándolas—. Aquí no oro. Libros. Solo libros.
Steinar soltó una risa seca y entró en la casa a buscar el oro que el flaco juraba que no había, y no lo había, claro que no lo había, era una casa de letras, no de plata, y eso enfureció a Steinar más todavía, porque un hombre que no tiene oro que quitarte es un hombre que te ha hecho perder la mañana subiendo una cuesta.
Empezó a destrozar la casa por puro fastidio, a tirar al suelo lo que había en los vasares.
Y al fin levantó el hacha sobre lo único que en aquella casa parecía cuidado con esmero: una pila de libros y de rollos, códices cosidos a mano, pergaminos enrollados y atados con cintas, el trabajo callado de años, de copiar y de guardar.
Y el joven, que no había gritado por su propia vida, gritó entonces, por los libros.
—¡No! ¡Eso no! —Se echó hacia delante, contra las manos que lo sujetaban—.
¡Eso no vale nada para vosotros! ¡No es plata, no se come, no se vende, no os sirve de nada!
¡Lleváosme a mí, que valgo, que sé lenguas, que valgo para vender o para lo que queráis, pero eso no, eso dejadlo, eso no lo entendéis!
Y Steinar, que iba a partir los libros por el solo gusto de partir algo y de cobrarse así la mañana perdida, se paró con el hacha en alto.
Porque el flaco había dicho la palabra que para un lobo lo para todo, la única: «valgo para vender».
Bajó el hacha despacio. Miró al joven de arriba abajo, con su ojo bueno medio cerrado, calculando, pesando, y vio lo que Geir ya había visto desde el principio: que aquel hombre flaco que no tenía oro pero que hablaba cuatro o cinco lenguas valía, atado a una cuerda, más que todo el oro que no había en aquella casa.
Un intérprete. En una tierra de la que la flota no entendía ni una palabra, ni de la gente ni de los nombres ni de los caminos, un hombre que entendía todas las palabras era una herramienta de oro puro.
—Este se viene —dijo Steinar—. Atadlo bien, que no se estropee. Y dejad los libros, que no pesan plata y no vale la pena ni el esfuerzo de quemarlos.
Se llevaron a Servando atado a la cuerda de los cautivos, y al viejo maestro ciego lo dejaron en el patio, sentado en el suelo, llorando sin lágrimas, llamando a su discípulo por su nombre.
Y mientras bajaban la cuesta hacia la playa, el joven volvió la cabeza una vez, una sola, a mirar atrás: la casa de los libros que dejaba en pie de milagro, al viejo en el patio, la vida entera que se le quedaba allí.
Y en aquella mirada hacia atrás había tanta cosa, tanto que se quedaba, que a Geir, que iba al lado, se le hizo un nudo raro en el pecho, un nudo que ya conocía, el de mirar lo que otro deja atrás.
Él había mirado así alguna vez. Hacia atrás.
Hacia algo que se quedaba y que no se vuelve a ver.
Aquella noche, en la playa, mientras la hueste comía y bebía y repartía el escaso botín de la jornada, Geir cogió un poco de agua de su propia ración y un mendrugo de su propio pan y se los llevó al cautivo, que estaba aparte, atado a un remo clavado en la arena con los otros pocos cautivos de la jornada.
No lo hizo por orden de nadie. No supo bien por qué lo hizo; por el nudo del pecho, quizá, que no se le iba.
Servando bebió con las manos atadas, despacio, sin ansia, mirándolo, y al terminar le dijo, en su norte torpe pero cada vez menos torpe, una cosa que Geir no esperaba.
—¿Por qué me das agua? Los otros no dan agua a los cautivos. Los otros esperan a que pidamos, para no dárnosla.
—No sé —dijo Geir, que era la pura verdad.
El cautivo lo estudió un momento con aquellos ojos serenos de hombre que ya lo ha perdido todo y por eso ya no tiene nada que temer, y dijo, despacio, escogiendo las palabras del norte que sabía:
—Tú no eres como ellos. Todavía. —Bebió otro trago, y añadió, más bajo, casi para sí mismo, mirando el fuego de la hueste—.
A lo mejor por eso te ha tocado venir, norteño.
Para verlo. Para ver todo esto. Alguien tiene que verlo con ojos que no sean de lobo, y guardarlo, y contarlo después, o es como si no hubiera pasado.
La guerra la cuentan siempre los que ganan, y la cuentan a su manera.
Hace falta alguien que vea la otra mitad.
Geir no entendió bien lo que quería decir.
Pero no lo olvidó, igual que no había olvidado el cuento del manco.
Volvió a su sitio entre los de la Sierpe , se tumbó en la arena todavía tibia del día, miró las estrellas, que eran las mismas del norte y estaban, sin embargo, un poco corridas de su sitio, como si en el sur hasta el cielo estuviera ligeramente cambiado.
Y se durmió con tres cuentos dentro en vez de dos: la ciudad de plata, el lobo del árbol, y ahora aquello que le había dicho un cautivo flaco, que alguien tenía que ver las cosas con ojos que no fueran de lobo y contarlas, o era como si no hubieran pasado.